2 feb. 2010

Las fronteras como gestión de la fluidez existencial.

Este artículo fue publicado en la Rev. El rapto de Europa. nº 4. Monográfico Fronteras. Indexado por Dialnet y Arce.
Christian Retamal.
El concepto de frontera, que en el apogeo moderno parecía designar realidades inmutables, sólidas y por lo mismo estabilizadoras de la realidad, se ha vuelto polisémico. Esto no es sólo producto del asalto de las políticas de la identidad a las bases de la modernidad ilustrada, sino que en un sentido más profundo corresponde a una transición de rango ontológico producto de la globalización en marcha. En efecto, la globalización puede ser interpretada como la diseminación de la modernidad tardía bajo la forma de un capitalismo hegemónico.
El concepto de frontera, que en el apogeo moderno parecía designar realidades inmutables, sólidas y por lo mismo estabilizadoras de la realidad, se ha vuelto polisémico. Esto no es sólo producto del asalto de las políticas de la identidad a las bases de la modernidad ilustrada, sino que en un sentido más profundo corresponde a una transición de rango ontológico producto de la globalización en marcha. En efecto, la globalización puede ser interpretada como la diseminación de la modernidad tardía[2] bajo la forma de un capitalismo hegemónico. Ésta comprime las identidades, las fuerza a su hibridación y presiona los límites que las mantenía separadas e independientes entre sí. Las fronteras por ende, como una idea fundamental de la modernidad, está sometida a transformaciones que se extienden por todo su campo semántico. En primer término, en el contexto moderno las fronteras siempre evocan a los estados nacionales, sus límites y los conflictos asociados a ellos. En los ambientes intelectuales postmodernos se ha insistido en que las fronteras implican límites difusos, en crisis a manos de la globalización. Sin embargo, ésta última percepción es engañosa y basta contrastarla con la obscenidad de los controles migratorios y su concreción en los visados, pasaportes y todo el amplio espectro de medidas de seguridad. Esto demuestra que la promesa de la globalización según la cual la capacidad de fluir por el mundo sería una posibilidad a la mano de todos los ciudadanos se revela, como en las ironías orwellianas de la igualdad, como falsa, ya que este derecho no pertenece a los ciudadanos, sino a los consumidores. Por lo tanto, las fronteras ya no son simplemente las líneas trazadas en los mapas, lugares fijos y pretendidamente inmutables, sino que las fronteras se han vuelto espacios de control de la fluidez social y existencial de los individuos. Por esto, ellas mismas se han vuelto fluidas y multifacéticas. Así su respuesta -necesariamente binaria: acceso, no acceso- tiene costos, complejidades y recursos cada vez más sofisticados destinados a procesar la información existencial de los sujetos.
Las fronteras nunca son lugares de destino, sino espacios de transición. Por eso resulta tan incomoda la presencia en los aeropuertos, y los puertos, en las oficinas de las policías internacionales e incluso en las aduanas. Esperamos que nuestra presencia allí, un mal menor, sea lo más breve posible y no podemos más que sentir una sensación de triunfo cuando el último sello se estampa, la última puerta se abre y nos percatamos que estamos en “el otro lado.” También es posible que alguna vez sintamos una extraña sensación que acompaña ese triunfo. La percepción de que alguien no lo logró, alguien no pudo alcanzar este “otro lado.”
El primer efecto existencial de las fronteras es que separan a los individuos de sus aspiraciones produciendo sufrimiento. Ya sea una familia que no se encuentra, una nueva vida que no comienza, unos encuentros truncados, un hogar que se aleja en el caso del exilio político o económico, etc. Las fronteras siempre son vividas por los individuos como definiciones asimétricas en que ellos son puestos siempre en el espacio debilitado. Ciertamente se les supone unos derechos que finalmente se evaporan y por ello son espacios de arbitrariedad. La deportación es, por ende, el estigma del rechazo que revierte la fluidez social. Por lo anterior, es falso que la globalización debilite las fronteras como se escribía insistentemente antes del 11 de septiembre de 2001. Antes de esa fecha, una verdadera inflexión en el proceso de globalización, se suponía que la socavación de los estados nacionales era, de cierto modo, homogénea y que ello se traducía también en la pérdida de control sobre sus fronteras y propios territorios. Se solía citar como casos paradigmáticos los riesgos ecológicos, diversas formas de criminalidad trasnacional como el narcotráfico, la mal llamada emigración ilegal y en un mismo plano la movilidad del capital financiero que salta de bolsa en bolsa. Dicha perspectiva es errónea porque la globalización en curso efectivamente socava al estado pero de manera selectiva, ya que se centra en el desmantelamiento del estado de bienestar y en los mecanismos de integración social, pero por otra parte fortalece los mecanismos de control, conocimiento y represión de los individuos por parte tanto del Estado como de la creciente industria de la seguridad, que conviene recordar no sustituye al primero, sino que lo complementa. Luego del 11 de septiembre de 2001 estos procesos se han vuelto más diáfanos como si no necesitaran del secreto para ser eficientes. De este modo, las fronteras se fortalecen de modo selectivo, sus poderes son más específicos, tienen una integración y cooperación internacional entre Estados, y también entre éstos y las entidades privadas que proporcionan información, movilidad y seguridad. Las fronteras definen límites que actúan como porosidades que absorben lo deseable y literalmente expulsan lo considerado indeseable. Por todo lo anterior, la presunción postmoderna de la debilidad de las fronteras se ha demostrado falsa, ya que éstas más bien se han modificado a los entornos cambiantes de las sociedades para cumplir mejor su rol. Esta confusión entre modificación y debilidad no deja de ser llamativa, ya que demuestra una cierta incapacidad para entender los cambios globales.
Pertenece al campo semántico de las fronteras el supuesto de que familia numerosa comienzos de siglo éstas producen la estabilidad de realidades pretendidamente inmutables. En efecto, las fronteras forman parte de un proceso de creación de estructura por parte de los estados nacionales. En la óptica racionalista, propia de la modernidad, las fronteras son una metáfora adecuada y funcional para demostrar la estabilidad y la seguridad como un logro permanente. Las fronteras indican que un estado logra al menos un control que proporciona protección frente al azar. Sin embargo, en los contextos actuales en que el azar retorna bajo la faz del riesgo, dicha estabilidad sólo puede ser mantenid a justamente logrando la fluidez como una capacidad de adaptación frente a sociedades que son también fluidas. Las estructuras del orden necesitan de la fluidez, la estabilidad necesita procesar la inestabilidad, el control de lo interior se consigue dominando la afluencia de lo exterior. Las líneas fronterizas que vemos en los mapas funcionan como los bordes de estructuras consolidadas que se relacionan entre sí. Un mundo que está ordenado se expresa en un mapa donde las líneas manifiestan coherencia, transparencia, donde el territorio está dominado por la política y en donde las realidades étnicas y culturales están subordinadas al Estado como contenedor de la sociedad. Pero dicha función contenedora lentamente está siendo trasladada desde las esferas estatales a las esferas del mercado mundial, lo que hace que las fronteras sean más permeables a lógicas de consumo que de ciudadanía.
Por ende, la eficiencia de las fronteras ya no es un asunto relacionado sólo con el uso de la violencia legitimada del Estado, sino que ante todo del uso de la información que fluye a través de redes integradas. Es la información, entendida como el saber intensivo respecto de otro particular, la que engrasa la respuesta binaria de las fronteras [3]. Dicha información en la tradición mexplotacion_ninosoderna asegura que el otro es antes que nada asimilable, que no constituye una amenaza para la sociedad receptora. Que sus diferencias serán diluidas y pulidas por los aparatos de integración, que será en última instancia asimilado a una identidad nacional que lo depurará de su condición de extranjero interior. Dicho paradigma pertenece aun a lo que se podría llamar la época de la solidez moderna que se desintegra desordenadamente bajo el peso de la emergente fluidez social que se destaca por un cambio de las aspiraciones de pureza y homogeneidad al deseo de hibridación[4].
Nótese que esta forma de referirse a las fronteras implica señalar los cambios del conjunto de su campo semántico y no sólo designa los límites de los estados nacionales. Como ya se indicó el concepto moderno e ilustrado de frontera se transforma para involucrar a la formación de las subjetividades. En efecto, si la primera modernidad se caracterizó por el intento de fundar un sujeto trascendental supuestamente idéntico a sí mismo, estable, con claras fronteras que intentaba diluir toda diferencia, la segunda modernidad o modernidad tardía tiene como elemento diferenciador aborrecer las estructuras cerradas de los paradigmas mecánicos. Las orientaciones de ésta última están centradas en crear un mundo de identidades fluidas, fácilmente moldeables, que permitan la independencia creciente entre capital y trabajo. En este sentido las identidades son intensamente presionadas para dejar su tradicional solidez para insertarse en redes globales de autoproducción. De este modo entramos en una nueva fase de extracción de plusvalía, existencial si se quiere, que ahonda la privatización de la vida. Como acertadamente señala Zygmunt Bauman un capitalismo sólido deja paso a un capitalismo liviano, pero no por eso menos voraz [5]. Por el contrario, su voracidad aumenta justamente por esta transición que lo hace más dúctil y capaz de modificarse en entornos de intensa competencia. El antiguo ideal de la primera modernidad, verdaderamente un mandato, de “llegar a ser alguien” en la vida se ha vuelto obsoleto y se trata más bien de aprender a ser varias personas en el trazo de una misma vida. Resulta intolerable y agotador el peso de la mismidad, ser siempre el mismo en entornos que están cambiando y para los cuales la identidad única no tiene paradigmas. Los  lazos personales, que eran una suerte de acompañamiento existencial, se transforman en lazos cambiantes, esporádicos y más tenues, al igual que la idea de residir en un solo lugar, sostener un empleo por toda la vida, un solo matrimonio, etc. La obsolescencia salta del mundo de los productos y se reproduce en el mundo de las emociones diluyendo las supuestas fronteras que existían entre ambos. De este modo la sociedad de consumo [6], tiene como uno de sus efectos confundir e inducir la hibridación de las identidades a través de las prácticas de autoproducción de sí. El nuevo mandato de fluidez aparece, de este modo, como una cierta promesa de liberación de la pesadez y rigidez del encuadre en la identidad ilustrada y las tradiciones. Por ende, dicho mandato se expresa en lo social desvalorizando las tradiciones que pertenecen al mundo ya preexistente de la solidez y esto acontece en medio del conflicto y el sufrimiento. Las instituciones y el mundo de valores de la primera modernidad no transitan necesariamente DSCF1550con consenso hacia la segunda modernidad. Por el contrario, existen profundas luchas en que la modernidad se desgarra a sí misma por el influjo de los hoyos negros del capitalismo tardío. El reverso de dicha promesa se encuentra en la imperiosa necesidad de la flexibilización laboral, que además de intentar rebajar los costes del valor del trabajo busca crear nuevas formas de valor agregado a la producción, que diluyen las separaciones duramente establecidas entre lo público y lo íntimo. Por lo tanto, la transición de la solidez a la fluidez encuentra uno de sus fundamentos centrales en necesidades estructurales, en que las fronteras son útiles a la división internacional del trabajo.
En el nuevo paradigma de la fluidez social, creado por la globalización, las fronteras tienen que ser lo suficientemente dúctiles como para que su respuesta binaria distinga entre los consumidores aptos, y una extensa taxonomía entre ellos, y los considerados defectuosos. Éstos sólo pueden acceder a la fluidez bajo la forma de mano de obra que se desplaza mundialmente bajo las condiciones de la creciente flexibilidad laboral. La fluidez aparece como una cualidad envidiable, una riqueza, una llave que abre muchas puertas para la transformación tanto de los entornos como de sí mismo. Justamente allí es donde las fronteras encuentran su rol básico, ya que contiene tanto lo interior como lo exterior para que no se mezclen de forma azarosa. Podría parecer paradojal que en tiempos de fluidez social, de pastiche existencial y formación de las subjetividades construidas de retazos existieran aun limitaciones a las hibridaciones casuales. Sin embargo, la emergencia de la fluidez no implica la desaparición de las fronteras con todo su extenso campo semántico, sino que por el contrario éstas canalizan y reconducen la fluidez hacia sus objetivos. La inexistencia de las fronteras implicaría desde la mirada del orden la disolución, la dispersión de las identidades. Y es que a diferencia de las narrativas ilustradas con su confianza en el sujeto fuerte, la segunda modernidad o modernidad tardía desconfía de las subjetividades, ya que al igual que un fluido sobre una superficie se derramarían hasta perder toda consistencia si no encontraran un límite. Las subjetividades necesitan de un control no ya al modo de la represión decimonónica o totalitaria, sino un control bajo la forma paradigmática de la canalización, de las mezclas previstas y la hibridación placentera.
Por ende, frontera y fluidez no son términos opuestos, sino complementarios ya que la primera se modifica bajo el mandato de la segunda. Las fronteras adoptan la porosidad, la capacidad de filtrar inteligentemente[7] los flujos sociales, de lo contrario la dinámica de expansión global de la segunda modernidad se volvería inviable. Con cierta ironía parece que las fronteras se volvieron taoístas, ya que aprendieron que la fuerza, la eficiencia y la seguridad provienen de las cualidades de la flexibilidad y la adaptación, antes que de la rigidez y solidez de antaño. Pero existe una diferencia importante entre las fronteras como límites de los estados nacionales, en sentido amplio, y las fronteras impuestas a las formaciones de las identidades, ya que en las primeras funciona un imperativo de seguridad que conduce a la represión y anulación preventiva de las amenazas, mientras que en el segundo sentido se trata más bien de canalizar la fluidez. En las primeras, las fronteras nacionales, nos encontramos con los espectros del miedo utilizados como mecanismos de producción de poder, mientras que en las segundas, las fronteras impuestas a las identidades, el sentido del goce y el imaginario son canalizados al pastiche del consumo.
Estas dos esferas del campo semántico de las fronteras, la de los estados nacionales y la de las formaciones de identidades, aunque parecen no relacionadas entre sí tienen un tejido amplio que las mantiene unidas y permeables a mutuos cambios. El elemento que las anuda es justamente la fluidez. Por lo tanto, resulta fundamental saber si ésta contiene los potenciales para nuevas formas de emancipación. A esta altura del proceso de globalización neoliberal las respuestas no pueden dejar de ser complejas y contradictorias ya que por una parte, como ya se ha señalado, la fluidez tiene un carácter marcado por las necesidades del capitalismo tardío y más específicamente la flexibilización laboral en escala planetaria. Sin embargo, es necesario tener presente que el mundo de la solidez actualmente encuentra sus raíces no solamente en las ruinas de la Ilustración, sino que ante todo en los particularismos étnicos de las comunidades soñadas y los fundamentalismos religiosos de toda índole. Ambos tienen el carácter coercitivo que predetermina la formación de las identidades por sobre los intereses de los individuos y sobre todo, y esto es lo más importante, destruyen la idea ilustrada de la humanidad como un proyecto compartido. Ciertamente la idea de Humanidad, con toda su diversidad conceptual, ha sido atacada por su condición etnocentrista, eurocéntrica, patriarcal e insostenible desde el punto de vista ecológico. A pesar de estas críticas fundadas el concepto de una Humanidad bajo la luz de una paz universal, no una paz imperial como hoy se nos impone, sigue siendo necesario. Por lo tanto, las deficiencias del concepto ilustrado de Humanidad deberían ser subsanadas justamente desde los puntos de vista que hoy más la critican y no para desecharla. En dicho contexto, la fluidez existencial tiene el potencial, aun lejano pero por construir, para que los individuos formen sus identidades por sobre el cierre de los particularismos y los fundamentalismos.
Desde esta otra mirada de la fluidez social se hace imperioso romper con las fronteras como vías de canalización del dinamismo de los sujetos para que estos, desde sus propios intereses y solidaridades, no ya como mandatos morales sino como necesidades estructurales, tengan la posibilidad de producir nuevas hibridaciones, que forzosamente conllevan el conocimiento del otro y la disponibilidad de la propia transformación en dicha experiencia. Y es que, aunque suene obvio, el fluir en medio de la globalidad es siempre una experiencia que necesita para su concreción una apertura a la diferencia. Desde una lectura enmarcada en las luchas por la emancipación la fluidez existencial presenta una faz prometedora en el sentido de liberar a los individuos tanto de las tradiciones del terruño local como de la modernidad sólida. El problema estratégico y político es convertir las amenazas actuales de la fluidez existencial en posibilidades para nuevas prácticas de liberación y libertad. Esto supone un cambio sustantivo de perspectiva ya que la tendencia actual es más bien la opuesta, refugiarse en la localidad, fortalecer el imaginario de las DSCF0026 comunidades soñadas y lejanas en el pasado en un peligroso crisol de nacionalismos, retornar al letargo ignorante y protector de las religiones tradicionales o de nuevo diseño. Dicha tendencia no sólo se manifiesta en los sectores conservadores de las sociedades, sino también de manera preocupante en las diversas izquierdas. Al mirar como se anudan y contraponen las relaciones entre el amplio campo semántico de las fronteras y la fluidez vemos como se generan brechas posibles para que las experiencias construyan discursos en permanente sinergia. La fluidez y su redefinición es un objeto de lucha política que supone el enfrentamiento entre diversas y nuevas narrativas de futuros posibles. Frente a las fuerzas que trataron de mostrar una modernidad cerrada sobre sí misma, con un futuro carente de historicidad entendida como la narrativa de las luchas globales, la fluidez existencial muestra el potencial de destrabar el flujo histórico. Se trata de reinventar el imaginario de las posibilidades, soñar nuevamente el futuro como el espacio abierto para nuevas formas de concreción de la Humanidad, no ya desde la óptica excluyente de la Ilustración, sino desde la perspectiva de una sociedad civil global heterogénea y conciente de sus propias limitaciones.
Citas
1. Doctor en Filosofía. Universidad Complutense de Madrid. Magíster en Filosofía Política y Axiología. Universidad de Chile.
2. El concepto de modernidad tardía, frecuentemente usado por los autores de la escuela de Frankfurt, designa la fractura entre las dos formas de racionalidad, instrumental e ilustrada, generando una época moderna de primacía de la primera. Ésta se caracteriza por la extensión de las sociedades de masas, por una fe ciega en el progreso entendido en sus dimensiones de consumo, por la extensión de un disciplinamiento que va desde los estados policíacos a los totalitarios generando un cierre distópico, por un desencantamiento y burocratización de la vida. Es de destacar que dicho concepto abarca tanto a las sociedades capitalistas avanzadas como a los estados del socialismo real y que tiene un gran vacío respecto de las sociedades del tercer mundo vistas bajo la luz exclusiva de su condición colonial y periférica. Por otra parte, Ulrich Beck ha acuñado el término “segunda modernidad” para referirse a una modernidad reflexiva marcada por la individualización, las sociedades con paro crónico o dicho de otra manera de destrucción masiva del empleo, de intensa globalización capitalista y riesgos mundiales incontrolables. Ulrich Beck ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización. Barcelona. Paidós. 1998. pp. 27. Aquí el tercer mundo es visto como los fragmentos de estados nacionales fracasados e integrados en la división mundial del trabajo. Beck señala una cierta afinidad conceptual con el concepto de “modernidad inconclusa” de Habermas. Nótese que en todos estos casos se trata de captar la brecha que implica la crisis de la modernidad ilustrada y una época posterior aun difícil de definir, pero en que lo postmoderno equivale a lo postilustrado.
3. A modo de ejemplo, Javier de Lucas. “Política de inmigración en España: Modelo Blade Runner.” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 88. Edición española. Enero 2003. p.3. Igualmente, Jelle Van Buuren. “Los tentáculos del acuerdo Schengen” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 89, marzo 2003. Edición española. p. 3. El autor realiza una interesante investigación sobre el Sistema de Información Schengen, SIS. Dicho sistema es una amplia base de datos de las policías europeas, que registra a los considerados “extranjeros indeseables” y que actualmente está en reforma para ampliar sus facultades. Ya no sólo registrará a los solicitantes de asilo político, a los deportados, sino a los militantes de los movimientos contra la globalización neoliberal para impedirles su derecho de tránsito en la Unión Europea, a pesar de ser ciudadanos de ella. Otra reforma preocupante es la inclusión del ADN y datos biométricos de los extranjeros que ingresen en la Unión, cosa ya implementada en EE.UU. Igualmente dicha base de datos sería parte fundamental de la colaboración entre Europa y Estados Unidos tras la nueva situación política creada a partir del 11 de septiembre. En un ámbito completamente distinto y bastante menos dramático, pero no por eso menos demostrativo, las bases de datos en Internet están siendo crecientemente “privatizadas” por sistemas de recogida de datos no regulados. Microsoft, uno de los principales agentes de la privatización de la red ha creado literalmente un pasaporte para la navegación de los usuarios, el Passport MSN. Para éstos, supuestamente significaría una mayor facilidad de entrega de datos en los formularios en línea. Sin embargo, lo que Microsoft plantea en realidad, es que los usuarios estén validados en la red como consumidores seguros y confiables para el mercado en línea.
4. Nótese que el campo semántico de lo híbrido, paradójicamente proviene, en el ámbito de las ciencias sociales, de los estudios culturales postcoloniales que designan realidades de orígenes desigualmente mezclados. May Joseph. “Hibridación.” En Michael Payne. Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Paidós, Buenos Aires, 2002. p. 384. La idea de la hibridación no implica una noción de conciliación de las partes al modo hegeliano, muy por el contrario los elementos mezclados pueden tener una relación tensa, violenta y ser en último término producto de las relaciones de dominación, tal como lo demuestran los análisis del rol de la violación en la formación de los pueblos mestizos. Por lo tanto, la celebración de la hibridación, si no quiere ser ingenua, tiene que necesariamente tener en cuenta las condiciones históricas y políticas en que se produce, el campo específico de las relaciones de poder en la que se articulan las mezclas.
5. Zygmunt Bauman. “Modernidad líquida.” Fondo de cultura económica. Buenos Aires. 2003. p 60 y ss.
6. Se tiende a pensar que la sociedad de consumo es una invención reciente debido a la popularización de los medios de comunicación que se convierten en escaparates a distancia. Sin embargo, existe una tradición decimonónica en que la sociedad de consumo ya está prefigurada. Uno de los trabajos más sugerentes sobre este tema es de José-Miguel Marinas. “La fábula del bazar. Orígenes de la sociedad de consumo.” Machado Libros. Madrid. 2001.
7. A modo de ejemplo, el pensamiento estratégico estadounidense insiste cada vez más en la distinción entre “fronteras inteligentes” (smart borders) y las tradicionales fronteras geográficas, para señalar que los puntos considerados vitales serán custodiados imponiendo normas de externalización de los reglamentos estadounidenses a naciones e instituciones unilateralmente como en el caso de las líneas aéreas, reglas de control financiero extraterritorial, etc. Pierre Conesa. “Victoria segura, paz imposible. Paradojas de la estrategia militar de Estados Unidos.” En Le monde diplomatique. Nº 38. Enero-Febrero, 2004. Edición chilena. Pp. 22 y 23.
Bibliografía.
  • Javier de Lucas. “Política de inmigración en España: Modelo Blade Runner.” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 88. Edición española. Enero 2003
  • Jelle Van Buuren. “Los tentáculos del acuerdo Schengen” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 89, marzo 2003. Edición española.
  • José-Miguel Marinas. “La fábula del bazar. Orígenes de la sociedad de consumo.” Machado Libros. Madrid. 2001.
  • May Joseph. “Hibridación.” En Michael Payne. Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Paidós, Buenos Aires, 2002. p. 384.
  • Pierre Conesa. “Victoria segura, paz imposible. Paradojas de la estrategia militar de Estados Unidos.” En Le monde diplomatique. Nº 38. Enero-Febrero, 2004. Edición chilena.
  • Ulrich Beck ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización. Barcelona. Paidós. 1998.
  • Zygmunt Bauman. “Modernidad líquida.” Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2003.
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