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Este es el blog de Christian Retamal, Dr. en Filosofía. por la Universidad Complutense de Madrid y Magíster en Filosofía Política y Axiología por la Universidad de Chile. Actualmente es Investigador Responsable de un proyecto sobre teoría crítica y globalización financiado por FONDECYT -Fondo de Desarrollo Científico y Tecnológico de Chile- para el periodo 2007-2010 llamado La constelación postnacional en el contexto de la ontología de la fluidez social. Antes desarrolló un Proyecto posdoctoral en la misma línea. Forma parte del Comité de Evaluación de Becas en Humanidades de CONICYT, tanto para estudios de postgrados en Chile como el extranjero. Se encuentra en prensa un libro suyo titulado "Para investigar la globalización. Las promesas utópicas de la sociedad de consumo."

Este es un punto de encuentro para compartir los resultados de estas investigaciones y la de otros de otros colegas, investigadores y estudiantes en Ciencias Sociales y Humanidades interesados en estos temas. Compartiremos información sobre textos, congresos y actividades. Este material es gratuito. Los artículos de este blog están protegidos por una licencia internacional específica de Creative Commons 3.0 que prohíbe su uso comercial y autoriza su libre distribución citando a los autores y la dirección del blog.

Bienvenidos. christian_retamal@yahoo.es

Christian Retamal is a Doctor in Philosophy who graduated from the Universidad Complutense in Madrid, Spain (October 2003). He also has a Master Degree in Axiology and Political Philosophy from the Universidad de Chile (March 1997). He received the President of the Republic's scholarship for doctoral studies of the Department of Planning in Chile (1999 – 2003). Later he developed a post doctorate project called "Crisis of the interpretation of modernity in the context of the dialectics of the Illustration. A look from the ontological fluency." (2005-2007). This project was funded by the Funds for Scientific and Technological Development of Chile (FONDECYT). Currently he is working as chief researcher of the projects FONDECYT “The post national constellation in the context of the ontological's social fluency” (2007-2010); and the Seed Project, “Debates about globalization and its relevance in the renewal of the critical theory” (2007-2008). Both projects are based in the Diego Portales University. His academic interests are aimed at the analysis of the crisis of modernity and globalization, as well as the ontology of the social fluency and the critical theory. Amongst his most recent publications are "Ontological and globalization insecurity. Looks from the ontology's perspective of the social fluency." Congress Minutes on Globalization and Security. University of the Basque Country - Hegoa. (2007). Bilbao, Spain. “Re readings of the Father's happiness and nostalgia." In Jose Miguel Marinas (Coordinator) "The other side of the social link: political philosophy and psychoanalysis”. Madrid, Published by Síntesis (2007). To be published at a later date, “Crisis of the interpretation of modernity in the critical theory. Considerations from the social fluency's ontology.” Política y Sociedad. Vol. 43, nº 2. “Globalization in the context of the belated modernity”. Observaciones filosóficas. Vol. 2006, nº 3. In addition, he is currently finishing a book titled “To Research Globalization. The utopian promises of the consumer society”, to be published in 2009.

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Etiquetas de Technorati: Filosofía,Modernidad,Teoría Social,Sociología,Teoria social,Fondecyt,Conicyt

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Consideraciones sobre poder y dominación en la formación de la subjetividad moderna.

Prof. Dr. Christian Retamal*.

Rev. Universum. v.23 n.2. Indexada por Scielo

Resumen:

En este artículo se analiza la visión de Michel Foucault respecto de las relaciones de poder y dominación desde la perspectiva de “Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos” de Max Horkheimer y Theodor Adorno- así como otros textos de Zygmunt Bauman. Esta estrategia permite exponer las afinidades y divergencias entre estos pensadores, lo que resulta de especial interés para comprender dichas nociones desarrolladas por la modernidad en los dos últimos siglos, sus conflictos asociados y su pertinencia para comprender nuestras actuales disyuntivas.

Summary:

This article analyzes Michel Foucault’s views regarding the relationship between power and domination from the perspective of the Dialectic of Enlightenment. Philosophical fragments by Max Horkheimer and Theodor Adorno – as well as other texts written by Zygmunt Bauman. This strategy exposes the affinities and divergences amongst these thinkers, which is particularly important to understand the notions developed by modernity in the last two centuries, their conflicts and appropriateness to better understand our current dilemmas.

*Doctor en Filosofía. Universidad Complutense de Madrid. Este artículo forma parte del Proyecto Regular 1070654 -financiado por FONDECYT- radicado en el ICSO de la Fac. de Ciencias Sociales e historia de la Universidad Diego Portales.

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Consideraciones sobre poder y dominación en la formación de la subjetividad moderna.

Al revisar las reflexiones de la teoría crítica respecto de las relaciones de poder en la modernidad, llama poderosamente la atención el rol asignado a la formación de la subjetividad. En efecto, toda la reflexión sobre el sí mismo ilustrado desarrollado en Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos (en adelante DI) gira en torno a la subjetivación y sus contradicciones. Dicha preocupación encuentra sus antecedentes en el llamado kantiano a ser modernos y frecuentemente retorna bajo distintas formulaciones como en Modernidad y ambivalencia de Zygmunt Barman, que se plantea explícitamente como la continuación sociológica de DI[1].

En estas perspectivas la Ilustración, más que una época histórica claramente delimitada, es una actitud y un cierto sentido de pertenencia, un ethos. Pero la pertenencia tiene como su anverso ambivalente la soledad como una condición de la formación del sí mismo, que exige un cierto heroísmo vinculado al autosacrificio. Lo excepcional del heroísmo crea la posibilidad del acontecimiento que se opone a los ciclos fatales del destino. Por ello Michel Foucault indica que la modernidad siempre se ha definido como una forma de conciencia basada en la discontinuidad del tiempo[2]. Una ruptura con la tradición, un sentimiento de novedad y vértigo frente a lo nuevo, que va acompañado de una voluntad de impregnar el presente de heroísmo, como forma de autoconstrucción del sí mismo.

Nótese que el acto de heroificar el presente está íntimamente asociado a un yo en expansión. Una subjetividad fuerte que impone tal nivel de atracción a la realidad que logra torcer el tiempo a su alrededor convirtiendo su presente en el tiempo paradigmático que desvaloriza todo pasado por insuficiente. En efecto, esta subjetividad moderna procesa el presente devorando las experiencias y sumiéndolas en la caducidad. Pero también esta subjetividad liga el presente al futuro, ya que sólo desde este último tiempo podrá evaluar la fuerza de su heroísmo y la potencia del acontecimiento. En virtud de ello, el juicio de la historia se vuelve algo muy concreto en la producción de los discursos ilustrados. La historia lo ve todo. Registra cada momento de desarrollo de ese sí mismo en despliegue por el mundo.

Dicho despliegue es un acto de automodelamiento existencial que supone desarrollar unas ciertas habilidades de poder. Más aun, una de las conclusiones más importantes de DI es que la formación del sí mismo ilustrado tiene tanto como condición y finalidad el desarrollo del poder.

Por ello resulta de utilidad apoyarnos en los aportes de Foucault en su análisis de la Ilustración, como una actitud límite, que permite una estrategia basada en una “ontología crítica de nosotros mismos[3]”. De este modo, mediante un ejercicio reflexivo que se intenta desenlazar la paradoja entre las relaciones de poder y la declaración meramente formal del individuo libre. Dicha forma de indagación sobre la subjetividad se orienta, para el autor, en saber qué hacen y cómo llevan a cabo sus acciones los sujetos. Sólo así es posible ver la racionalidad organizadora de sus modos de acción y cómo reaccionan, actúan y modifican las reglas de poder.

La pregunta relevante que Foucault plantea es cómo hemos llegado a ser lo que somos. Evidentemente descartada una respuesta naturalista, la respuesta se centra en la matriz de individualización de la formación del sí mismo. La dialéctica de la Ilustración -y su dialéctica utópica derivada- tiene que objetivarse en las relaciones de poder que atraviesan lo social. Evidentemente aquello que denominamos como poder no existe como una entidad, una sustancia, sino que ante todo es una capacidad de sujetos concretos que están en un campo de tensiones y enfrentamientos, con intereses a veces divergentes o convergentes y que se influyen mutuamente. La tradición clásica del marxismo ya señalaba la dispersión del poder en la sociedad al modo de relaciones que se configuraban en el taller, la fábrica, los regimientos, el mercado, el sindicato, etc. Dichas relaciones de poder estaban marcadas por el enfrentamiento de los intereses contrapuestos del capital y del trabajo y sus respectivos sujetos, que lo eran justamente en virtud de esta lucha que los producía como tales. Así, las relaciones de poder no están definidas solamente como prohibición o límite impuesto. Tienen también un carácter formador de los individuos. Los sitúa socialmente, les entrega una cartografía cognitiva de su posición económica, política y existencial[4]. De más está decir que lo anterior no implica que los individuos sean meros reflejos de estas relaciones de poder y que no posean un grado de libertad relativa. Lo que importa destacar es que la perspectiva del mundo está previamente delimitada por estas relaciones y que romperla conlleva luchar contra su naturalización.

Las relaciones de poder forman el tejido social y a diferencia de lo afirmado en el marxismo clásico respecto de la primacía del enfrentamiento capital-trabajo como la gran productora de relaciones de poder, es la dialéctica de la Ilustración –descrita por Horkheimer y Adorno en DI- la que instaura relaciones de poder altamente diversificadas, que incluyen la pugna entre capital-trabajo. En efecto, ésta lucha queda subsumida, nunca disuelta, en medio de relaciones de poder que son anteriores, que la atraviesan y la resignifican. Igualmente, surgen relaciones de poder históricamente más tardías que se ven influenciadas, en un efecto de cascada, por las relaciones de poder más antiguas. Todo ello forma una corriente y un entramado que influye, produce y delimita lo que nuestra subjetividad ha llegado a ser. Por lo tanto, la producción del sí mismo es un hilo de continuidad en las relaciones de poder. Preguntarse cómo se tejen las relaciones de poder con la matriz de formación del sí mismo y como ello repercute en la subjetividad, es una tarea necesaria para investigar la crisis del utopismo moderno y de la propia modernidad, así como los espacios posibles para nuevas prácticas de la libertad y la emancipación.

Usando una expresión foucaultiana se podría decir que “la sociedad es un archipiélago de poderes diferentes[5]donde las relaciones de poder funcionan localmente, con sus propias técnicas y procedimientos. Ellas se coordinan y mantienen jerarquías, conservando su especificidad. A su vez, las técnicas de poder se perfeccionan, influencian y mezclan produciendo saltos cualitativos. Toda matriz de creación del sí mismo implica un ejercicio de trabajo sobre sí para llegar a ser de un cierto modo[6]. Esto requiere de una peculiar economía en cuanto a la necesaria regulación de los recursos de poder, la administración del tiempo como una variable desglosada en términos de táctica y estrategia[7] y el uso de las relaciones de proximidad como elemento de definición del peligro y las alianzas. Todo esto obliga al yo a una permanente reflexividad, una mirada que, abarcando tanto los vectores del tiempo y el espacio, se vuelque sobre el propio sujeto para entregar una mirada de la “situación”.

Sin embargo, esta perspectiva nos plantea un problema, ya que la razón está desarrollando una continua reflexividad que supone un gasto “económico” difícil de soportar. ¿Entonces como se sostiene esta dinámica? La respuesta está en el carácter inercial que adoptan las conquistas de las relaciones de poder ya existentes y que crean el campo necesario para la solidificación de aquéllas que están naciendo. Esto permite una cierta discontinuidad del ejercicio de la razón sobre sí, lo que posibilita un manejo más “económico” de la propia mirada. Ello supone un uso administrado y discrecional del recuerdo y el olvido como dos complementariedades y no un par opuesto. En efecto, para Horkheimer y Adorno, toda cosificación implicaba un olvido[8] lo que era un ladrillo más en la construcción de una sociedad de clausura, una distopía. Sin embargo, el recuerdo también puede ser una cosificación en la medida que éste no es una recuperación de algo perdido que retorna desde un supuesto fondo original, sino que es una reconstrucción socialmente mediada y, por tanto, carente de inocencia.

Consecuentemente, el recuerdo y el olvido son complementarios y su uso depende de la discrecionalidad de la razón. De más está señalar que esta complementariedad no siempre y necesariamente está ligada a las relaciones de poder opresivas, sino que pueden estar presentes en el contexto de unas prácticas de la libertad. Conviene señalar aquí que, a pesar de todos los juicios negativos que se puedan hacer sobre la modernidad y las democracias liberales, no vivimos aun en sociedades de clausura. Por ello, el pesimismo frankfurteano resulta paralizador. Si bien es cierto que vivimos en un tiempo histórico, donde las relaciones de poder y de dominación están configurando posibilidades ciertas de sociedades de clausura también resulta acertado señalar que en medio de dichas relaciones existen prácticas de libertad que es necesario desarrollar, extender y diversificar. Por eso nos resulta de utilidad rescatar la distinción de Foucault entre las prácticas de la libertad y los procesos de liberación[9].

Los procesos de liberación están encadenados, por definición, a una oposición necesaria a los poderes que someten e imponen un cierto modo de ser. Por lo tanto, los procesos de liberación siempre hacen referencia a un eje de dependencia que es importante quebrar. Nos liberamos de alguien o algo. Las prácticas de la libertad, en cambio, poseen una dimensión más amplia, ya que están referidas a experiencias creativas que extienden el arco más allá de un poder delimitador y opresivo, como en el caso de los procesos de liberación. Tienen que ver más con el cuidado de sí y con una subjetividad propia que nace en el margen, aunque en oposición y resistencia a las relaciones de poder. Esto necesita de dos precisiones, 1º) las prácticas de la libertad requieren generalmente de un proceso de liberación como condición necesaria, aunque no suficiente, ya que surgen en un contexto social dominado por relaciones de poder preexistentes a las cuales oponerse. 2º) Las prácticas de la libertad son, ante todo, experiencias que definen sus actores y que rompen, por medio de un esfuerzo sostenido, el circuito de las relaciones de poder que se les han impuesto.

Foucault distingue las relaciones de poder y las relaciones de dominación como dos esferas autónomas. Las primeras cubren un campo amplio de las relaciones humanas, exceden lo político e institucional y reflejan un modo de existencia en planos múltiples; sexualidad, intersubjetividad, cotidianidad, etc. Las relaciones de poder se definen por el deseo de dirigir los comportamientos de los otros siendo móviles, reversibles e inestables. Se ejercen sobre alguien que posee libertad y, en virtud de ello, puede resistirlas. De este modo, así como en la sociedad están extendidas las relaciones de poder, también lo están las potencialidades para oponerse a ellas.

Las relaciones de dominación, en cambio, son relaciones de poder que se encuentran bloqueadas, se han vuelto irreversibles, inmóviles y fijas haciendo casi imposibles las prácticas de la libertad. Por lo tanto, para Foucault, lo odioso radica en los estados de dominación y no las relaciones de poder[10]. Lo importante en esta perspectiva es producir una adecuada gestión y regulación moral para que los juegos de poder no se transformen en estados de dominación[11]. En efecto, las relaciones de poder están radicadas en el seno mismo de las sociedades, no forman algo diferente o por encima de ellas que pueda suprimirse.

Ninguna utopía podría crear una sociedad sin relaciones de poder. Para Foucault esto no implica su carácter ineludible, sino su carácter histórico y la posibilidad de transformarlas. El análisis de las relaciones de poder implica conocer; 1º) el sistema de diferenciaciones que permite actuar sobre la acción de los otros; diferenciaciones jurídicas, económicas, de estatus, de privilegios, etc. Toda relación de poder pone en funcionamiento diferenciaciones que son, al mismo tiempo, sus condiciones y efectos. 2º) El tipo de objetivos perseguidos por aquellos que actúan sobre la acción de los otros haciendo que las relaciones de poder sean asumidas, naturalizadas e introyectadas como parte de un contexto preexistente, que se sobrepone a la propia conciencia de los individuos. 3º) Las modalidades instrumentales a través de las cuales se ejerce el poder. 4º) Las formas en que se institucionalizan las relaciones de poder que van desde las estructuras jurídicas, las instituciones cerradas en sí mismas (colegios, regimientos) o aparatos más complejos, como el Estado, que forman estructuras de control global que regulan y distribuyen las relaciones de poder en el conjunto social. 5º) Los grados de racionalización que intentan minimizar los costos tanto en el sentido económico, como en el sentido de optimizar la derrota de las resistencias[12].

A esto se agrega de modo inquietante que “cuanto más libre es la gente y más libres son unos en relación a los otros, mayores son los deseos en unos y en otros de determinar la conducta de los demás. Cuanto más abierto es el juego más atractivo y fascinante resulta[13].” Para Foucault las relaciones de poder se diferencian del simple ejercicio de la violencia, que es la forma primitiva y más cruda de dichas relaciones. Éstas recurren tanto a la violencia como al consenso en grados variables, sin que desaparezca la libertad como condición necesaria para que existan estas relaciones. Para el autor, cuando la violencia es permanente y unidireccional estamos ante un estado de dominación.[14]

En este punto quisiera plantear un desacuerdo con el autor. Las relaciones de poder tienden, por su propia dinámica, a convertirse en estados de dominación, lo que Foucault admite al reclamar una regulación de éstas. Una regulación externa que no puede obtenerse de la propia dinámica de los sujetos involucrados en el juego del poder. El problema es que, además de la fascinación y el atractivo del juego, que no es otro que el deseo de dominio, se producen ganadores y perdedores. Una repartición asimétrica del sufrimiento y el dolor, aparentemente mitigado por la promesa de la posible reversibilidad que convierta mañana en ganador al que hoy ha perdido. Igualmente, no todos entran al juego con los mismos grados de libertad y recursos. No existen los jugadores en igualdad de condiciones, por lo que el carácter inercial de las relaciones de poder llevan a que éstas tiendan a convertirse en dominación, haciendo más probable que el rol de ganadores y perdedores quede fijado, incluso antes de que el juego comience.

En efecto, las relaciones de poder propenden, por su propia lógica, a convertirse en estados de dominación. Llevan inscrita una determinación que no puede romperse intensificando el circuito del juego de poder o ingenuamente regulándolo para mitigar sus efectos. En efecto, el dominio es el paradigma por el cual las relaciones de poder se articulan y entrelazan en la interacción social. Es necesario comprender que el poder aparece siempre falto de realización, carente si se le compara con el dominio. De igual modo, es importante precisar que la libertad existe en grado variable tanto en las relaciones de poder, como en las de dominación. Incluso en el extremo de la esclavitud el sujeto posee un grado mínimo de libertad que justamente lo hace valioso como esclavo.

Esta libertad mínima tiene una doble faceta; por una parte es el campo posible de surgimiento de resistencias y procesos de liberación donde ya se incuban prácticas reducidas de la libertad y, por otra, es el centro mismo que constituye el interés y el plusvalor de la esclavitud, ya que el esclavo -y más tarde el obrero siguiendo a Marx- no constituyen simples mercancías. Al contrario, son reducidos en los estados de dominación a mercancías pensantes, que en uso de dicha libertad restringida y dirigida, generan otras mercancías y son una intermediación entre el centro de poder y la naturaleza, como ya lo describió Hegel en la dialéctica del Señor y el Siervo en la Fenomenología del Espíritu[15]. Es la autonomía lo que se esclaviza o se intercambia convertida en fuerza de trabajo, lo que demuestra que tanto las relaciones de poder como las de dominación no prescinden de la violencia, sino que la usan abiertamente y la diversifican notablemente hasta hacerla difícil de reconocer. El reconocimiento de que incluso en los estados más duros de dominación existen precarios espacios de libertad es imprescindible para concebir el origen de los procesos de liberación, de lo contrario, los estados de dominación estarían perpetuamente cerrados y sería imposible la dinámica emancipadora de la modernidad

II.

En resumen, las relaciones de poder tienden a convertirse en relaciones de dominio, porque el elemento común entre ambas es la matriz de individualización. Ésta determina que el modo de construcción de la propia subjetividad, el sí mismo, esté marcado por el mandato de la autoconservación sin ningún contrapeso. Sin embargo, Foucault tiene razón al señalar el carácter general y hasta ahora intrínseco de las relaciones de poder en el interior de las relaciones humanas, en condiciones que recuerdan mucho los planteamientos de Horkheimer y Adorno en DI. El poder es propio del modo de existencia humano. Como señala la dialéctica de la Ilustración, las relaciones de poder son pre-racionales, en el sentido de que pueden fundarse en estructuras de sentido míticas, mágicas o religiosas. La fundamentación y articulación racional del poder es tardía en la historia y supone niveles de creciente complejidad y racionalización. Su creación ha implicado una absorción de los materiales presentes en argumentaciones anteriores, manteniendo en estado virtual aquello que le podría ser útil. Así, absorbe las relaciones de poder y dominio que la modernidad parecía haber enterrado de una vez y para siempre, lo que se vuelve más acuciante con la globalización.

Las relaciones de poder, al tener una amplitud más general que las relaciones de dominio, exceden los marcos que el marxismo clásico estableció respecto de lo esperable de las revoluciones. En efecto, un cambio radical de las relaciones de producción, como las acontecidas en todas las sociedades de los socialismos reales, no tuvieron el alcance necesario para afectar las relaciones de poder que seguían operando en la formación de la subjetividad, del lenguaje, en la familia, en la sexualidad, en las escuelas, entre las etnias, en las relaciones de género, etc.[16]

Más aun, Foucault nos recuerda que la modernidad y el Estado absorbieron las formas de poder pastoral. Con este concepto Foucault hace referencia a como el Estado moderno integró una antigua forma de poder creada por las instituciones cristianas. Éstas se relacionan con los individuos y la comunidad de forma pastoral, es decir, se preocupa de todos y cada uno por separado (en una relación individual como en la confesión y el circuito de los sacramentos) durante toda su vida, para asegurar su salvación en el más allá, en oposición al poder político que es inmanente. Dicho poder se ejerce explorando y guiando las conciencias de los individuos produciendo una verdad de sí. El Estado moderno subsumió algunas de estas características creando una matriz de individualización, que pretende que esta salvación del individuo se convierta en un aseguramiento de su vida cotidiana frente a las incertidumbres de la reproducción material de la vida.

Las funciones pastorales fueron asumidas por diversos funcionarios e instituciones estatales; policías, maestros, médicos, psiquiatras, etc., y por el propio tejido social, particularmente la familia. La sociedad en su conjunto fue movilizada por el Estado y sus instituciones para asumir las tareas pastorales, que son, en definitiva, relaciones de poder que lejos de competir entre ellas, provocan una sinergia eficiente gracias a una adecuada delimitación por parte de las instituciones y las disciplinas en su moldeamiento de los individuos[17]. El resultado es la producción deliberada de una forma de subjetividad.

Esto demuestra, como señalan Horkheimer y Adorno, que los imperativos del dominio van más allá de las previsiones del marxismo clásico. Se necesitan nuevos instrumentos teóricos para dar cuenta de una dimensión cada vez más amplia e intensiva del poder, que los esquemas tradicionales nos permitían observar. Ciertamente, el problema fundamental de la Europa del siglo XIX, como indica Foucault[18], era la amplia dimensión de la pobreza y la miseria en medio de una fabulosa producción de riqueza, sin posibilidades de consenso. Las teorías del poder estaban enlazadas a las categorías de riqueza y pobreza y sus conceptos claves como la lucha de clases.

El siglo XX mostró un cambio de eje en el modo de entender el problema del poder, ya que lo que se develó como un problema de alcance mayor, fue la amplitud del control sobre los sujetos, independientemente de las relaciones de producción vigentes en las sociedades. Las luchas de nuevo tipo señaladas por Foucault se centran en el hecho de que el ejercicio de poder resulta opresivo en sociedades en que la democracia permite la diversidad de los modos de subjetivación. Por otra parte, estas luchas frente a las manifestaciones del poder no tienen el carácter clásico de las luchas revolucionarias, al modo de un enfrentamiento global y unitario de un pueblo o una clase, una lucha imperativa hasta asaltar el centro de poder.[19] En contraste, en las nuevas luchas –por la identidad sexual, religiosa, étnica, etc.,- se trata de desestabilizar los diversos centros de poder de manera sostenida.

En esta dirección, creo que es importante matizar dos puntos. 1º) Efectivamente resulta intolerable el ejercicio de cualquier forma de poder entendido como dominación. Pero este ejercicio puede ser aceptado y aun deseado cuando desde los mismos centros de poder se legitima su uso en pos del logro de una pretendida seguridad. Ese es el secreto y el misterio del totalitarismo. Más aún, esto puede suceder en contextos democráticos y con las instituciones y la prensa en pleno funcionamiento y a pesar de que éstas cumplan con su cometido liberal, como lo demuestran los cambios tanto en EE.UU., y Europa después del 11 de septiembre del 2001. La aceptación no tiene que ver con la verosimilitud racional de la amenaza y la deliberación democrática, sino con el sutil manejo de las sensaciones de inseguridad y riesgo, y más aún, con la inconmensurabilidad de los daños posibles. 2º) Lo anterior revela que las luchas de nuevo tipo, señaladas por Foucault, tienen una dimensión muy amplia, que toda lucha local es también global y viceversa. Que estas luchas no adopten un carácter revolucionario no significa que no tengan que ver con el entramado de las mallas del poder.

La transición de las relaciones de poder a las de dominación abarca tanto los espacios locales como globales y se apoya en la ampliación de la racionalización. Por eso debe distinguirse entre la razón como forma de producción de relatos de trascendencia heredados de la Ilustración, en segundo término como actitud secular de desmitificación del mundo y, en tercer término, las formas especificas de racionalidad y sus instrumentos prácticos.[20] Dichas distinciones no impiden la existencia de puntos de unidad entre la razón ilustrada y las diversas racionalidades, así como sus fracturas. Ello provoca el juego de dominación y emancipación propio de la modernidad.

Resulta coherente señalar entonces que las categorías de acumulación de capital y marginalidad, propias del marxismo, no han sido desplazadas. Muy por el contrario, se han reinsertado en un marco de control que no está circunscrito a un carácter meramente restrictivo, sino que tiene dimensiones productivas, formadoras de individualidad. En este sentido, las sociedades occidentales altamente desarrolladas han visto una sobreproducción de poder, en tanto que en las sociedades menos desarrolladas todavía la contradicción entre riqueza y pobreza se manifiesta con toda su crudeza oscureciendo otras formas de dominación. En la medida en que las sociedades se globalizan, las dimensiones del control y las luchas por la subjetivación se expanden a las sociedades en desarrollo. De este modo, en vez de una sustitución de las formas de poder, vemos mezclas inestables, volátiles, que conjugan represiones arcaicas y de alta tecnología, la ruda tortura y las sutilezas de las técnicas de consumo, la destrucción del cuerpo y su exquisito cultivo hedonista.

En este sentido la noción foucaulteana de biopoder resulta muy útil, ya que absorbe el antiguo derecho de vida y muerte que el soberano detentaba y que pretende convertir la vida en objeto administrable por parte del poder. En este sentido, la vida regulada debe ser protegida, diversificada y expandida. Su reverso, ya que es necesario contar con la muerte, ya sea en la forma de la pena capital, la represión política, la eugenesia, el genocidio, etc., como una posibilidad ejercida sobre la vida por parte de un poder que se fundamenta en su cuidado[21].

Para el autor el desarrollo del biopoder y sus técnicas constituyen una verdadera revolución en la historia de la especie humana. Ello porque la vida está completamente invadida y gestionada por el poder, lo que fue fundamental para la expansión del capitalismo al crear los instrumentos para la inserción “controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos”[22] que generó una expansión inaudita de la acumulación de capital. Aun más, lo inédito es que lo biológico se refleja en lo político, produciendo que la existencia vital entre de lleno en la modernidad, ya que los humanos, en función del poder que los rige, se juegan la vida en la política. Los efectos del biopoder hicieron que las sociedades se volvieran normalizadoras usando como instrumento la ley. Por otra parte, las resistencias entraron al campo de batalla que las estrategias basadas en el biopoder crearon, por lo que se centraron en el derecho a la vida y al cuerpo desplazando a otros objetos de luchas[23].

La noción de biopoder foucaultiana tiene una fuerte afinidad con la metáfora del jardinero de Zygmunt Bauman, que hace referencia a la contraposición entre -por una parte- culturas cultivadas, producidas, dirigidas y diseñadas y las culturas silvestres o “naturales” por otra. En la primera destaca la necesidad de un poder que ejerza un diseño artificial, ya que el jardín en que la sociedad se ha convertido no tiene los recursos necesarios para su propio sustento y autorreproducción, por lo que es dependiente de este poder. En las culturas silvestres, en cambio, los recursos de autorreproducción están en la propia sociedad y en sus lazos comunitarios. Allí el poder se asemejaría a un guardabosque que encuentra su sustento en lo que el bosque entrega “naturalmente” a cambio de cuidado. El traspaso de las culturas silvestres -ajenas al diseño social conciente- a las culturas jardineras fue el resultado más importante de la modernidad.

Ello supuso una rearticulación de las relaciones de poder por parte del Estado. El guardabosque era una relación ineficiente, en tanto que el jardinero contaba con un saber especializado que le permitía saber cuales eran las malas hierbas, las malezas, y como eliminarlas. Éstas crecen en las periferias de la sociedad serán los pobres leídos como clases peligrosas sobre los cuales se aplican y recaen las fuerzas del poder pastoral, al decir foulcaultiano. Bauman ha agregado que la realización completa del Estado jardinero se encuentra en el Estado totalitario propio del siglo XX, que encontró sus malezas en el judío, los gitanos o en cualquier sujeto posible del genocidio. En última instancia el genocidio sería la máxima concreción de la jardinería social, la depuración de las malezas en función de la realización de una imagen de lo que el jardín debe llegar a ser[24].

Foucault nos recuerda que en un plano general, la modernidad encuentra un soporte tanto en las ciencias sociales como en la filosofía para concretar la imagen paradigmática del sí mismo ilustrado en el Estado. Ello resulta más evidente en el influjo de las diversas filosofías del siglo XIX sobre la teoría de Estado[25]. Verdaderos Estados-filosofías que adoptan el carácter de utopías a crear. Por ello, no es de extrañar que el Estado engendrara miedo por su desmesurado poder de penetración en el tejido social. En efecto, podemos ver como el Estado moldeó tempranamente la identificación de la sociedad con la nación haciendo un ejercicio de depuración de las diferencias internas de las sociedades. Tanto en el caso del fascismo como del estalinismo vemos una cierta sacralización de determinadas filosofías que elevan el poder del Estado, aunque sea una intención declarada su eliminación o limitación. En este sentido, las filosofías adoptan un carácter ideológico en el sentido más clásico del término, ya que sirven de justificación a formas de liberación que generan nuevas formas de poder, más extensivas. Es necesario recordar el hecho de que la mayoría de las relaciones de poder encuentran un referente estatal porque desde el comienzo del Estado moderno, dichas relaciones se elaboraron, racionalizaron, centralizaron y dispersaron desde instituciones estatales.

Sin embargo, hoy junto al Estado -como una fuerza individualizadora y creadora de matrices de formación del sí mismo- aparece con igual o más fuerza el mercado, como un agente extraordinariamente formador. Por lo anterior, los análisis ya no pueden localizarse sólo en el Estado, ya que su misión es ahora compartida y complementaria con la del mercado. Aquí radica una de las críticas más interesantes a los modelos de análisis del poder que encuentran su referente en el Estado, ya que cómo señala Bauman los poderes se han dispersado entre distintos agentes que se integran en los niveles locales y globales, haciendo que las imágenes del totalitarismo y el colectivismo resulten anacrónicas. Ello no implica que las relaciones de poder y dominación sean más livianas, más soportables o más humanitarias, sino que se han vuelto más fluidas acordes a una modernidad líquida que encuentra sus arquetipos en la mezcla, la red, la hibridez y el movimiento[26].

En consecuencia, las nuevas relaciones de poder no pueden ser analizadas desde la antigua óptica de centros piramidales y centrales. Más aún, cuesta sostener la antigua idea de la residencia del poder en un específico grupo que detenta, por si sólo, la dominación. Se trata de una circulación global del poder, que se concentra y dispersa a través de redes automodificables, autoimpulsadas e inerciales. En consecuencia, el poder –siguiendo a Bauman- es una estructura que crea regularidad ontológica en medio de un mundo azaroso[27].

El ejercicio de estructuración continua del mundo es una actividad destinada a la producción de orden en medio del caos[28]. Su carácter intensivo se define por el impacto repetitivo, conmensurado, flexible aunque reglado, sobre los puntos sensibles de la red social. El poder se vuelve declaradamente materialista, ya que opera sobre el cuerpo como si fuera un nodo en tanto puntos de acceso y paso en una red. Éstos desplazan la noción de sujeto fuerte, ya que su rol ordenador puede ser sustituido dentro de una arquitectura variable, estabilizando la red. Éstos tienden a conducir las conductas, estructurar el campo de posibilidades de acción de los otros y sus respectivos ámbitos biopolíticos y anatomopolíticos.

Es interesante hacer notar que existe una contradicción entre el discurso ilustrado respecto de producir un sujeto fuerte y, por otra parte, que la práctica actual de las relaciones de poder nos conduzca a esta noción de nodos prescindibles, donde la sombra del sujeto fuerte nos suena a ironía. Es en este punto es donde las nociones ilustradas se vuelven inviables debido a las contradicciones entre sus prácticas de poder y sus discursos. En efecto, el nodo, como un remanente espectral del sujeto tiene una gran dificultad para interpretar su propia posición existencial en el mundo, así como los conflictos globales[29].

Pero es necesario matizar fuertemente esto. Caídos los metarrelatos o las narrativas de trascendencia, se ha extendido con inusitada rapidez y sin crítica, la afirmación respecto de la pérdida de cartografías cognitivas y existenciales. Indudablemente, la caída del marxismo como una fuente de interpretación del mundo, la subsiguiente debacle del socialismo y los proyectos emancipadores que se arropaban teóricamente en él, ha producido un vacío difícil de llenar tanto en el ámbito de las herramientas conceptuales como de las prácticas políticas. No es extraño que una cierta sensación de incertidumbre recorriera tanto las izquierdas políticas como intelectuales, ante la pérdida del “suelo” que las sostenía[30]. Sin embargo, la noción de la carencia de las cartografías existenciales me parece errónea, tanto si se quiere designar con ella una característica significativa de lo que se denomina la postmodernidad frente a la producción de seguridades de la modernidad, como si se desea designar un cierto relativismo radical para la autoconstrucción de las matrices de identidad y los estilos de vida.

Nociones como “un mundo desbocado”, “ambivalencia”, “sociedad del riesgo”, “caos”, entre otras, se hacen eco de una falta de teoría global y sistemática para entender la sociedad, así como de un extendido sentimiento de confusión e inseguridad existencial. Sin embargo, esto que afecta directamente el tejido social de los individuos, mirado desde el ángulo de las relaciones de poder y de dominación, se revela de un modo muy diferente. Los últimos veinte años han mostrado una reconfiguración completa de las relaciones internacionales y un cambio drástico del mapa geopolítico. La caída del campo socialista y su voraz integración al capitalismo global, demuestra que los centros de poder tienen un diseño deseado de lo que quieren que el mundo sea y han tomado las medidas para concretar tales cambios. Desde esa perspectiva, la cartografía cognitiva se entiende como un conjunto de relaciones de poder y dominación que podemos leer a través de una teoría. Gracias a ello conseguimos interpretar nuestra posición existencial y, en virtud de nuestra limitada libertad, logramos decidir nuestras acciones. Lo que ha entrado en una manifiesta crisis es la idea de poseer una teoría abarcadora para interpretar global y adecuadamente dichas relaciones y desprender las acciones consecuentes.

Por ende, lo que se verifica más certeramente es la carencia de cartografías cognitivas que puedan rotularse de progresistas. Dicho con más claridad, el mundo de izquierda se ve sometido a la falta de teorías unitarias y globales para la transformación del mundo. El mosaico de ideas, conceptos y estructuras emocionales que caracterizaban a los sectores progresistas, están siendo rápidamente desplazados por otras cartografías cognitivas, que están remodelando la subjetividad y que provienen de los tradicionales centros de poder y de la extensión de la sociedad de consumo. En los contextos de las nuevas luchas se requiere una diversidad de teorías que sean compatibles entre sí, dúctiles, flotantes y que renuncien a tener un carácter totalizador. En efecto, nos encontramos en un momento histórico de amplios cambios y enfrentamientos por la recomposición de las relaciones de poder y dominación a escala mundial.

Las cartografías cognitivas emergentes contienen nuevas relaciones de poder y dominación tecnológicamente superiores, que crean nuevas matrices de formación de la subjetividad. Pero a diferencia de la modernidad descrita por DI, ya no se trata de la homogeneidad y masificación totalitaria, sino de la producción de una diversidad de estilos de vida, donde los individuos mediante el consumo pueden confeccionar su subjetividad. Sin embargo, tras esta aparente diversidad permanecen muchas de las vigas maestras de la formación del sí mismo ilustrado. En efecto, bajo el imperativo de perpetuarse ha tenido que renunciar incluso a una cierta parte de su coherencia interna y su racionalidad. Es una cualidad de la razón saber incluso cuando debe suspender su actividad.

Los conceptos que marcan el énfasis en el caos, la ambivalencia y todo su campo semántico asociado tienen una doble dimensión. Por una parte designan el anverso inconmensurable de la propia modernidad en su intento de desplegar una racionalidad totalizadora, que genera peligros que se escapan a las posibilidades de control de cualquier agente institucional, estatal o multinacional. Otra dimensión opera en un sentido distinto. En el nivel de los individuos que experimentan el descontrol de su propia vida a manos de una sociedad que consagra los riesgos y la inestabilidad como una característica permanente de las nuevas relaciones sociales. Esto supone que, junto a la sensación de una nueva libertad producto de la secularización de las sociedades occidentales, emerja paralelamente una cierta inseguridad vital respecto de las posibilidades reales de llevar a cabo los proyectos de vida a los que estamos impulsados por la adquisición de una cierta mayoría de edad y por nuestro modos de concebir la subjetivación.

El paradigma de esta inseguridad existencial se encuentra en la flexibilización laboral y el consecuente desmontaje de los dispositivos de protección e integración sociales, que arrojan a los individuos a formas de precariedad ontológica y existencial que parecían superadas e incluso premodernas. Consecuentemente, en el primer caso nos encontramos con ciertos efectos perversos no deseados de la modernidad, que provienen de su propia lógica de dominio y de totalización. En el segundo, en cambio, nos enfrentamos con efectos que son deseados y forman parte de las nuevas cartografías emergentes.

Como señala Foucault[31], las nuevas luchas convierten al proceso de subjetivación en uno de los centros de enfrentamiento más importantes. Interrogarse cómo hemos llegado a constituirnos en lo que somos, nos hace ver las sedimentaciones de las relaciones de poder que han operado sobre nosotros, formándonos de acuerdo a un patrón de subjetividad basado indudablemente en los procesos de formación del sí mismo ya descrito. Desde la perspectiva foucaultiana, las luchas por los procesos de subjetivación se superponen a las luchas económicas y políticas.

Se hace necesaria una teoría crítica sobre lo que somos y los modos alternativos de reconfigurarnos frente a las matrices de individualización dominantes. Para Foucault no se trata de liberar a los sujetos del Estado, sino de los tipos de individualización que éste ha creado, lo que resulta más relevante frente a la supremacía del mercado. Por ello es necesario explorarlos, ya que son anteriores y paralelos a las otras formas de luchas, particularmente las de clases. Sin embargo, es necesario volver a recalcar las diferencias con Foucault respecto de la inevitable tendencia estructural de las relaciones de poder a convertirse en estados de dominación. Desde el análisis precedente es posible entender como el proceso de formación del sí mismo ilustrado, eje central del sujeto moderno, se engarza completamente con el juego de las relaciones de dominación que subsumen y atraen todas las formas posibles del poder.

En efecto, la modernidad si quiere rescatar su proyecto emancipador tiene que volver a renovar el llamado kantiano a ser modernos, pero sobre bases completamente nuevas inspiradas en la diversificación y autodiseño de las matrices de individuación. Podría señalarse –con cierta ironía- que la modernidad ya no es lo que solía ser. El juego de poder sigue abierto.

[1] Max Horkheimer y Theodor Adorno. Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. Madrid, Trotta. 1998. Zygmunt Bauman. Modernidad y ambivalencia. Barcelona, Anthropos. p. 39 y ss.

[2] Michel Foucault. “¿Qué es Ilustración? Revista de filosofía Anábasis. Nº 4. Año III. 1996. p. 16 y ss.

[3] Ibid. p. 23. y ss.

[4] M. Foucault. Las mallas del poder. En Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales. Vol. III. Barcelona, Paidós. 1999. p. 236 y ss. También, Verdad y poder. Estrategias de poder. Obras esenciales. Vol. II. Barcelona, Paidós. 1999. p. 48.

[5] M. Foucault. Las mallas del poder. Op. Cit. p. 239.

[6] M. Foucault. La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad. En Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales.Op. Cit. p. 394.

[7] Para ver como Foucault fundamenta su concepto de estrategia verEl sujeto y el poder. En H. Dreyfus y P. Ravinov. Michel Foucault; más allá del estructuralismo y la hermenéutica. México D.F. UNAM. 1998. p. 243 y ss.

[8] M. Horkheimer y T. Adorno. Op. Cit. p. 275.

[9] M. Foucault. La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad. Op. Cit. p. 395.

[10] Ibid. p. 412. Igualmente, El sujeto y el poder. Op. Cit. p. 241 y ss.

[11] M. Foucault. La filosofía analítica de la política. En Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales. Op. Cit. p. 118 y 119. Además: La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad. Op. Cit. p. 410 y 411.

[12] M. Foucault. El sujeto y el poder. Op. Cit. p. 241 y ss.

[13] M. Foucault. La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad. Op. Cit. p. 415.

[14] M. Foucault. El sujeto y el poder. Op. Cit. p. 239 y ss.

[15] G. W. F. Hegel. Fenomenología del Espíritu .México. DF. Fondo de Cultura Económica. 1988. p. 117 y ss.

[16] M. Foucault. Diálogo sobre el poder. En Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales.Op. Cit. p. 68.

[17] M. Foucault. “Omnes et singulatium: hacia una crítica de la razón política” En La vida de los hombres infames. Madrid, La Piqueta, 1990. Igualmente, La filosofía analítica de la política. En Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales. Op. Cit. p. 124 y ss. Finalmente, “El sujeto y el poder”. En H. Dreyfus y P. Ravinov. Michel Foucault; más allá del estructuralismo y la hermenéutica. México D.F. Nueva Visión.1998. p. 232 y ss.

[18] M. Foucault. La filosofía analítica de la política. Op. Cit. p. 113.

[19] Ibid. p. 122 y ss.

[20] M. Foucault. Estructuralismo y postestructuralismo. En Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales. Op. Cit. p. 324.

[21] En este sentido, Foucault distingue dos técnicas de biopoder surgidas en los siglos XVII y XVIII; la primera es la anatomopolítica que se caracteriza por ser una tecnología individualizante del poder, basada en el escrutar en los individuos sus comportamientos y su cuerpo con el fin de anatomizarlos, es decir, producir cuerpos dóciles y fragmentados. Está basada en la disciplina como instrumento de control del cuerpo social penetrando en el hasta llegar hasta sus átomos; los individuos particulares. Vigilancia, control, intensificación del rendimiento, multiplicación de capacidades, emplazamiento, utilidad, que llega a encontrar su paradigma en el fordismo y el taylorismo. El segundo grupo de técnicas de poder es la biopolítica que tiene como objeto a poblaciones humanas, grupos de seres vivos regidos por procesos y leyes biológicas. Esta entidad biológica posee tasas conmensurables de natalidad, mortalidad, morbilidad, movilidad en los territorios, etc., que pueden usarse para controlarla en la dirección que se desee. Así, según la perspectiva foucaultiana, el poder se torna materialista y menos jurídico, ya que ahora debe tratar respectivamente -a través de las técnicas señaladas- con el cuerpo y la vida, el individuo y la especie. Cabe agregar que el punto de articulación entre ambas técnicas radica en el control de la sexualidad como mecanismo de producción disciplinal del cuerpo y las regulaciones de poblaciones.

[22] M. Foucault. Historia de la sexualidad. Vol. 1. La voluntad de saber. Madrid, Siglo XXI. 1998. p. 168 y ss.

[23] M. Foucault. “Las mallas del poder”. p. 243 y ss. Igualmente, “Nacimiento de la biopolítica”. p. 210 y ss. Ambos en Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales. Op. Cit. Finalmente,El sujeto y el poder.” Op. Cit. p. 239. A propósito de esto, Scott Lash ha sostenido muy certeramente que los análisis foucaultianos despliegan un evolucionismo distópico en contra de las metanarraciones utópicas del cambio social. Scott Lash. La reflexividad y sus dobles: estructura, estética, comunidad. En Ulrich Beck, Anthony Giddens y Scott Lash. Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Madrid. Alianza. 1997. p. 139.

[24] Zygmunt Bauman. Modernidad y ambivalencia. Barcelona, Anthropos. 2005. Págs. 77 y siguientes. Para ver como el autor ha seguido desarrollando la metáfora del jardinero como Estado totalitario y su expresión en el genocidio ver; Modernidad y Holocausto. Madrid. Ed. Sequitur. 1998. p. 148 y ss. Para las implicancias estéticas, La posmodernidad y sus descontentos. Madrid. Akal. 2001. p. 13 y ss.

[25] M. Foucault. “La filosofía analítica de la política. Op. Cit. p. 115 y ss.

[26] Z. Bauman. Modernidad líquida. México DF. F.C.E. 2000. Christian Retamal. “Crisis de la interpretación de la modernidad en la teoría crítica. Consideraciones desde la ontología de la fluidez social.” Rev. Política y Sociedad. Nº 47. p. 56. Sobre la hibridez ver; May Joseph. “Hibridación”. En Michael Payne. Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Paidós, Buenos Aires, 2002. p. 384.

[27] Z. Bauman. Modernidad y Holocausto. Op. Cit p. 278.

[28] M. Foucault. Los intelectuales y el poder. En Estrategias de poder. Obras esenciales. Op. Cit. p. 112.

[29] Fredric Jameson. Teoría de la postmodernidad. Madrid. Trotta. 1998. p. 62.

[30] C. Retamal. “Melancolía y modernidad”. Revista de Humanidades. Nº 10. 2004. p. 98 y ss. También “¿Por qué la vida no es en Cinemascope?” En Revista El rapto de Europa. Nº 7. Madrid.

[31] M. Foucault. El sujeto y el poder. Op. Cit. p. 227 y ss.

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- “Melancolía y modernidad.” Revista de Humanidades. 10. Universidad Andrés Bello. 2004. pp. 89-99.

- “Crisis de la interpretación de la modernidad en la teoría crítica. Consideraciones desde la ontología de la fluidez social.” Revista Política y Sociedad. Universidad Complutense de Madrid. Nº 47. 2007. pp. 33-48.

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Luchas utópicas y paraísos triviales. Sobre la colonización del imaginario utópico por el consumo.

Resumen.

El presente artículo pretende explorar la colonización que se ha operado en el imaginario utópico por parte de la publicidad y el consumo. Dicha colonización ha sido uno de los factores de agotamiento de las energías propiamente utópicas y ha sido paralela al declive de los grandes sistemas ideológicos que tradicionalmente se identificaron con dicha forma de pensamiento. Desde esta óptica este artículo pretende (1) mostrar una estructura del pensamiento utópico que distingue, por una parte, su anclaje en el imaginario y en las formas de producción del deseo y, por otra, las formas de discursos utópicos que muestran una peculiar racionalidad interna que permite indagar sus lógicas. Además, (2) se muestran los factores de crisis internos del pensamiento utópico, que se inscriben en un proceso más amplio de crisis de los referentes modernos. Finalmente, (3) se describen ciertos fenómenos de desapropiación de las imágenes tradicionales del utopismo y como estas son redirigidas al consumo bloqueando las elaboraciones de discursos utópicos.



Christian Retamal H.[1]
1) Estructura del pensamiento utópico; producción del deseo y del discurso.
El análisis pormenorizado de las principales teorías respecto del pensamiento utópico distingue una dualidad estructural en la mayoría de dichas experiencias sociales. Por una parte aquello que denominaremos impulso utópico y, por otra parte, el discurso utópico que cubren el vasto campo del genero literario de la utopía, así como los experimentos comunitarios, las filosofías y análisis sociales que intentan poner en la esfera política elementos que no están contenidos en la facticidad de la situación.
Como se sabe la noción de impulso utópico deriva de Bloch. En efecto, este autor parte de la noción de impulso de Freud para fundamentar la naturaleza deseante del ser humano que asienta la función utópica como una actividad pulsional, es decir, una actividad marcada por un ritmo de saciedad y privación que encuentra en el soporte físico su sujeto, pero que está procesada psíquicamente. De este modo, la actividad pulsional no tiene un ritmo predeterminado, por el contrario, su ritmo, si cabe dicha expresión, se construye en la mediación del sujeto con su entorno, en la lucha que éste establece por el logro de su objeto polifacético. Nótese que la derivación que Bloch hace de la noción de impulso proviene directamente de la noción de pulsión de Freud. Cabe recordar que este concepto, en sentido psicoanalítico, hace referencia a un proceso dinámico consistente en un “empuje” que hace tender al organismo hacia un objeto donde alcanza su fin. Dicho carácter de empuje enfatiza su condición abrupta e irreprimible, más allá de la fijeza del fin y del objeto. Sin embargo, los impulsos que sirven de base a la función utópica de Bloch son una categoría mucho más amplia que la freudiana y están más orientadas a la experiencia social del deseo. La noción de impulso sigue siendo muy útil para el análisis de los diversos utopismos, ya que señala su carácter paradójico, remitiendo también a su persistencia plural que implica la absorción permanente de nuevos contenidos percibidos como liberadores, un sincretismo de prácticas, iconos, sensaciones tanto colectivas como individuales, así como la multiplicidad de voces que presentan cierta resistencia a estructurarse en un discurso que las jerarquice y discipline. Se trata más bien de un coro sin director que se autorganiza para intentar expresar tanto lo individual como lo colectivo. También se encuentran los matices a los que Bloch aludía como el mesianismo, lo salvífico y lo revolucionario que se manifiestan en el impulso utópico y que están enraizados en el inconsciente colectivo de los grupos sociales. Pero lo más importante es que estos matices conectan a los movimientos utópicos con el resto de la sociedad y les dan coherencia y continuidad intergeneracional en un nivel no sólo racional, sino más bien emotivo.
Los matices antes señalados se entremezclan en la confianza de la redención del mundo, en el advenimiento de la mano de la justicia que debiera enfrentar el mal representado ya sea por la mano del mercado, los grupos oligárquicos o simplemente el destino como expresión límite del extrañamiento de la libertad humana. Dicho advenimiento toma la forma de la revolución como éxtasis siempre presente en el utopismo ya que éste se encuadra en los procesos de cambio social. Otra característica es la fuerza movilizadora del impulso utópico, la tendencia a la transformación práctica de la realidad, más que el ejercicio heurístico o especulativo al que tiende una parte importante del discurso utópico, especialmente su rama literaria. El impulso busca su objeto en el experimentar la realización utópica, no simplemente visualizarla. Por otra parte cabe destacar como características relevantes la indisposición y la resistencia a la realidad tal cual esta planteada, una profunda negación, visceral, a aceptar la clausura de las posibilidades de lo real. Esto conduce al centro mismo del impulso utópico que es la sedimentación de los deseos sociales no realizados, una inmensa carga de sufrimiento y frustración con la vida y su modo de organización, que leído exteriormente pareciera un reclamo metafísico y que desde una mirada más crítica representa un desencanto respecto de las narrativas de trascendencia y sus promesas de justicia.
Sin embargo, la raíz más importante de este desencanto radica en la incertidumbre creciente que el advenimiento de la modernidad va dispersando en las sociedades. El quiebre de los tradicionales vínculos comunales que en la edad media mantenían unidos los engranajes del poder empiezan a desintegrarse sin una garantía de retorno de la protección mutua. A los temores tradicionales frente a la muerte, a los caprichos de la naturaleza, a la desventura personal, la perdida de la salud o la buena fortuna, se sumó la incertidumbre como una forma de temor propiamente moderno y que derivó en gran medida del descubrimiento de la individualidad. El miedo en todas partes y a cada momento era una realidad a la que solo se podía oponer la sociabilidad densa como forma de protección. Como señala Zygmunt Bauman, el “vestirse” con sucesivas capas de relaciones humanas permitían alejar o paliar las fuentes de incertidumbres[2]. Desde las primeras obras utópicas de la modernidad es identificable la tendencia central a fortalecer y recrear la sociabilidad densa a través de la reformulación o rediseño de la familia, de las relaciones sexuales, del tiempo libre cultivado junto a otros como mecanismo para la difusión de la amistad, etc[3]. Lo que desde un análisis contemporáneo nos puede parecer un exceso de control social intolerable, resultado de una rearticulación de las estrategias de poder, tiene este otro aspecto de construcción de mecanismos de seguridad frente a la incertidumbre en sus distintos rostros. Esta reformulación social de la protección como se ha visto tiene estos efectos paradójicos; la producción tanto ambigua como original de cuidado y represión. A esto se añade que las nuevas formas de creación de seguridades generan de modo contradictorio, perverso e inesperado, nuevas formas de inseguridades lo que conduce a la que la incertidumbre no sea un estado especifico de la subjetividad, sino una dialéctica en la relación del sujeto con el mundo y consigo mismo. En este sentido, la modernidad tiene como su proyecto ser una época de producción de certezas[4], lo que como efecto ambivalente, refractario, lleva a que la vida y su equilibrio interior este en permanente reconquista, una lucha que no puede ser definida de manera irrevocable[5], es decir es el reverso de la dialéctica de las incertidumbres.
Pero es necesario precisar más el significado de los nuevos miedos. En efecto, su novedad radica en la falta de garantías sociales contra el advenimiento de las desgracias, un cierto quiebre de las seguridades cosmológicas. El desamparo radical amplifica el miedo que convierte a la incertidumbre en una presencia permanente que pone en el cotidiano a los espectros hostiles, sin el contrapeso de los ángeles guardianes. Las desgracias de siempre ya no se ven con los mismos ojos y las nuevas aportan su novedad como un elemento frente al cual no cabe oponer defensa. Como ha señalado Michel Foucault, y desde otra óptica Bauman, la pobreza, la marginalidad, el vagabundo, las clases peligrosas encarnaron literalmente esa incertidumbre reestructurando las estructuras de poder dando origen al biopoder[6].
El amplio espectro de incertidumbres que la modernidad trajo consigo fue de rango variable y afectó al conjunto de la sociedad de diversas formas de acuerdo al suelo de seguridades al que cada cual podía apelar. Desde la inseguridad ante la precariedad de la reproducción material de la vida hasta la ausencia de las deidades protectoras, de la perdida de certeza de orden del mundo hasta la presencia del otro como amenaza múltiple, de la perdida de certeza en la propia trascendencia individual a la disolución de los lazos de compromiso entre los diversos estamentos sociales. La polisemia de la incertidumbre permitió que su presencia se extendiera con todos los nombres que el miedo puede tener. El utopismo moderno se articula como respuesta a las también modernas fuentes de incertidumbre. En tal sentido, el impulso utópico intenta responder a los miedos y su intensa polisemia con la respuesta global de la desmesura de sus sueños que permitan erradicar la incertidumbre como tal. El discurso utópico, por otra parte, no sólo intentará rescatar las seguridades sino también el goce de la estabilidad que esas seguridades prometen, aunque olvide el precio de la represión que ellas implican. La estabilidad aparece como el ideal que permite el reconocimiento del sentido antaño perdido.
La contradicción de intereses distintos entre el impulso y el discurso utópico marcará de forma significativa la producción utópica de la modernidad, incluso al extremo de que algunos autores[7], pueden hablar de historias psicológicas de las utopías para referirse a las tensiones entre orden y placer, cuando en realidad se trata de las contradicciones ya señaladas entre impulso y discurso. En efecto, no se desea cuando se esta en estado de plenitud, se desea cuando la incertidumbre pone al descubierto una ausencia o una amenaza. Y el deseo no solo busca llenar el horror de esa ausencia o evaporar la sombra de la amenaza. Quiere más. El deseo lleva implícito sus excedentes, que gatillados por la incertidumbre, la superan creando la base de una desmesura inagotable.
El impulso opera sobre la formación de imágenes paradigmáticas que concentran flujos de deseo imposibles de canalizar a través del discurso por lo radical de su desmesura[8]. El impulso utópico se encuentra en un estadio ajeno al habla, su fondo es en rigor inefable y sólo puede rastreársele a través de la elaboración de las imágenes que van sedimentando el imaginario. En efecto, el deseo, que aun no llega a entenderse a sí mismo como tal, vaga en la oscuridad sólo provisoriamente orientado por aquellas imágenes que funcionan como faros. Unos faros paradójicos, ya que no orientan en un camino particular hacia un destino, sino que atraen, buscan captar al deseo que los ha originado y mantenerlo en una perpetua vinculación. Sin embargo, pertenece a la determinación del deseo producir y buscar nuevas imágenes. Necesariamente debe producirse una articulación de dichas imágenes en un corpus; el imaginario, que tiene fronteras siempre en cambio.
La noción de desmesura es de capital relevancia para entender la dinámica del impulso utópico. La conciencia moderna crea unas distancias interiores entre su deseo y la imagen que promete satisfacerlo, estableciendo una dinámica autoimpulsora que hace de la realización de dicha conciencia un viaje de formación de la identidad[9]. La conciencia utópica es un extremo de esta desmesura de la conciencia moderna que, no plena de sí, se lanza a la producción inefable de sueños. Tales sueños tienen la marca del exceso como su elemento original, que proviene del desencanto de las narrativas de trascendencia heredadas por la modernidad y que urgen a su sustitución por una nueva narrativa, que por ahora sólo puede alimentarse de las imágenes. La marca de la orfandad del sentido está presente en el camino de la conciencia utópica y marcan su subjetividad de manera tan perdurable, que es posible encontrarla incluso en las distopías[10] como uno de sus elementos más notables de continuidad. Se entenderá entonces que el utopismo es un aparato reflexivo de la modernidad. Representa el extremo desbordado de los sueños modernos, y tanto su auge como crisis dan cuenta de dicha época, de sus aciertos y sus fallos.
El impulso utópico, al generar las imágenes que la modernidad fábula, crea ese elemento autoimpulsor que, gracias al deseo, se mueve al logro de su objeto, y en tal sentido la modernidad, y la propia conciencia utópica con ella, crea las distancias interiores que ya se han señalado. Dicha distancia radica en la desmesura del sueño consagrado en la imagen, sin embargo, cabe preguntarse como la marca del exceso agita tanto la esperanza como la frustración del logro del objeto, y como, por otra parte, la modernidad, gracias al utopismo, queda escindida de sí misma, fracturada en el desgarro del deseo de lo perpetuamente imposible.
La exuberancia del sueño, expresado en la imagen, no puede explicarse recurriendo a la clásica tradición marxista al encasillarla en el contexto de una lucha de clases sin cuartel y en el enfrentamiento radical entre hombre y naturaleza por la reproducción material de la vida. Si bien estos elementos son una condición necesaria, pero no suficiente, de la explicación del exceso utópico, ésta parece encontrarse en la fractura de sentido y sus incertidumbres, que la modernidad aporta a la historia humana y como esto se expresa en el pensamiento utópico que intenta ser una reconstrucción de ese sentido perdido. La forma como la modernidad concibe su propia existencia, y el proceso de generar el deseo, radicaliza profusamente la función del impulso utópico hasta convertirla en el inicio de una transformación de la humanidad[11].
Nótese que la imaginería utópica no esta aun bajo el imperio de la racionalización del discurso, su desmesura aun no ha sido limitada por las necesidades de la estrategia y por tanto se encuentra en un ámbito en que puede mezclar elementos muy heterodoxos. Puede jugar con la ambivalencia de lo que se esta intentando nombrar aun de manera rudimentaria. Como destaca Bauman[12] la modernidad intenta establecer una claridad sobre el mundo creando una estructura que rompa con el azar. “Estructura” significa desde un punto de vista ontológico, monotonía de sucesos, repetición relativa lo que conduce a lo predecible en el ámbito epistemológico. La estructura conlleva que las probabilidades sean manejables haciendo más factibles las que se desean. De esta manera, el hábitat humano “estructurado” es “una isla de regularidades en un mar de azar,[13]” aunque su efecto paradójico sea la construcción de nuevas formas de represión y aburrimiento existencial.
El azar nos parece desde la perspectiva actual de una forma totalmente distinta a lo que se representaban con ese término los utópicos de todo signo en la modernidad. Hoy el azar nos muestra una cara amable en que su campo semántico derivado nos remite a las imágenes del juego, un cierto renacimiento de lo mágico, la posibilidad de la seducción de la diferencia y ruptura de la monotonía del propio yo. En definitiva una ruptura o al menos una suspensión temporal de la intensiva racionalidad de la vida moderna con todo su agobio y estrés, entendido aquí como la incapacidad de sostener la capacidad comunicativa y productiva en la red social. El anverso del agotamiento de la racionalidad es la producción de sociedades opulentas que permiten una reducción sin precedentes en la historia humana de la pobreza, la enfermedad y la ignorancia, así como de formas muy rudimentarias, aunque no por eso menos dolorosas, de relaciones de poder y dominación. Por supuesto esto no quiere decir que la modernidad no este sujeta a un proceso de ambivalencia que genera nuevas formas de incertidumbres y miedos. Por su parte, los autores utópicos se enfrentaron con una noción de azar que justamente mostraba un lado bastante opuesto al que hoy experimentamos. El azar significaba, y es necesario señalar que para dos tercios de la humanidad sigue siendo de esta manera[14], la indefensión frente al hambre, la miseria, la explotación y la enfermedad. La imposibilidad de predecir y controlar las fuentes de sustento y sufrimiento era la cara horrenda del azar, que adoptaba la forma de destino ineludible. Esta diferencia en la percepción del contenido semántico del azar es fundamentar para medir con justicia las luchas utópicas, sus crisis y posibilidades. La ciudad moderna, y en extremo la ciudad utópica, refleja esas operaciones de la conciencia sobre el territorio, sobre la naturaleza que representa la otredad radical, lo exterior, y es que los actos de clasificar, como un amplio espectro de oposiciones ordenadoras del mundo, están fundamentadas en la oposición interior y exterior[15]. La distinción ciudad-naturaleza, yo-otro, amigo-enemigo, se asientan sobre las delimitaciones de fronteras de la conciencia entendida como una mismidad que se cierra sobre sí misma. La ambivalencia, siguiendo a Bauman, es el paralelo permanente de los intentos clasificatorios de la modernidad, su relación es tanto destructiva como autopropulsora.
Desde la mirada del impulso utópico esa ambivalencia es una ventaja que permite una amplitud del reconocimiento en sus imágenes que se niegan a una rígida delimitación. Ciertamente estas imágenes, inspiradas en la desmesura del deseo, no quieren verse congeladas en un instante del tiempo, petrificadas en la escritura o encerradas en una peculiar concreción. Están destinadas a permanecer adheridas a la superficie siempre cambiante del tiempo, en una incesante transformación, una transfiguración lúdica de los materiales que imperan sobre las formas. La ambivalencia es funcional a este deleite del cambio que muestra el tedio sobre el momento especifico, permite que las imágenes del deseo ya elaboradas se entretejan para crear un deseo de las imágenes en una dinámica inagotable. Una red que se trenza de un extremo a otro aprovechando la ambivalencia como una base para mostrar algo en la imagen, al tiempo, que algo se oculta. Tal movimiento de revelación y ocultamiento de las imágenes producidas por el impulso utópico genera una tensión de búsqueda en el propio deseo, una tentación, un deseo que hace de lo ambivalente un elemento de atracción y seducción. Una sutil dialéctica que va desde el deseo de la imagen a la imagen del deseo.
Ciertamente las palabras no alcanzan a nombrar todo lo que se pone en movimiento en esa dialéctica. Nuestro esfuerzo por nombrar implica colocar nombre a realidades en continuo movimiento y transformación, lo que ya aparece como un esfuerzo condenado a resultados incompletos. El nombre, como cerco a esas realidades cambiantes, muestra el colosal intento de dotar al mundo de una relativa estabilidad. Mannhein destaca que los aspectos más orientados al cambio se ocultan a la mirada para favorecer la acción colectiva[16]. Dicho de otra manera, la construcción social de la modernidad requiere de la estabilización del cambio para generar certidumbre. El concepto, como continente de realidades estabilizadas, funciona como tabú, que simplifica y unifica la diversidad de la vida, frente a la amenaza de la polisemia que origina sentido paralelos.
A diferencia de la modernidad que declara como su horror a la ambigüedad, que le impide concretar la estructuración del mundo, el impulso utópico encuentra en ella su elemento predilecto de expansión. Una comunidad de ensueño que permite el reflejo cambiante y que hace que el propio deseo, en este nivel, se mantenga más allá del limite de la justificación de la razón, que pertenece al ámbito del discurso utópico. Esta es una de las razones más poderosas para que el utopismo haya sido capaz de sobrevivir a profundas crisis, que en última instancia son crisis de determinadas formas de representar el deseo, formas del discurso que intentar crear una relato de trascendencia. El impulso ciertamente tiene sus repliegues y avances, pero su ambivalencia lo hace más persistente y multifacético. Igualmente esta menos propenso a la transacción de sus contenidos, ya que el principio de realidad es escasamente operable en él, por que aquí impera la ley del deseo, que no reconoce los limites de la facticidad, más aun, sólo mira al mundo real en la medida que es un escenario que presenta la posibilidad del cambio absoluto. En ese sentido, los impulsos utópicos tienden a desintegrar lo real poniéndole al lado siempre el espectro de su imagen mejorada y siempre inalcanzable.
Por otra parte el discurso utópico representa el aspecto más propiamente ilustrado que busca convertir en decible todo lo que aparece como una esfera inefable y por eso mismo autónoma. La racionalidad sólo puede podar el exceso del deseo en el ámbito del discurso que es su propio escenario. Ciertamente la razón puede penetrar en el impulso y desmontar las imágenes cuando estas se convierten en discurso y en cierta manera han superado la protección de la ambivalencia. La racionalidad del discurso utópico trabaja sobre el sedimento de las imágenes del deseo, intentando como un mal artesano omitir lo inefable contenido en su desmesura y categorizar sus contenidos ahuyentando la ambigüedad. La amplitud y polisemia de las imágenes, generadas por el impulso utópico, queda reducida, racionalizada, eliminando sus elementos incómodos. En esta fase el discurso utópico incorpora las improntas propiamente modernas a toda la estructura utópica, haciendo que los residuos heredados de los mitos antiguos y las religiones pasen a un segundo plano menos visible, pero no por eso inexistentes.
El discurso utópico funciona como un contenedor de la desmesura, ya que por su propia lógica debe filtrar los elementos para conseguir un relato trasmisible a través de los códigos racionales que han exorcizado la ambivalencia, un relato que manteniendo las imágenes del deseo debe centrar sus ejes sobre la articulación de fundamentos racionales, que a su vez se convierten en vigas maestras para la elaboración de los refugios narrativos contra las incertidumbres. Es necesario destacar que esta función contenedora de la desmesura implícita en el deseo no es todo lo eficiente que se pretende, frecuentemente el deseo se escapa de las mallas que lo atan a formas discursivas que lo racionalizan, de este modo la desmesura queda en estado flotante, disponible para el uso de quien tenga los recursos para captar las posibilidades de los sueños no realizados.
A pesar de los fallos en su función de contención el discurso utópico sigue operando y por ello se lanza a la búsqueda de una transparencia universal que necesariamente debe sacrificar la ambivalencia, ya que ella misma es fuente inagotable de inseguridades, sin embargo, cabe destacar que ésta no desaparece, como tampoco lo hacen las poderosas fuerzas del deseo. Se esconden entrelíneas del discurso, a veces inconscientemente al modo del recuerdo de un incontenible impulso que deja al discurso reducido a palabras que no pueden abarcar ni expresar el contenido que los impulsa, otras veces deliberadamente se mantienen en el discurso alusiones y metáforas de aquellas imágenes que funcionan como elementos aglutinantes del discurso, como formas de relato que apelan ya no sólo a la racionalidad, sino también al anhelo compartido.
En ambos casos las fuerzas sueltas del impulso utópico, que en principio permanecían irreductibles a la racionalización, se mantienen en el discurso al modo de bombas de relojería lanzadas al futuro, aun en contra de lo que los autores utópicos quisieran. En tal sentido, las utopías literarias, como especificas expresiones discursivas del utopismo, desbordan la intencionalidad del contexto que las origina y sus contenidos se entrelazan a través del tiempo. El elemento que permite ese entrelazamiento es la ambivalencia propia del impulso utópico, que posibilita un reconocimiento en las imágenes del deseo más allá de los limites de una época. En tal sentido, es necesario recordar que el impulso utópico solo puede surgir a partir del reconocimiento de una experiencia común, lo que implica la necesidad de un autocomprensión del sujeto. Como lo indica Mannheim[17] la conciencia individual ocupa una posición en una corriente de autoconciencia cuya fuente social es la situación común que experimentan. Su estructura conlleva que el mundo planteado como problemas a resolver para la conservación de la propia subsistencia impacta la totalidad de las experiencias de los sujetos, lo que conduce a un campo experiencial compartido que es la base para la comunicación de las imágenes del deseo que recorren lo social.
Se habrá notado entonces la profunda interrelaciones entre el impulso y el discurso utópico. Este impulso, como señalara Bloch, siempre va unido a los marginales de la historia, en tanto que el discurso utópico sólo puede ser articulado por grupos que desde dentro o aliados a esos sectores pueden alcanzar una posición más satisfactoria, que les permite vislumbrar estrategias de lucha más sofisticadas, posibilidades de reforma social o revolucionarias, en definitiva ejercer liderazgo, canalizar y representar las fuerzas sueltas del impulso, que como un río tormentoso no ha encontrado donde descargarse. Las funciones de liderazgo, canalización y representación que ejerce la formulación o discurso utópico, son más propias de pequeños segmentos de intelectuales con vocación política. Desde esta perspectiva las características más persistentes de todo discurso utópico están relacionadas con una especificidad crítico-propositiva que se afianza claramente en un contexto histórico particular que la nutre. El discurso tiende a la creación de un corpus teórico que prescribe y legisla lo que el orden social debiera llegar a ser y por lo tanto la propuesta se plantea como un punto especifico de la realidad con vocación de universalidad. Además dicha propuesta en la mayoría de los casos sostiene un nivel de racionalización tanto interna como externa mucho mayor que el impulso. En este sentido el discurso utópico reúne las características que Nipperdey[18] resume como notas distintivas que múltiples estudios han asignado al utopismo; primero, la estructura ideal de un mundo por construir que por su mismo objetivo conlleva la tensión de estructurar tanto lo real como las imágenes de las que se alimenta, segundo, como imagen conductora de la acción que se convierte en movilizador de la acción en torno al cambio social y las revoluciones y, tercero, la orientación pronostica que implica visualizar las imágenes de futuros posibles.
En este contexto llamare racionalización interna a la tendencia a producir y mantener una coherencia lógica del propio discurso, que lo hace presentarse deslavado de sus implicancias emotivas, populistas o religiosas para centrarse en la potencia univoca. El coro de muchas voces autoorganizadas, propio del impulso utópico ha tenido que dejar paso al director que ha jerarquizado dichas voces, ha asumido una organización rigurosa que ha implicado incluso la expulsión de algunos miembros altisonantes. En otras palabras, ha depurado los elementos, en exceso plurales desde su óptica, que el impulso utópico le había entregado. En este proceso de racionalización interna el discurso ha asumido, ya sea la forma de una secularización antirreligiosa o bien la religión se ha vuelto doctrinal e institucional en la medida que sirve a la cohesión social. En ambas formas del tratamiento de la religión por parte del discurso utópico se intenta dejar fuera el aspecto salvífico y mesiánico del cristianismo popular heredado del milenarismo, el cual es visto como una expresión de fanatismo y superstición, pero lo que verdaderamente esconde es el temor a las masas en estado de movimiento sin control. En definitiva, la racionalización interna es la lucha por el control de un discurso articulado que discipline y cohesione a los propios miembros, en pos del intento de atrapar la realidad para transformarla[19]. Por otra parte, y como complemento de lo anterior existe una racionalización externa que se expresa en las lógicas de despliegue que el discurso utópico adopta para el enfrentamiento social y político en la forma de tácticas y estrategias. Nuevamente la racionalización opera filtrando y adaptando los elementos del impulso para canalizar la fuerza movilizadora. En un nivel más amplio la racionalización externa opera como una subordinación y procesamiento de toda diferencia ante la conciencia utópica emergente, que tiene un nuevo relato que imponer al mundo. Siguiendo una metáfora anterior el río tormentoso ya ha encontrado el objeto sobre el cual descargar su energía.
Por su especifica forma de conceptualizar la realidad los intelectuales utópicos, como los sujetos predilectos de la articulación discursiva del utopismo, se ponían en una posición extrema respecto de la incertidumbre, ajena a cualquier otro intelectual. Asumir un mundo en crisis y crear un relato paralelo que diera cuenta de nuevas formas de existencia social era hacerse cargo del conjunto de la incertidumbre y los miedos, no ya un miedo especifico o una carencia particular era su objeto, sino el conjunto de la realidad. Esa posición social reclamaba un punto de vista claramente privilegiado, pero que a diferencia de otros intelectuales tomaba en cuenta la totalidad de la experiencia humana y no sus segmentos. Más aun estos puntos de vistas eran únicos porque permitían vislumbrar al mismo tiempo y en el mismo ejercicio un mundo que se desplomaba y mundos posibles que podían erguirse como posibilidades dependientes de las elecciones de los intelectuales utópicos. Desde su óptica podían observar, en el sentido kantiano de los términos, tanto lo sublime como lo bello, tanto el horror del desplome de las estructuras como la promesa de los mundos venideros, sin la marca del miedo y la incertidumbre lo que nos recuerda la visión de Landauer sobre los procesos revolucionarios[20]. Podían mirar tanto los abismos de los temores como las promesas de trascendencia. Los dos extremos del poder que recorría los márgenes de su escritura. Su sensación de poder debió ser inaudita ya que sabían que el mundo podía ser destruido y vuelto a edificar de mil maneras diferentes.
Su labor propia era la de seleccionar mundos posibles para ser convertidos en realidad y, en esa perspectiva, su poder derivaba de las visiones únicas y privilegiadas que a través del discurso solidificaban las imágenes del impulso utópico. Por otra parte el enfrentamiento con la incertidumbre, como la tarea de crear el orden en medio del azar, que es la cara horrorosa de la muerte por medio del hambre, la enfermedad y la ignorancia, suponía desde el punto de vista necesariamente privilegiado del utopismo recrear el mundo social al modo de la refundación cósmica del orden perdido[21]. No es de extrañar que las ciudades utópicas estén llenas de alegorías y metáforas que movilizan imágenes de lo cósmico, que desde una perspectiva crítica se plasman en figuras de control. El reverso de esta imagen es entender la falta de control como la puerta privilegiada de retorno del caos, la ambivalencia y la incertidumbre. En este sentido, el nuevo cosmos no esta orientado por el pasado aunque tome de él muchas de sus imágenes, más bien el utopismo inventa un cosmos que es una totalidad funcional en donde la categoría fundamental ya no es la sustancia sino la relación. Cada elemento se encuentra vinculado al resto de manera orgánica, por lo que una determinada formulación o discurso utópico es siempre más que la suma de sus partes. Se puede señalar que las partes cobran sentido en la totalidad política y nótese que el termino “sentido” indica aquí no solamente una designación definitoria, sino existencial. Todos aquellos aspectos considerados pre-estatales entran en la única esfera relevante, significante y significadora, de la política, en donde incluso el ámbito del cotidiano y la intimidad quedan absorbidos, formando parte del nuevo cosmos, del nuevo ordenamiento, de la taxonomía trascendental.
Los intelectuales utópicos, particularmente los de la Ilustración, llevaron a cabo una “utopía activa,” al decir de Bauman, en el sentido de generar la imagen del progreso unidos a los mecanismos del saber-poder como una promesa de realización de la propia modernidad[22]. En este contexto los intelectuales utópicos siguieron el influjo de la Ilustración en cuanto a la valoración del discurso como eje central del dialogo y el consenso, que produce formas regladas de construcción de la argumentación. La verdad es producida por la argumentación y guiada por la razón, lo que constituye la base de la autosuficiencia humana para producir mundos habitables a través del discurso allende la incertidumbre.
Lo anterior implicaba un intenso procesamiento de las imágenes provenientes del impulso, su materia prima profundamente contaminada con los residuos religiosos, milenaristas, míticos, populares, campesinos, etc. La modificación global de las relaciones de poder que la modernidad estaba diseminando trastocaba los ejes de poder establecidos anteriormente produciendo un desplazamiento desde la cultura popular a la cultura racionalizada, típicamente diseñada bajo el influjo de la metáfora del jardinero[23]. En este sentido, se produce un cambio significativo en que el utopismo se afianza como motivación a la acción política en contextos ideológicos, que reclaman para sí una fundamentación privilegiada y superior en cuanto basadas en las ciencias sociales y la razón. El circuito utópico estaba completo, la producción incesante de imágenes del deseo, desbordadas e inefables en tensión con un discurso que intenta racionalizarlas para disponer de dichas imágenes en un proceso de racionalización tanto interna como externa que expresa una nueva voluntad de poder.
2. Crisis del pensamiento utópico.
En efecto, suele señalarse las relaciones entre poder y utopismo sobre la base del carácter confrontacional de éste frente a las formas opresivas ya establecidas. Sin embargo esta es una noción que al mismo tiempo tiene un carácter productivo, forma realidades que se traducen en un modo nuevo de subjetividad. En este sentido cabe distinguir dos dimensiones en como el utopismo, al ser parte integrar de la modernidad, concibe, crea y utiliza el poder de forma productiva. La primera de ellas esta relacionada con la formación del sí mismo ilustrado, el fundamento del sujeto moderno, que se entiende en una relación de dominio que es el paradigma de toda forma de poder, dominio sobre la naturaleza y lo humano que socava todos los mitos por su irracionalidad inherente y que finalmente recae en el mito al tabuizar el propio dominio. La segunda dimensión se relaciona con el carácter instrumental que adopta este dominio al convertirse en el polo de atracción de toda relación de poder, y como esto se transmite en las redes sociales encontrando puntos de apoyo diversificados, sustituibles, adaptables tanto en las instituciones como en los mismos individuos. La función negativa del utopismo se enfrenta a los poderes fácticos que representan narrativas de trascendencia que no logran dar sentido a la realidad y se produce, por lo tanto, un desequilibrio de la justicia en un sentido cósmico. Asimismo, el utopismo ha tendido tradicionalmente a invertir el axioma hegeliano de la marcha inexorable del Espíritu, que transita sobre la destrucción del sujeto individual. Se intenta rescatar una memoria de aquellos sujetos que justamente aparecen devorados por el Espíritu en su marcha al absoluto. Dicho de manera más simple, el utopismo opone a la grandeza de la historia que se esta desplegando la legitima fragilidad del individuo insacrificable.
Sin embargo, en la medida que el utopismo también intenta desplegar un proyecto sobre el mundo, su función afirmativa, reimpone lógicas de poder que hacen sacrificable al individuo. Lo cual queda avalado por una lucha política por la reescritura de las narrativas de trascendencia que cobra dimensiones cosmológicas. De esta manera se produce el reflejo de lo universal en lo particular y viceversa. Sabemos que el utopismo juega un rol fundamental al interior de la modernidad al modo de un gran y complejo sistema de autocrítica y reflexividad, que permite crear correcciones y caminos paralelos en la marcha del progreso, entendido como un mapa conceptual en el que el tiempo representa un plano estratégico. El utopismo, por lo tanto, asimila, y en algunos casos amplifica, las características de la modernidad. Dicha amplificación y asimilación esta dada con más fuerza en las instancias discursivas de utopismo, que como ya se ha indicado, implican racionalizaciones del impulso en pos de una acción política viable. Como puede verse el utopismo nos presenta una contradicción importante en su valoración del poder, que en el fondo refleja una oposición entre impulsos y discursos. Puede entenderse entonces que dicha categoría es al mismo tiempo un eje vertebrador de la utopía y de sus adversarios y es, por lo tanto, un campo de indagación común que permite una investigación delimitada y útil.
Entonces cabe preguntarse si el momento emancipador del utopismo no queda restringido por las semillas de poder que lleva implícitas en su interior. No creo que exista una respuesta única a esta cuestión. Sin embargo, en esta contradicción creo que puede hallarse una de las causas más importantes de las razones de degradación del utopismo, aunque el impacto de éste en la realidad social sea en general positivo no cabe duda que ha fortalecido las redes de poder. En este sentido, no deja de ser paradójico que el “arte de las revoluciones”, parafraseando a Lenin, terminara en el estalinismo como una forma nueva de dominio más eficiente que sus predecesoras. Quizás podrá objetarse que las condicionantes históricas, así como las luchas por afianzar las conquistas revolucionarias, siempre en contextos de peligro e incertidumbre creciente, implica sacrificios imponderables que corresponden al ámbito práctico de la acción política. Frente a esto cabe preguntarse si el utopismo moderno contiene restricciones que imposibiliten fenómenos contenidos en esta escala variable de dominación. Puede señalarse claramente que el genocidio no aparece en la historia del utopismo, y creo que en la mayoría de los modelos utópicos existirían restricciones frente a él, sin embargo, no cabe duda que, tanto la represión como la separación forzosa de la diferencia, ha operado al considerar el tratamiento de la homosexualidad, el extranjero, la esclavitud, la concepción sobre el estado, el dominio de la naturaleza exterior sometida por medio de la ciencia y el trabajo, así como la naturaleza intima, representada en el control de las emociones y la represión de lo femenino que aparece como su expresión interior, entre otros ejemplos.
¿Cómo rescatar y ampliar el momento emancipador del utopismo frente a la dureza de las interrogantes anteriores? ¿O habrá que conformarse con certificar su defunción no solamente por la supremacía de sus adversarios sino por sus propias dinámicas internas? El utopismo tradicional estaba estrechamente relacionado al binomio revolución y socialismo, de manera que la crisis de uno de sus elementos afectaría al conjunto. Dicha vinculación se hizo aun más estrecha en el contexto de la guerra fría y luego en los procesos de liberación nacional. El derrumbe del socialismo real arrastró tras de sí las distintas formas conocidas de lo que podría ser una política de izquierdas e igualmente cayeron en desgracia conceptos que eran verdaderas instituciones como la justicia social, la igualdad, la solidaridad, etc. Pareciera que todo el sedimento de las revoluciones que conformaban el ideario progresista se desmoronó irremediablemente ante el estupor tanto de sus seguidores como de sus enemigos. Ya desde la consolidación de la revolución rusa y su nueva forma de estado fue perceptible en el mundo de la izquierda las profundas contradicciones del discurso utópico que se inauguraba en 1917. Tanto la admiración, la esperanza como el temor se fundieron en la apreciación del avance del socialismo, y tal actitud se mantuvo a lo largo del siglo XX, justificada por los imperativos de una experiencia política inédita que tenia que construir sus propios referentes prácticos. La fe se mantuvo gracias a las promesas e imágenes utópicas que se mantenían tanto como referentes de la acción política y como cartografía que permitía la interpretación del propio lugar en la sociedad. En definitiva, el utopismo facilitaba mantener la fe en el progreso y en la realización de la modernidad.
Se puede indicar, en términos generales, que la caída del socialismo real y la consiguiente disolución de la Unión Soviética marcan un punto de inflexión fundamental en el proceso de autocomprensión de las sociedades occidentales, en cuanto a la percepción de que la modernidad tal como se le conocía ha desaparecido. Parece haber mutado de forma radical o bien se está trastocando en una nueva formación económico-social. De esta manera nuevos términos desplazan a viejos y consagrados conceptos que parecen identificar al mismo objeto. Como señala Fredric Jameson la posmodernidad ya no es el objeto sobre el cual debatir para tomar posición o para rechazarla. Es un nuevo elemento de la situación geoestratégica mundial. Esta ahí, identificable y analizable como la determinante cultural de una nueva forma de capitalismo más global, más intensivo y más eficiente en el moldeamiento de las subjetividades. Así como el capitalismo industrial encontraba su dualidad preferida en la mercancía y en el trabajo, el nuevo capitalismo encuentra sus referentes en el consumo y la subjetividad global.
En efecto, la posmodernidad aparece como la determinante cultural de la globalización. Éste último concepto, prácticamente desconocido antes de 1989, que irrumpe con fuerza y confusión a partes iguales, designa primeramente a la creciente interdependencia económica mundial por sobre la antigua autonomía relativa de los mercados nacionales. En segundo término designa la tensión entre una política mundial de bloques económicos integrados y la emergencia de Estados Unidos como potencia dominante y unilateral frente a la perdida de independencia y relevancia de los estados nacionales en materias económicas, políticas y culturales. En tercer término, la globalización designa la simultaneidad asimétrica de las perspectivas que hace posible la visibilidad de lo que sucede en gran parte del planeta, lo que confirma una nueva percepción de los limites, la territorialidad y que las relaciones de causas y efectos sean de impacto mundial. En cuarto termino, la globalización transmite imágenes culturales en una relación centro-periferia que tiene nuevamente a Estados Unidos como lugar central y muy secundariamente a Europa y al resto del planeta como periferia. En este ámbito es donde es más visible el influjo posmoderno, porque representa fundamentalmente a la sociedad de consumo norteamericana que se expande y desvaloriza represivamente el contexto cultural en donde se inserta, ya que la necesidad de expansión de los mercados determina crecientemente la reconfiguración de las esferas culturales. En todas estas características encontramos como denominador común la asimetría de las relaciones de poder, que hacen visible lo obvio, que incluso en la aldea global existe centros configuradores de las periferias, lo que desmiente la simplificación fácil de que la diseminación de la globalización actual significa por sí misma una expansión correlativa de la democracia.
Pero sería equivoco suponer el imperio sin contestación de la globalización y la posmodernidad como su determinante cultural. El análisis detallado nos lleva a señalar la existencia de temporalidades cruzadas en que aun subsisten precariamente las culturas premodernas y fuertes residuos modernos. Dichas temporalidades tampoco están referidas necesariamente a lugares específicos del globo como gran parte del siglo XX nos mostró. Todas las sociedades parecen estar atravesadas, en distintas proporciones, por dichas temporalidades, que se mezclan muy dinámicamente y que no necesariamente se oponen entre ellas, por el contrario parecen conformar subjetividades mestizas, más extraterritoriales y más determinadas por la inseguridad existencial, que conlleva la perdida de las viejas protecciones, ya sea de los lazos comunitarios premodernos o bien de la seguridad del estado de bienestar y la promesa de integración de movimientos sindicales fuertes y partidos políticos representativos y movilizadores. No es de extrañar que estas subjetividades mestizas causen temor y se perciba la búsqueda de seguridad en el retorno a los nacionalismos, a las etnias, a las religiones. El surgimiento de las inseguridades, la falta de sentido, la polisemia (entendida aquí como la incapacidad de nombrar el objeto del miedo), todos enemigos que la modernidad enfrentó sin éxito regresan para quedarse y convivir no con el poderoso sujeto moderno llamado ciudadano, sino con el limitado y precario agente social que se expresa tanto en el consumidor como en el excluido del consumo.
En este contexto, el utopismo que pretendió ser la vanguardia de la construcción de sentido de la modernidad, esta sumido en una profunda crisis, tanto por los factores internos ya señalados como por los factores de contexto, que remiten tanto a la perdida de sujeto social como a la crisis del socialismo y la noción de revolución, sus compañeros indisolubles. Seria una ingenuidad apelar a un determinado utopismo en circunstancias que las fuerzas políticas más vinculadas al progresismo moderno, como la socialdemocracia o los restos de los partidos comunistas, se han abocado a políticas defensivas de las conquistas sociales de generaciones anteriores o en el peor de los casos a avalar las políticas neoliberales. Por otra parte, el utopismo parece asediado por un ataque inesperado y devastador proveniente de la colonización de sus imágenes más movilizadoras por parte de la sociedad de consumo y por una política neoliberal que se arropa utópicamente.
En el primer caso encontramos que la publicidad, por ejemplo, canaliza la representación de las imágenes utópicas hacia el consumo con eficacia y dinamismo inusitado. Pero esto aun es incompleto, ya que la sociedad de consumo pretende que la realización utópica se logre por medio de la formación de subjetividad ligada a la representación de la mercancía. Libertad, goce, trascendencia, son ahora representadas en un baile de mascaras que no alude al objeto que modernamente se identificó con tales nociones. Más aun podría decirse que el utopismo esta capturado como siervo en las dinámicas de producción del deseo. En el segundo caso, el neoliberalismo, aunque no solamente él, se envuelve discursivamente en el utopismo haciendo que sus políticas sean vistas como una apelación al progreso, la construcción de seguridades, la expansión de las libertades ciudadanas, etc. Pareciera que toda política necesita apelar a un utopismo aunque sea débil para no caer en el tedio y la banalidad
3) La colonización del imaginario utópico.
Quizás uno de los conceptos centrales de la modernidad, y de su retoño utópico, más ampliamente cuestionado es el progreso. Dicho concepto también tiene un carácter metaideológico y transversal a todas las visiones de mundo engendradas por Occidente en los últimos quinientos años. Dicho concepto se ha nutrido de diversas fuentes entre las que cabe destacar: la influencia del cristianismo a través de la creencia del paso de la vida terrenal a una vida eterna y mejor; el progreso consistente en la dominación de la naturaleza a través del desarrollo del conocimiento de la estructura causal del acontecer natural, en donde tal progreso se mide por la dominación cada vez mayor de la naturaleza y los congéneres; el concepto de progreso en la emancipación del individuo autónomo con respecto a los lazos de la familia, el clan y el estamento, liberación por lo tanto de las prescripciones obligatorias que limitan la expresión publica de los sentimientos y el pensamiento; progreso como liberación del "orden natural" de la economía, de la regulación religiosa y política; y finalmente el concepto de progreso, acuñado por la Revolución Francesa, en que se camina en dirección a una constitución libre, querida y sancionada por los ciudadanos autónomos (individuos), en definitiva, un progreso hacia la moderna democracia liberal[24]. El imaginario del progreso se renovó con el advenimiento del socialismo y sus nuevas imágenes del porvenir, la divulgación del conocimiento científico que permitió a las opiniones públicas percibir la aceleración de la innovación científico-tecnológica y más profundamente la expansión del mercado que procuró la introducción incesante de mercancías en la vida cotidiana haciendo más destacable la percepción del cambio del propio entorno como progreso. Existía una percepción generalizada que señalaba que la vida de los hijos sería mejor que la de los padres y la de estos mejor que la de las generaciones precedentes.
“El mundo mejora, la calidad de vida mejora.” Ese era el mensaje que la modernidad se repetía con fe ciega y que diseminaba por el globo convirtiéndose en un centro de atracción para el resto de la humanidad. La forma de narrar esa convicción tenía como uno de sus puntos centrales tanto la idea de una construcción histórica y personal como una cierta concepción del tiempo que permitía situar la propia posición y evaluar la promesa del progreso. Existía un cierto mapa de la realidad junto con un respectivo cronograma de las posibilidades que el esfuerzo podía proporcionar, de suerte que el destino adoptaba cada vez más un carácter espectral, carente de un sentido en un mundo que era supuestamente capaz de hacer promesas y cumplirlas, creando islas de seguridad. La posición existencial parecía garantizada por el propio trabajo de ser modernos. Una de las características más notables que ya antes se ha apuntado respecto de la dinámica entre impulso y discurso utópico es la capacidad de resignificar el presente desde la posibilidad de construir una determinada forma del futuro. El presente se vuelve pletórico de sentido y asemeja un punto en que se cruzan todos los caminos, la totalidad se encarna en las luchas del presente. La mentalidad militante a la que Bloch aludía se refiere a esta percepción de certezas encarnadas en un progreso que es necesario plasmar por medio de la acción. Sin embargo, cuando la fe en el progreso se disipa la mentalidad militante pierde su capacidad de entregar certezas y de permitir una cartografía que de cuenta del propio lugar en la realidad.
Un contexto más amplio de cambio ha generado que la “subjetividad militante” sea considerada un arcaísmo de la guerra fría aún antes que ésta terminara. En este sentido la crisis de referentes para representarse un “mapa de la realidad” a la que ya he hecho referencia, y que se ha convertido en un tópico señalarlo como una característica de la crisis de la modernidad, es un fenómeno que no tiene características globales, sino que afecta justamente al mundo de las diversas izquierdas particularmente a la heredera del marxismo clásico. La profundidad de esta crisis ha oscurecido el hecho de que están surgiendo nuevos mapas de resistencia, quizás más mestizos y precarios, menos abarcadores, racionales y secularizados que lo que la sensibilidad moderna quisiera. Por otra parte, el profundo cambio mundial al que estamos asistiendo demuestra una reconfiguración de amplia escala, que supone plasmar en el territorio mapas largamente ansiados por una particular derecha que tiene una representación muy clara de lo que la realidad mundial es y como desea que sea. En la situación actual de crisis generalizada del utopismo el impulso parece haber cambiado de tono emocional dirigiéndose más bien hacia una polaridad melancólica[25]. En este sentido las categorías psicoanalíticas son útiles ya que Freud, no sólo describió la melancolía como la reacción a la perdida de un ser amado, sino también como la perdida de una abstracción equivalente. En tal sentido, la perdida de la utopía como asignador fundamental de sentido social y personal ocupa un lugar privilegiado en esa “abstracción equivalente.” Según Freud; “la melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones, y la disminución del amor propio.” A diferencia del duelo en la melancolía el principio de realidad no obtiene su victoria, el objeto tiende a permanecer y se niega su perdida, y en este sentido cobra un aspecto espectral.
Esa es la realidad de la utopía en tanto que derrotada pierde su estatuto movilizador y articulador de sentido, y se retira, desaparece, su pulso se hace más lento pareciendo que entra en un estado de hibernación en espera de tiempos mejores. Para el sujeto que ha vivido a su amparo cualquier imprevisto político y social parece romper ese estado de hibernación y sueña con el renacer utópico en todo su esplendor mesiánico. Sin embargo, la imagen utópica se vuelve más espectral en tanto se cae en la cuenta, siguiendo a Freud, de que al parecer el objeto perdido, aun cuando es identificable, no lo es “aquello” que se ha perdido con él. Ese “aquello” es la propia imagen de la redención, de la propia transmutación en un algo otro totalmente distinto. “Aquello”, designado así por su carácter irrepresentable y al mismo tiempo distante, pero, a su vez, paradójicamente íntimo al modo de una “diferencia interior”, se mantiene en el ámbito de la promesa, de la profecía, de algo que debe suceder y que no acontece. La melancolía guarda esta tristeza infinita por la añoranza de la promesa que se escapa en el tiempo. En ella se preserva la esperanza de verse a sí mismo reflejado en la trascendencia, más allá de toda limitación de la vida real. La “diferencia interior” en la melancolía queda refrenada en un tiempo que se manifiesta como cerrado y clausurado para el deseo que desborda los limites de lo real[26].
Como se desprende de lo anterior la crisis del progreso como una especifica crisis de las narrativas utópicas se vive como una crisis de significado existencial traducible en la noción de melancolía. Nuevas nociones aparecen para llenar la vaciedad de esta perdida; inmanencia del tiempo, caducidad, aburrimiento, estrés. Todas categorías que señalan el anverso de la trascendencia perdida y que delimitan un nuevo estado de animo que recorre lo social. Sin embargo, éste es sólo un lado de la cuestión, ya que la carencia de trascendencia puede interpretarse desde otro punto de vista como una nueva libertad respecto de los esquematismos modernos que aprisionan al individuo. La libertad por ejemplo de no tener que esperar que las relaciones de pareja sean más permanentes que el deseo de los participantes o que la felicidad personal se encuentra subordinada a los metarrelatos. Ciertamente el utopismo moderno tenia una pesadez difícil de definir; imágenes totalizadoras que restringían el acceso al hedonismo particular, el desprecio de la singularidad frente a las imágenes de lo eterno, de lo históricamente relevante. El reflejo del deseo individual en el imaginario utópico no era todo lo transparente que se quisiera, ya que estaba mediado por las estructuras del discurso. Sin embargo, la disolución utópica, tal cual se le conoce modernamente, junto con descentrar la producción discursiva, hace que la producción de imágenes del deseo queden liberadas del imperativo del discurso como un contenedor que aprisiona la libertad de su polisemia. Sólo el consumo se muestra lo suficientemente ágil como para capturar lo voluble de las imágenes utópicas que se siguen produciendo para reconducirlas al goce efímero de la mercancía. De allí que el carácter de caducidad sea muy adecuado como una forma de neutralizar las posibilidades de que las imágenes cuajen en formas discursivas, ya que éstas se encuentran sometidas a su propia forma de caducidad que es coherente con el dinamismo del consumo.
Pero asistimos también a las paradojas presentes en la nueva situación. Leído desde el contexto postmoderno y globalizador el utopismo poseía un carácter, como ya se indicaba, “pesado”, “denso”, proveniente de que “aquello” que se poseía era un mandato de transformación, trascendencia y transfiguración, en que era necesario producir en la vida personal el reflejo de lo universal en lo particular. Dicho mandato resulta hoy en cierta manera intolerable porque se interpreta como una coerción desde lo social sobre lo personal imposible de cumplir. Por otra parte, al desaparecer las fuentes de legitimación del mandato, éste pierde sentido, la vida parece ser liberada de una cierta imagen de lo que debiera ser. Sin embargo, la libertad, que parece haberse ganado al desprenderse del mandato de la autotransformación, se topa con este vacío de“aquello” que se ha perdido. Cada cual debe hacerse cargo de esta nueva liviandad de la vida para tejer con retazos una identidad con la cual enfrentar nuevas intemperies. La liviandad, que parece haberse ganado, se trastoca en la pesadez de un tedio de ser, la permanencia cansa, el deseo de trascendencia vuelve como la imagen del desborde de las fronteras del cotidiano. Es ésta tensión de la cual se sirve el consumo como promesa de la obtención de esa transformación propia que recae permanentemente en la caducidad.
Ciertamente es coherente el anclaje de la caducidad como una nueva forma de subjetividad e interrelación en el contexto de la sociedad de consumo, ya que los objetos mismos se convierten en representación de la caducidad, son su paradigma desde el cual se despliega todo el campo semántico posible para nombrar dicha experiencia. El aburrimiento aparece como el resultado necesario de la caducidad expresado en un tedio que exige la renovación de la presencia de un cierto “algo” en el lugar que lo caduco ocupa. El aburrimiento se concentra como el hilo conductor que renueva el imperativo del consumo como búsqueda del espectro en que se ha convertido el objeto de la melancolía. El objeto de deseo utópico, incapaz de ser nombrado bajo la forma del discurso político, queda capturado en el circuito de la caducidad-aburrimiento-consumo. Dicho circuito establece el presente como un tiempo cerrado sobre sí mismo, dejando como un arcaísmo moderno el viejo tejido que sostenía el ansia de futuro como un articulador del presente y como eje de interpretación del pasado[27].
El confinamiento del progreso como una categoría débil, residual, caricatura de sí mismo, conduce a ver el presente cerrándose sobre sí al modo de una clausura de las posibilidades que rompan el férreo cerco disciplinal. Se imponen unos ciertos modos de ser, unos ciertos repertorios posibles de subjetivización que están entrelazados por una cierta monotonía del presente. Partiendo de la estructura del fenómeno utópico señalado al comienzo de este artículo puede indicarse que se ha producido un intenso agotamiento de la capacidad de producir discursos utópicos que recojan los débiles impulsos dispersos. Dicho agotamiento proviene de una crisis sin precedentes de la propia estructura y ciertamente asistimos a un declive del impulso utópico coherente con una época de derrota de los proyectos de transformación social de los cuales el utopismo se alimenta. En la medida que surjan grupos que planteen demandas de cambio social, que se traduzcan en movimientos el imaginario utópico podrá renovarse e iniciar un nuevo ciclo de producción de deseos sociales. Sin embargo, este nuevo ciclo debe proceder a un profundo cambio de lo que tradicionalmente se ha entendido como la producción de discursos, ya que parte de la crisis ya mencionada proviene de una crisis de legitimidad moderna para sostener una autoridad productora de narraciones. Sin embargo, no deja de ser contradictorio que ésta dificultad sólo sea aplicable a las narraciones propiamente orientadas al cambio social en clave emancipatoria, ya que la sociedad de consumo genera sus propias narraciones discursivas, comprometedoras en grado sumo y escasamente sometidas a mecanismos propios de reflexividad, salvos aquellos destinados a incentivar su propio dinamismo.
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[1] Doctor por la Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Filosofía. Magíster en Filosofía Política y Axiología. Universidad de Chile. http://christian-retamal.blogspot.com Publicado en Rev. “El rapto de Europa”. Nº 1. Madrid. 2002.
[2] Bauman, Z. “Legisladores e interpretes. Sobre la modernidad, la posmodernidad y los intelectuales.” Universidad Nacional de Quilmes. Buenos Aires. 1997. Pág. 59.
[3] Hopenhayn, M. “Utopías del renacimiento. Moro Campanella y Bacon.” En Rev. De Estudios Públicos. Nº 51. Santiago de Chile.
[4] Bauman, Z. Ibíd. 171.
[5] Mannheim, K. “Ideología y utopía.” F.C.E. México. Pág. 32.
[6] Para ver las connotaciones de la categoría de biopoder y sus conceptos derivados de anatomopolítica y biopolítica en la obra de Michel Foucault revisar; “Historia de la sexualidad. Vol. 1. La voluntad de saber.” Siglo XXI. Madrid. 1998. Págs. 168 y siguientes. “Las mallas del poder.” Págs. 243 y siguientes. Igualmente “Nacimiento de la biopolítica.” Págs. 210 y siguientes. Ambos en “Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales. Vol. III.” Paidós. Barcelona, 1999.
[7] Manuel, F. “Hacia una historia psicológica de las utopías.” Pág. 103. Además, para ver estas tensiones entre orden y placer en la experiencia de una comunidad utópica concreta; Lockwood, Maren: “La utopía experimental en América.” Pág. 229. Ambos en Manuel. F. “Utopías y pensamiento utópico.” Madrid. Espasa Calpe, 1982.
[8] La canalización, en cierto sentido forzosa, del deseo en el discurso no es privativa de la estructura del utopismo, sino que es una característica más general que marca al conjunto de la modernidad. En esta perspectiva ver; Foucault, M. “El orden del discurso.” Turquets editores. Barcelona. 1999.
[9] Theodor y Horkheimer, Max. “Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos.” Editorial Trotta. Madrid. 1998. Como complemento interesente de esta posición, entre el arraigo y el viaje como dos formas de construcción de la identidad, ver; Dubois, Page. “El concepto de sujeto en el pensamiento feminista actual.” En “Retos de la postmodernidad. Ciencias sociales y humanas.” (García Selgas, Fernando y Monleón, José. Editores) Editorial Trotta, Madrid. 1999
[10] Es fundamental destacar la diferencia entre lo que los estudiosos del tema denominan distopías, o utopías negras, y contrautopías. Las primeras representan un utopismo invertido que plantea, por medio de una denuncia radical, una imagen de una sociedad de clausura que se esta desplegando desde ciertos elementos ya presentes, y por tanto su intención es desviar el curso de los hechos, impedir la concreción de la clausura. La contrautopía, en cambio, tiene una dimensión eminentemente conservadora que busca, frente a los avances del cambio social o las revoluciones, sostener una realidad ya dada. Todo cambio es una amenaza. Mientras la distopía hace un llamado a la transformación de la realidad advirtiendo del potencial de cierre totalitario que está presente en la facticidad, la contrautopía defiende la facticidad como el menos malo de los mundos. Además, ambas categorías son una perspectiva de análisis y no de clasificación, por lo que una misma obra puede ser enfocada desde ambas perspectivas.
[11] Serra, Francisco. “Derecho y Política.” Edit. Argés. Madrid. 1998. “Utopía e Ideología en el pensamiento de Ernst Bloch.” En “Rev. A Parte Rei.” Nº 2. Pág. 23. Febrero 1998. Madrid. España.“Ensayos de filosofía social.” Junto a García Selgas, Fernando. Libertarias Prodhufi. Madrid. España. 1992.
[12] Bauman, Zygmunt. “Modernidad y ambivalencia.” En Beriain, Josetxo. (Comp.) “Las consecuencias perversas de la modernidad.” Barcelona. Edit. Anthropos. 1996. Nótese que el concepto de estabilidad social de Mannheim, que servia de eje articulador de las relaciones entre utopía e ideología, se define en términos muy similares. Mannheim, K. “Ideología y utopía.” Op. Cit. Pág. 75.
[13] Bauman, Z. “Modernidad y Holocausto.” Ed. Sequitur. Madrid. 1998. Pág. 278.
[14] Para confrontar estas diferencias radicales me parece de gran utilidad consultar la serie de los “Informes de Desarrollo Humano” que cada año son publicados, desde comienzos de la década de los noventa, por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. PNUD. Ediciones Mundi-Prensa. Nueva York. Los informes se encuentran disponibles en www.undp.org
[15] Bauman, Z. “Modernidad y ambivalencia.” Op. Cit.
[16] Mannheim, K. Op. Cit. Pág. 20.
[17] Mannheim, K; Ibíd. Pág. 43.
[18] Nipperdey, T. “La función de la utopía en el pensamiento político de la edad moderna.” En “Sociedad, cultura, teoría.” Buenos Aires. Edit. Alfa. 1978. Pág. 110.
[19] El ejemplo histórico más notable de esta racionalización interna se encuentra en la lucha del marxismo por imponerse como la corriente principal al interior del movimiento socialista en contra del anarquismo. Un episodio importante de esa batalla fue, sin duda, la publicación de texto de Engels “Del socialismo utópico al socialismo científico.” Allí se establecen las líneas divisorias de dos momentos en la historia moderna del socialismo, pero lo que es más importante, se fijan las líneas de parentesco entre las tradiciones socialistas. Más sobre este tema en Mannheim, K; Ibíd. Pág. 214. Para una revisión más detallada de las relaciones entre discursos y formas de racionalización es útil revisar; Anderson, Perry. “Consideraciones sobre el marxismo occidental.” Madrid. Siglo XXI de España, Madrid. 1979.
[20] Landauer, Gustav. “La revolución.” Turquets, Barcelona. 1977.Op. Cit. Pág. 148.
[21] Nipperdey, T. Ibíd. Pág. Pág. 115.
[22] Bauman describe el rol de los intelectuales como un segmento esencialmente flotante y autorreclutado, que en primer termino fue fundamental para el cambio de las estructuras de poder que significó el despotismo ilustrado, y luego en una nueva rearticulación de poder, en la Republica de las letras de los Filósofos que encontrarían su culminación en el jacobinismo. “Legisladores e intérpretes. Sobre la modernidad, la postmodernidad y los intelectuales.” Op. Cit. Págs. 39 y siguientes.
[23] La metáfora del jardinero de Bauman hace referencia a la contraposición entre culturas cultivadas, producidas, dirigidas y diseñadas por una parte y las culturas silvestres o “naturales” por otra. La transición entre ambas gira en torno a una readecuación profunda de las relaciones de poder que tienen en su centro al biopoder. Ibíd. Págs. 77 y siguientes. Para ver como el autor ha seguido desarrollando la metáfora del jardinero como estado totalitario y su expresión en el genocidio; Bauman, Z. “Modernidad y Holocausto.” Op. Cit. Pág. 148 y siguientes. Para las implicancias estéticas de esta metáfora ver, Bauman, Z; “La posmodernidad y sus descontentos.” Op. Cit. Pág. 13 y siguientes.
[24] Fetscher, Iring. “Condiciones de supervivencia de la Humanidad. ¿Es posible salvar el progreso?”. Buenos Aires. Edit. Alfa, 1988. Págs. 23. Mas adelante se podrá comparar las fuentes del concepto de progreso que apunta aquí Fetscher con los orígenes de esta misma noción en la concepción utópica humanista liberal, que está restringida a los paradigmas del moderno desarrollo capitalista y de la idea de evolución en el contexto del idealismo alemán según Mannheim. Op. Cit. 195 y siguientes. Igualmente en un contexto más amplio Manuel ha precisado, como veremos más adelante, la integración del concepto de progreso en las utopías en el siglo XIX bajo el influjo de la crisis originada por la revolución industrial y el surgimiento de nuevas teorías de amplio impacto como el psicoanálisis y la teoría de la evolución de Darwin. Manuel, F. Op. Cit. Pág. 116.
[25] García Selgas, Fernando. “Melancolía de Izquierda.” En “Ensayos de Filosofía Social.” Op. Cit. Además Freud, Sigmund. “Duelo y Melancolía.” 1915 [1917] Edic. Electrónica.
[26] Freud, Sigmund. “Formulaciones Sobre Los Dos Principios Del Suceder Psíquico.” 1910-1911 (1911) Edición Electrónica. Freud describió la evolución de la fantasía del siguiente modo; “La tenaz adherencia a las fuentes de placer disponibles y la dificultad de renunciar a ellas parecen constituir una tendencia general de nuestro aparato anímico, tendencia que podríamos atribuir al principio económico del ahorro de energías. Con la instauración del principio de la realidad quedó disociada una cierta actividad mental que permanecía libre de toda confrontación con la realidad y sometida exclusivamente al principio del placer. Esta actividad es el fantasear, que ya se inicia en los juegos infantiles, para continuarse posteriormente como sueños diurnos abandonando la dependencia de los objetos reales.” Y luego agregara en una nota a pie de página que es muy llamativa; “Como una nación cuya riqueza se basa en la explotación del suelo, pero que se reserva un terreno sin cultivar en estado natural (Yellowstone park)”
[27] El progreso queda confinado a un cierto tipo de consumo en que la innovación tecnológica debe traducirse en la renovación incesante que constituye su razón de ser; las categorías guardan aun un cierto carácter moderno muy débil, ya que todavía se apela a la innovación como expresión de un mañana que se articula en el presente, como una cierta liberación del tiempo de trabajo que deja disponible recursos existenciales para nuevas experiencias, que sabemos que, por otra parte, retornan al mundo del trabajo, reabsorbidos por imparables tecnologías de mejoras de la productividad. El confinamiento de estos residuos del progreso en el imaginario de las nuevas tecnologías de la información demuestra que en cierto modo es necesario mantener imágenes débiles del mañana que justifiquen el consumo del presente. En este sector productivo, quizás como en ningún otro es posible la identificación de unas ciertas “genealogías maquínicas” que se extienden productivamente apelando a las experiencias del “mañana hoy,” la instantaneidad, la transparencia de la eficiencia renovada, etc.

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¿Porqué la vida no es en cinemascope?

Publicado en El rapto de Europa, nº 7. Indexada por ARCE y DIALNET.

Parece una pregunta tonta, pero los ojos azules de Liz Taylor no lo serian tanto si nos cruzáramos con ella en una esquina. El mentón de Kirk Douglas lawrence of arabia2daría pena si no fuera porque Espartaco clamaba por la libertad en esa extensa pantalla. Los paisajes del desierto no serian tan conmovedores si no fuera porque Lawrence de Arabia los cruzó vestido de blanco viviendo la fantasía de ser el liberador de los árabes. La vida y cada uno de sus recovecos se ven mejor en la pantalla del cinemascope porque tienen unas dimensiones y un colorido que se nos escapa de nuestra realidad cotidiana. También los sonidos son diferentes, las voces “reales” no tienen esa profundidad que el doblaje les asignó y no escuchamos una banda sonora magnifica que le dé sentido a nuestra existencia cuando nos bajamos de un tranvía lleno, como le sucedió al Dr. Zhivago.

Afortunadamente tampoco esperamos que Kato nos ataque cuando llegamos a nuestro piso después de un día de trabajo como buenos funcionarios. Sin embargo, cuando cerramos los ojos y queremos evocar las imágenes que pueblan nuestro imaginario muchas veces se nos vienen a la mente -como si fuera una pantalla- aquellos escenarios grandiosos donde personajes con estilo, glamour, buena voz, una mirada penetrante, bellos por donde se los mire, desarrollan sus historias. La vida de los personajes cinematográficos del tiempo del cinemascope se elevan por sobre nuestra vida particular, siendo vidas ejemplares ante la que las nuestras son piltrafillas carentes del sentido heroico o dramático. “Yo quería el porte de Rock Hudson”… “Yo quería la mirada de Ingrid Bergman”… “Yo quería ser como Yul Brinner”…
También las historias son ejemplares -un modo de enseñanza de cómo vivir- en su complejidad, en su pretensión estética y sobre todo en su ideal de belleza. Hasta la penuria de Zhivago es hermosa, las divagaciones por el sentido de vida de Sinuhé se llenan de color dejándonos fijadas una idea de lo que fue el Egipto de los grandes faraones, la maldad de Nerón es creíble y más intensamente vivida cuando nos fijamos en su complejidad psicológica. Fredric Jameson señaló que el estilo tipo Marlon Brando o Steve McQueen -fuertes en personalidad y con un moldeamiento intenso de la presencia- que indica que el personaje es siempre más de lo que vemos en la escena o incluso en la totalidad de la película, fue sustituido por un nuevo tipo de interpretación despersonalizada, carente de la profundidad y de las emociones complejas de los antiguos personajes . Ello equivale a una muerte del sujeto en el ámbito de la interpretación, que en un medio como Hollywood es altamente significativa. Los personajes y las historias del cinemascope aun evocan al sujeto fuerte de la modernidad, todavía trazan relaciones en que los desenlaces dan cuenta de un sujeto que pretende desarrollarse. Nosotros en cambio tenemos que identificarnos con los personajes de Smoking room (2002) -de los directores Julio Wallovits y Roger Gual- en que la estructura narrativa y de interpretación se caracteriza por su discontinuidad, el predominio del trozo ante la totalidad, la claustrofobia, etc. Ser trata de una nueva estructura de superficie en que la vida ya no tiene los componentes que nos maravillan. Los protagonistas de la época del cinemascope podían mirarse al espejo y encontrar un reflejo unitario de si mismos, entenderse en un complejo entramado de oposiciones en los cuales ellos desarrollarían su historia. Podían entenderse aun como individuos totales con una misión respecto de sí. Los personajes de Smoking room, en cambio se miran en un espejo quebrado que les devuelve trozos fragmentarios, que nunca podrán recuperar su unidad y tendrán que convivir con una identidad condenada a recomponer su equilibrio.
En consecuencia, los personajes de las películas de León de Aranoa nos parecen mucho más representativos de nuestra existencia actual. Nos hablan del trabajo precario y como nos orada la existencia, de lo ficticio de nuestro mundo de relaciones o de la degradación de nuestros vecindarios. Lo mismo nos pasa cuando vemos Silencio roto (2001) de Montxo Armendáriz, en que la reivindicación de las victimas se ve oscurecida por la tristeza de la derrota y la injusticia como una realidad inasimilable e incurable. Son historias tardiomodernas, valiosas y desencantadas, sin el contrapeso de las promesas utópicas de la Ilustración. En cambio, todo en el cinemascope era utópico en el sentido de que lo que vemos es siempre algo llevado al máximo de su perfección. La luz de Venecia es superada por la imagen que se proyecta sobre nuestro imaginario, los Pirineos son más blancos y ciertamente París es más grandiosa. ¿Cuanto de nuestros deseos están moldeados por el cine y luego por la televisión, de modo que podamos confesar que en un cierto modo han formado nuestra subjetividad y nuestro modo de soñar nuestra vida? La adolescente de American Beauty (1999) decía que la peor desgracia en nuestro mundo era ser una persona común. En el cinemascope nadie es común, cada trazo de los personajes crea unas personalidades desconocidas en nuestra cotidianeidad y por ello nos fascinan. Hoy, en cambio, parte del cine nos acostumbra más a nuestra propia realidad, muchas veces quiere ser espejo de las durezas de la vida, en tanto que Hollywood siempre pretendió crear ventanas de ensueño que fueran evasiones de lo real. Siempre se pensó -interesadamente- que el espectador no pagaba una entrada para ver la repetición de su miserable existencia en el cine, para eso le bastaba llegar a casa. Lo que quería ver era otros modos de vida que, en cierto modo, pudieran ser la suya. Fellini lo llevó al ridículo en El jeque blanco (1952) y nos mostró que nuestros sueños cinematográficos estaban hechos de cartón piedra.
Al igual que la adolescente de American Beauty parece que estamos condenados a ser normales e incluso triviales. Ello se traduce en el aburrimiento existencial como una nueva marca de la vida que tiene un anverso extraño e inquietante. Se trata de una búsqueda desencantada -pero no por ello menos intensa- de una cierta excepcionalidad de nuestra vida en el retorno de lo maravilloso. De este modo se puede formular lo utópico como algo ya carente de política. Durante la modernidad ilustrada la búsqueda de la excepcionalidad de la vida estaba ligada esencialmente a un mandato de autotransformación que unía lo personal a lo político. En efecto, si querías ser alguien excepcional, un verdadero sujeto, ello se encarnaba necesariamente en la lucha por la transformación del mundo. Ello constituía un orgullo ante sí y la historia. Como decía un brigadista internacional -ahora convertido en jubilado- “allí fui ser humano”. Luchar contra una dictadura, mantener el temple de las convicciones, ser un combatiente en el amplio sentido del término, soñar la emancipación como un desborde de lo completamente otro era la culminación de una vida, que aunque no lograra sus objetivos finales al menos formaba parte de algo más grande que sí mismo. Lo trágico contenía cierta heroicidad y viceversa como bien lo refleja el Arco del triunfo (1948). Allí el Dr. Ravic (Charles Boryer) representa a un refugiado, indocumentado, miembro de la resistencia -suponemos comunista- escapado de los campos de concentración de Hitler. El protagonista se enamora de Joan (Ingrid Bergman), una bella chica parisina, que sólo está preocupada de disfrutar el instante, sin entender que el mundo que conoce se desplomará. El heroísmo está fuertemente ligado a la acción política, a cumplir con el mandato histórico de luchar, aunque ello implique el sacrificio de la vida personal. Es el tono emocional de una época que quedó muy bien plasmado en el portentoso Principio esperanza de Ernst Bloch.
Nosotros nos suponemos liberados de ese mandato y con ello estamos abocados a la trivialidad de la vida común, sin los grandes relatos formadores de la vida. Si no somos tan grandes como Ravic parece que tampoco podemos aspirar a vivir un amor como aquel. Aun así recurrimos al cine, nos sumergimos en su oscuridad con litúrgico respeto y miramos las historias que no podemos vivir. La normalidad entendida como trivialidad conduce al aburrimiento existencial. Repetición incesante de los circuitos establecidos por laarco del triunfo vida cotidiana. Añoramos romper dicho ciclo y en cierto modo lo hacemos de modo controlado a través del turismo, las vacaciones, las citas a ciegas, etc. Pero todo eso es aun insignificante respecto de la grandeza de las vidas ejemplares. Por otra parte tememos la ruptura que implicaría perder el mundo de seguridades cotidianas y más aun el complejo entramado de certezas que conlleva la racionalización. La estadía en la normalidad de lo trivial oscila entre el temor a la ruptura y sus peligros y el aburrimiento frente a lo conocido. Lo horroroso del aburrimiento es que nos aburrimos de nosotros mismos, ya que siempre estamos por debajo de los deseos que forjamos. Nos cansamos de ser siempre nosotros, de mantener la coherencia de nuestra vida y de nuestras escrituras biográficas. Anhelamos más, aunque no sabemos que. Ese vacío se puede llenar con aquellas imágenes del cine que tensan el deseo de la ruptura. Sabemos, por cierto, que lo que vemos no es real, que tiene un estatuto diferente. La oscuridad en la sala antes de la proyección tiene un significado de transito entre la esfera de lo real y lo imaginario. La oscuridad separa y quiebra nuestra cotidianeidad para sumergirnos en un más allá. Al final de la proyección nuevamente sobreviene la oscuridad que nos reinstala en nuestra vida. Salimos de la sala, miramos a nuestro alrededor, quizás los más soñadores busquen una mirada perdida de alguna muchacha parecida a Ingrid Bergman para invitarle una caña. Salimos del cine y nos perdemos nuevamente en la ciudad degustando las historias, sabiendo que no son nuestras, pero que podemos atesorarlas como antiguas fotos de familia.
El problema radica en nuestra búsqueda cuando salimos del cine. Doblamos una esquina y esperamos toparnos con alguien, mirarnos e incendiarnos de pasión y vivir un amor de cinemascope. Sin embargo, sabemos que la vida no es así. A la fortuna debemos agregarle una buena dosis de trabajo. La vida no se da tan maravillosamente como en la pantalla. Bloch señaló una cierta neurosis utópica que ejemplificaba con el caso de una muchacha que después de esperar largamente a su amado, en el momento mismo del abrazo y la fusión, en el instante del logro pensaba “podría haber sido mejor”. Los instantes del cine dispersan esa neurosis utópica que pone un espectro de deseo al lado de nuestras vivencias cotidianas devaluándolas. El entramado de las relaciones que nos sostiene puede volverse una jaula que -a pesar de la seguridad que nos proporciona- nos ahoga. Todos hemos imaginado que abandonamos nuestras vidas rutinarias y nos fugamos a vivir una vida radicalmente diferente. La vida que soñamos es más importante que la vida que realmente estamos viviendo. Ello se acentúa con la percepción de la fugacidad del tiempo que nos confirma los límites de nuestra existencia y que nos urge a darle más significado. En efecto, estamos obligados a recomponer los significados de nuestra vida personal a partir de nuestros propios recursos, sin apelación a los metarrelatos de salvación utópica. El mandato de llegar a ser alguien en la vida se ha vuelto banal ya que estamos obligados a ser muchas personas en una misma vida. El sentido de nuestra propia existencia -el verdadero secreto de lo que nos constituye- se nos escapa continuamente, a veces más rápido de lo que podemos restaurarlo. Es más, podemos vivir en la intemperie del sinsentido. Pero en tal caso aceptamos la pérdida de una esfera articuladora de nosotros mismos.
¿Cómo recuperar esa instancia del maravillarse? ¿Dónde está la fisura por donde se cruza lo imaginario y lo real, el puente que nos pone al otro lado de la pantalla, en el centro del cinemascope? Somos como el protagonista de Horizontes perdidos (1937) de Frank Capra. Todos hemos perdido el camino hacia Shangri-La. Quizás nunca conocimos el camino realmente, pero el deslumbramiento de una visión utópica puede cegar o bien iluminar toda una vida. Por ello somos presa de una cierta neurosis utópica que tienbacalle un contenido especial, ya que no se trata de la simple degradación de nuestra facticidad por un imaginario que se empeña en amargarnos. Nuestra neurosis utópica tiene por contenido la figura espectral de la emancipación. Espectral porque se ha declarado formalmente su muerte, se le ha levantado acta de defunción y nos hemos vestido de negro para los rituales. Pero al momento de comenzar el duelo éste se ha transformado en melancolía, ya que el sujeto de esa muerte se niega a desaparecer del todo. La emancipación que se ha vestido con todos los ropajes utópicos posibles sigue allí paseándose, demandando su realización, indicándonos el dolor del mundo, exigiendo demoler los límites y las vallas que nos separan de nuestros sueños. La emancipación no se contenta con ser mantenida en los espacios del consumo, quiere una manifestación política de su primacía organizadora de los demás valores. Si el puente entre lo real y lo imaginario existe está construido políticamente. La muchedumbre, para usar términos de Negri, pierde su dimensión explosiva y conflictiva en lo político cuando pasa por los senderos de los centros comerciales, haciendo que el paseante angustiado -aspirante a consumidor- sea un triste remedo del ciudadano. El camino a Shangri-La sólo podía ser construido políticamente. Los materiales de los sueños requerían ser unidos mediante la acción directa y no a través de la contemplación y la espera.
El contemplar las pantallas donde las narraciones se dejan caerDSCF0098 incesantemente sobre los espectadores crea unas tensiones no resueltas. Mirar una gran diversidad de mundos y vidas diferentes debería crear posibilidades para que éstos crearan nuevas formas mestizas de autotransformación. Pero el carácter marcadamente ficticio de las narraciones bloquea las posibilidades de que surjan esquirlas de aquellas historias que se inserten en las biografías de los sujetos cambiando su curso. En otra parte he desarrollado cómo el imaginario utópico es despolitizado y subsumido en las lógicas de consumo . Sería interesante plantearse si es posible aun recorrer el camino inverso: desde el mundo del consumo al político. O dicho de otra manera, sacar los sueños del cinemascope y darles potencial político, tarea imposible de desarrollar aquí. Evidentemente esto no significa convertir la cultura del consumo en bandera de lucha como alguien ingenuamente podría creer. Se trata, como señaló en su momento Bloch, de ver en todo sueño su dimensión política, captar aquello que lo origina como un destello de deseo en medio de las carencias de la vida y que es aquello que lo frena, lo contiene y finalmente lo eleva a imagen para al mismo tiempo neutralizarlo. Los sueños suelen ser peligrosos porque generan dinamismo, impelen a la acción. Sin embargo, nuestra época sueña pero encauza el dinamismo a través del egocéntrico mundo de las mercancías. Debemos averiguar como hacer para que el flujo de los deseos ya no esté necesariamente anclado al flujo de las mercancías, como la demanda de la expectativa y la promesa de su goce. Recordemos que las mercancías son entidades complejas, jeroglíficos que es necesario interpretar y que demandan para sí una existencia particular y autorreferida. La única excepción de este solipsismo es la sinergia que se crea cuando se establecen referencias entre ellas. El mundo de las mercancías es profundamente egocéntrico en el sentido que cada una quiere ser tratada como una unidad irrepetible, que demanda fidelidad, atención, cariño e intimidad. La experiencia -escenario donde se unen el deseo y la mercancía- promete ser una pequeña redención del sujeto. Pero la experiencia está marcada por la fugacidad. Toda película termina. Debemos salir del cine para que otros puedan entrar. Pero dentro de poco tiempo debemos volver a la sala para renovar nuestro sueño en una nueva historia que se cuenta y que podría llegar a ser la nuestra. Las actividades del consumo no están encerradas en la privacidad como una esfera autónoma a pesar de su egocentrismo inherente. El consumo es siempre -y en todo instante- una actividad social que conlleva la posibilidad de su reversibilidad en lo político y su relectura en las claves de la emancipación.
Repetimos, la vida que se sueña suele ser más importante que la vida que efectivamente se vive. Pero no tenemos el espacio vital para que esa vida soñada se realice. Nuestros sueños pueden convertirse en una tortura porque nos remiten a lo que queremos llegar a ser. Un camino que muchas veces tememos recorrer. El mandato kantiano de ser modernos hace que tarde o temprano tengamos que concurrir a nuestro propio tribunal para dar cuenta de lo que hemos hecho con nuestra vida. En un sueño Papillon se acerca a un tribunal en mediocasablanca1 de una colina. No hay rejas ni guardias, nada que evoque un encierro ni un castigo. El tribunal le señala que es culpable. Papillon dice que el no ha matado, que es inocente. El tribunal le replica que ese no es su crimen. Su crimen más profundo es haber desperdiciado su vida. Papillon -estupefacto- guarda silencio, da media vuelta y se aleja. Todos podemos gritar que somos un poco Papillon, ojalá pudiésemos gritar que todos somos Espartaco. Pero no tenemos el temple para la crucifixión. Ser ciudadanos tardiomodernos no tiene el aura que tuvo ser ciudadano de la primera modernidad con todos sus enfrentamientos. Pero afortunadamente este no es un ciclo cerrado. Nuestra misma constitución moderna nos da la posibilidad de oponernos políticamente al naufragio de nuestros sueños. No tenemos la determinación del encierro en nuestro aburrimiento existencial o en nuestro suave placer egocéntrico. Podemos extender nuestras posibilidades de desarrollo de modo que los sueños tengan al menos la posibilidad de haber luchado alguna vez. Una de las cosas que hemos aprendido en el declive moderno es que -desde la óptica de los individuos- la autotransformación y la emancipación no son objetivos a lograr, sino que son procesos continuos donde nos vamos definiendo y develando a nosotros mismos.
Podemos decir que el momento de verdad de nosotros mismos son los sueños que hemos forjado y las luchas que hemos dado por ellos. Por ello no deja de ser paradójico, que en la actual situación la única forma de realizar la individualidad sea justamente por medio de la construcción política de la ciudadanía y que para ello tengamos que necesariamente recurrir a los otros. Cuando en algún momento se pensó que los individuos perdían algo de si ante la homogeneización de los mundos de vida que se desplegaba desde la esfera política, no se vio con suficiente claridad que justamente ese era el único ámbito de realización que daba acceso a los demás espacios de emancipación. Aun vivimos en estado melancólico por la pérdida de nuestros sueños modernos originales, aun no somos capaces de imaginar nuevos sueños colectivos, nuestros instrumentales están un poco enmohecidos. Pero finalmente -esa es mi confianza- saldremos de este estado y podremos recrear la dinámica que une lo político, los sueños y la emancipación. Podremos encontrar la salida del laberinto moderno y, si tenemos algo de suerte y buen tino, quizás podamos encontrar el sendero borrado hacia Shangri-La. Mientras tanto podemos tomar los sueños del cinemascope y disfrutar de un simulacro que no lo es tanto.

Citas.

1. F. Jameson. Teoría de la postmodernidad. Madrid, Trotta. p. 41.
2. Christian Retamal. “Luchas utópicas y paraísos triviales.” Rev. El rapto de Europa. Nº 1. Madrid. Diciembre 2002.

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Las fronteras como gestión de la fluidez existencial.

Este artículo fue publicado en la Rev. El rapto de Europa. nº 4. Monográfico Fronteras. Indexado por Dialnet y Arce.

Christian Retamal.

El concepto de frontera, que en el apogeo moderno parecía designar realidades inmutables, sólidas y por lo mismo estabilizadoras de la realidad, se ha vuelto polisémico. Esto no es sólo producto del asalto de las políticas de la identidad a las bases de la modernidad ilustrada, sino que en un sentido más profundo corresponde a una transición de rango ontológico producto de la globalización en marcha. En efecto, la globalización puede ser interpretada como la diseminación de la modernidad tardía bajo la forma de un capitalismo hegemónico.

Christian Retamal.

El concepto de frontera, que en el apogeo moderno parecía designar realidades inmutables, sólidas y por lo mismo estabilizadoras de la realidad, se ha vuelto polisémico. Esto no es sólo producto del asalto de las políticas de la identidad a las bases de la modernidad ilustrada, sino que en un sentido más profundo corresponde a una transición de rango ontológico producto de la globalización en marcha. En efecto, la globalización puede ser interpretada como la diseminación de la modernidad tardía[2] bajo la forma de un capitalismo hegemónico. Ésta comprime las identidades, las fuerza a su hibridación y presiona los límites que las mantenía separadas e independientes entre sí. Las fronteras por ende, como una idea fundamental de la modernidad, está sometida a transformaciones que se extienden por todo su campo semántico. En primer término, en el contexto moderno las fronteras siempre evocan a los estados nacionales, sus límites y los conflictos asociados a ellos. En los ambientes intelectuales postmodernos se ha insistido en que las fronteras implican límites difusos, en crisis a manos de la globalización. Sin embargo, ésta última percepción es engañosa y basta contrastarla con la obscenidad de los controles migratorios y su concreción en los visados, pasaportes y todo el amplio espectro de medidas de seguridad. Esto demuestra que la promesa de la globalización según la cual la capacidad de fluir por el mundo sería una posibilidad a la mano de todos los ciudadanos se revela, como en las ironías orwellianas de la igualdad, como falsa, ya que este derecho no pertenece a los ciudadanos, sino a los consumidores. Por lo tanto, las fronteras ya no son simplemente las líneas trazadas en los mapas, lugares fijos y pretendidamente inmutables, sino que las fronteras se han vuelto espacios de control de la fluidez social y existencial de los individuos. Por esto, ellas mismas se han vuelto fluidas y multifacéticas. Así su respuesta -necesariamente binaria: acceso, no acceso- tiene costos, complejidades y recursos cada vez más sofisticados destinados a procesar la información existencial de los sujetos.

Las fronteras nunca son lugares de destino, sino espacios de transición. Por eso resulta tan incomoda la presencia en los aeropuertos, y los puertos, en las oficinas de las policías internacionales e incluso en las aduanas. Esperamos que nuestra presencia allí, un mal menor, sea lo más breve posible y no podemos más que sentir una sensación de triunfo cuando el último sello se estampa, la última puerta se abre y nos percatamos que estamos en “el otro lado.” También es posible que alguna vez sintamos una extraña sensación que acompaña ese triunfo. La percepción de que alguien no lo logró, alguien no pudo alcanzar este “otro lado.”

El primer efecto existencial de las fronteras es que separan a los individuos de sus aspiraciones produciendo sufrimiento. Ya sea una familia que no se encuentra, una nueva vida que no comienza, unos encuentros truncados, un hogar que se aleja en el caso del exilio político o económico, etc. Las fronteras siempre son vividas por los individuos como definiciones asimétricas en que ellos son puestos siempre en el espacio debilitado. Ciertamente se les supone unos derechos que finalmente se evaporan y por ello son espacios de arbitrariedad. La deportación es, por ende, el estigma del rechazo que revierte la fluidez social. Por lo anterior, es falso que la globalización debilite las fronteras como se escribía insistentemente antes del 11 de septiembre de 2001. Antes de esa fecha, una verdadera inflexión en el proceso de globalización, se suponía que la socavación de los estados nacionales era, de cierto modo, homogénea y que ello se traducía también en la pérdida de control sobre sus fronteras y propios territorios. Se solía citar como casos paradigmáticos los riesgos ecológicos, diversas formas de criminalidad trasnacional como el narcotráfico, la mal llamada emigración ilegal y en un mismo plano la movilidad del capital financiero que salta de bolsa en bolsa. Dicha perspectiva es errónea porque la globalización en curso efectivamente socava al estado pero de manera selectiva, ya que se centra en el desmantelamiento del estado de bienestar y en los mecanismos de integración social, pero por otra parte fortalece los mecanismos de control, conocimiento y represión de los individuos por parte tanto del Estado como de la creciente industria de la seguridad, que conviene recordar no sustituye al primero, sino que lo complementa. Luego del 11 de septiembre de 2001 estos procesos se han vuelto más diáfanos como si no necesitaran del secreto para ser eficientes. De este modo, las fronteras se fortalecen de modo selectivo, sus poderes son más específicos, tienen una integración y cooperación internacional entre Estados, y también entre éstos y las entidades privadas que proporcionan información, movilidad y seguridad. Las fronteras definen límites que actúan como porosidades que absorben lo deseable y literalmente expulsan lo considerado indeseable. Por todo lo anterior, la presunción postmoderna de la debilidad de las fronteras se ha demostrado falsa, ya que éstas más bien se han modificado a los entornos cambiantes de las sociedades para cumplir mejor su rol. Esta confusión entre modificación y debilidad no deja de ser llamativa, ya que demuestra una cierta incapacidad para entender los cambios globales.

Pertenece al campo semántico de las fronteras el supuesto de que familia numerosa comienzos de siglo éstas producen la estabilidad de realidades pretendidamente inmutables. En efecto, las fronteras forman parte de un proceso de creación de estructura por parte de los estados nacionales. En la óptica racionalista, propia de la modernidad, las fronteras son una metáfora adecuada y funcional para demostrar la estabilidad y la seguridad como un logro permanente. Las fronteras indican que un estado logra al menos un control que proporciona protección frente al azar. Sin embargo, en los contextos actuales en que el azar retorna bajo la faz del riesgo, dicha estabilidad sólo puede ser mantenid a justamente logrando la fluidez como una capacidad de adaptación frente a sociedades que son también fluidas. Las estructuras del orden necesitan de la fluidez, la estabilidad necesita procesar la inestabilidad, el control de lo interior se consigue dominando la afluencia de lo exterior. Las líneas fronterizas que vemos en los mapas funcionan como los bordes de estructuras consolidadas que se relacionan entre sí. Un mundo que está ordenado se expresa en un mapa donde las líneas manifiestan coherencia, transparencia, donde el territorio está dominado por la política y en donde las realidades étnicas y culturales están subordinadas al Estado como contenedor de la sociedad. Pero dicha función contenedora lentamente está siendo trasladada desde las esferas estatales a las esferas del mercado mundial, lo que hace que las fronteras sean más permeables a lógicas de consumo que de ciudadanía.

Por ende, la eficiencia de las fronteras ya no es un asunto relacionado sólo con el uso de la violencia legitimada del Estado, sino que ante todo del uso de la información que fluye a través de redes integradas. Es la información, entendida como el saber intensivo respecto de otro particular, la que engrasa la respuesta binaria de las fronteras [3]. Dicha información en la tradición mexplotacion_ninosoderna asegura que el otro es antes que nada asimilable, que no constituye una amenaza para la sociedad receptora. Que sus diferencias serán diluidas y pulidas por los aparatos de integración, que será en última instancia asimilado a una identidad nacional que lo depurará de su condición de extranjero interior. Dicho paradigma pertenece aun a lo que se podría llamar la época de la solidez moderna que se desintegra desordenadamente bajo el peso de la emergente fluidez social que se destaca por un cambio de las aspiraciones de pureza y homogeneidad al deseo de hibridación[4].

Nótese que esta forma de referirse a las fronteras implica señalar los cambios del conjunto de su campo semántico y no sólo designa los límites de los estados nacionales. Como ya se indicó el concepto moderno e ilustrado de frontera se transforma para involucrar a la formación de las subjetividades. En efecto, si la primera modernidad se caracterizó por el intento de fundar un sujeto trascendental supuestamente idéntico a sí mismo, estable, con claras fronteras que intentaba diluir toda diferencia, la segunda modernidad o modernidad tardía tiene como elemento diferenciador aborrecer las estructuras cerradas de los paradigmas mecánicos. Las orientaciones de ésta última están centradas en crear un mundo de identidades fluidas, fácilmente moldeables, que permitan la independencia creciente entre capital y trabajo. En este sentido las identidades son intensamente presionadas para dejar su tradicional solidez para insertarse en redes globales de autoproducción. De este modo entramos en una nueva fase de extracción de plusvalía, existencial si se quiere, que ahonda la privatización de la vida. Como acertadamente señala Zygmunt Bauman un capitalismo sólido deja paso a un capitalismo liviano, pero no por eso menos voraz [5]. Por el contrario, su voracidad aumenta justamente por esta transición que lo hace más dúctil y capaz de modificarse en entornos de intensa competencia. El antiguo ideal de la primera modernidad, verdaderamente un mandato, de “llegar a ser alguien” en la vida se ha vuelto obsoleto y se trata más bien de aprender a ser varias personas en el trazo de una misma vida. Resulta intolerable y agotador el peso de la mismidad, ser siempre el mismo en entornos que están cambiando y para los cuales la identidad única no tiene paradigmas. Los  lazos personales, que eran una suerte de acompañamiento existencial, se transforman en lazos cambiantes, esporádicos y más tenues, al igual que la idea de residir en un solo lugar, sostener un empleo por toda la vida, un solo matrimonio, etc. La obsolescencia salta del mundo de los productos y se reproduce en el mundo de las emociones diluyendo las supuestas fronteras que existían entre ambos. De este modo la sociedad de consumo [6], tiene como uno de sus efectos confundir e inducir la hibridación de las identidades a través de las prácticas de autoproducción de sí. El nuevo mandato de fluidez aparece, de este modo, como una cierta promesa de liberación de la pesadez y rigidez del encuadre en la identidad ilustrada y las tradiciones. Por ende, dicho mandato se expresa en lo social desvalorizando las tradiciones que pertenecen al mundo ya preexistente de la solidez y esto acontece en medio del conflicto y el sufrimiento. Las instituciones y el mundo de valores de la primera modernidad no transitan necesariamente DSCF1550con consenso hacia la segunda modernidad. Por el contrario, existen profundas luchas en que la modernidad se desgarra a sí misma por el influjo de los hoyos negros del capitalismo tardío. El reverso de dicha promesa se encuentra en la imperiosa necesidad de la flexibilización laboral, que además de intentar rebajar los costes del valor del trabajo busca crear nuevas formas de valor agregado a la producción, que diluyen las separaciones duramente establecidas entre lo público y lo íntimo. Por lo tanto, la transición de la solidez a la fluidez encuentra uno de sus fundamentos centrales en necesidades estructurales, en que las fronteras son útiles a la división internacional del trabajo.
En el nuevo paradigma de la fluidez social, creado por la globalización, las fronteras tienen que ser lo suficientemente dúctiles como para que su respuesta binaria distinga entre los consumidores aptos, y una extensa taxonomía entre ellos, y los considerados defectuosos. Éstos sólo pueden acceder a la fluidez bajo la forma de mano de obra que se desplaza mundialmente bajo las condiciones de la creciente flexibilidad laboral. La fluidez aparece como una cualidad envidiable, una riqueza, una llave que abre muchas puertas para la transformación tanto de los entornos como de sí mismo. Justamente allí es donde las fronteras encuentran su rol básico, ya que contiene tanto lo interior como lo exterior para que no se mezclen de forma azarosa. Podría parecer paradojal que en tiempos de fluidez social, de pastiche existencial y formación de las subjetividades construidas de retazos existieran aun limitaciones a las hibridaciones casuales. Sin embargo, la emergencia de la fluidez no implica la desaparición de las fronteras con todo su extenso campo semántico, sino que por el contrario éstas canalizan y reconducen la fluidez hacia sus objetivos. La inexistencia de las fronteras implicaría desde la mirada del orden la disolución, la dispersión de las identidades. Y es que a diferencia de las narrativas ilustradas con su confianza en el sujeto fuerte, la segunda modernidad o modernidad tardía desconfía de las subjetividades, ya que al igual que un fluido sobre una superficie se derramarían hasta perder toda consistencia si no encontraran un límite. Las subjetividades necesitan de un control no ya al modo de la represión decimonónica o totalitaria, sino un control bajo la forma paradigmática de la canalización, de las mezclas previstas y la hibridación placentera.

Por ende, frontera y fluidez no son términos opuestos, sino complementarios ya que la primera se modifica bajo el mandato de la segunda. Las fronteras adoptan la porosidad, la capacidad de filtrar inteligentemente[7] los flujos sociales, de lo contrario la dinámica de expansión global de la segunda modernidad se volvería inviable. Con cierta ironía parece que las fronteras se volvieron taoístas, ya que aprendieron que la fuerza, la eficiencia y la seguridad provienen de las cualidades de la flexibilidad y la adaptación, antes que de la rigidez y solidez de antaño. Pero existe una diferencia importante entre las fronteras como límites de los estados nacionales, en sentido amplio, y las fronteras impuestas a las formaciones de las identidades, ya que en las primeras funciona un imperativo de seguridad que conduce a la represión y anulación preventiva de las amenazas, mientras que en el segundo sentido se trata más bien de canalizar la fluidez. En las primeras, las fronteras nacionales, nos encontramos con los espectros del miedo utilizados como mecanismos de producción de poder, mientras que en las segundas, las fronteras impuestas a las identidades, el sentido del goce y el imaginario son canalizados al pastiche del consumo.

Estas dos esferas del campo semántico de las fronteras, la de los estados nacionales y la de las formaciones de identidades, aunque parecen no relacionadas entre sí tienen un tejido amplio que las mantiene unidas y permeables a mutuos cambios. El elemento que las anuda es justamente la fluidez. Por lo tanto, resulta fundamental saber si ésta contiene los potenciales para nuevas formas de emancipación. A esta altura del proceso de globalización neoliberal las respuestas no pueden dejar de ser complejas y contradictorias ya que por una parte, como ya se ha señalado, la fluidez tiene un carácter marcado por las necesidades del capitalismo tardío y más específicamente la flexibilización laboral en escala planetaria. Sin embargo, es necesario tener presente que el mundo de la solidez actualmente encuentra sus raíces no solamente en las ruinas de la Ilustración, sino que ante todo en los particularismos étnicos de las comunidades soñadas y los fundamentalismos religiosos de toda índole. Ambos tienen el carácter coercitivo que predetermina la formación de las identidades por sobre los intereses de los individuos y sobre todo, y esto es lo más importante, destruyen la idea ilustrada de la humanidad como un proyecto compartido. Ciertamente la idea de Humanidad, con toda su diversidad conceptual, ha sido atacada por su condición etnocentrista, eurocéntrica, patriarcal e insostenible desde el punto de vista ecológico. A pesar de estas críticas fundadas el concepto de una Humanidad bajo la luz de una paz universal, no una paz imperial como hoy se nos impone, sigue siendo necesario. Por lo tanto, las deficiencias del concepto ilustrado de Humanidad deberían ser subsanadas justamente desde los puntos de vista que hoy más la critican y no para desecharla. En dicho contexto, la fluidez existencial tiene el potencial, aun lejano pero por construir, para que los individuos formen sus identidades por sobre el cierre de los particularismos y los fundamentalismos.

Desde esta otra mirada de la fluidez social se hace imperioso romper con las fronteras como vías de canalización del dinamismo de los sujetos para que estos, desde sus propios intereses y solidaridades, no ya como mandatos morales sino como necesidades estructurales, tengan la posibilidad de producir nuevas hibridaciones, que forzosamente conllevan el conocimiento del otro y la disponibilidad de la propia transformación en dicha experiencia. Y es que, aunque suene obvio, el fluir en medio de la globalidad es siempre una experiencia que necesita para su concreción una apertura a la diferencia. Desde una lectura enmarcada en las luchas por la emancipación la fluidez existencial presenta una faz prometedora en el sentido de liberar a los individuos tanto de las tradiciones del terruño local como de la modernidad sólida. El problema estratégico y político es convertir las amenazas actuales de la fluidez existencial en posibilidades para nuevas prácticas de liberación y libertad. Esto supone un cambio sustantivo de perspectiva ya que la tendencia actual es más bien la opuesta, refugiarse en la localidad, fortalecer el imaginario de las DSCF0026 comunidades soñadas y lejanas en el pasado en un peligroso crisol de nacionalismos, retornar al letargo ignorante y protector de las religiones tradicionales o de nuevo diseño. Dicha tendencia no sólo se manifiesta en los sectores conservadores de las sociedades, sino también de manera preocupante en las diversas izquierdas. Al mirar como se anudan y contraponen las relaciones entre el amplio campo semántico de las fronteras y la fluidez vemos como se generan brechas posibles para que las experiencias construyan discursos en permanente sinergia. La fluidez y su redefinición es un objeto de lucha política que supone el enfrentamiento entre diversas y nuevas narrativas de futuros posibles. Frente a las fuerzas que trataron de mostrar una modernidad cerrada sobre sí misma, con un futuro carente de historicidad entendida como la narrativa de las luchas globales, la fluidez existencial muestra el potencial de destrabar el flujo histórico. Se trata de reinventar el imaginario de las posibilidades, soñar nuevamente el futuro como el espacio abierto para nuevas formas de concreción de la Humanidad, no ya desde la óptica excluyente de la Ilustración, sino desde la perspectiva de una sociedad civil global heterogénea y conciente de sus propias limitaciones.
Citas

1. Doctor en Filosofía. Universidad Complutense de Madrid. Magíster en Filosofía Política y Axiología. Universidad de Chile.

2. El concepto de modernidad tardía, frecuentemente usado por los autores de la escuela de Frankfurt, designa la fractura entre las dos formas de racionalidad, instrumental e ilustrada, generando una época moderna de primacía de la primera. Ésta se caracteriza por la extensión de las sociedades de masas, por una fe ciega en el progreso entendido en sus dimensiones de consumo, por la extensión de un disciplinamiento que va desde los estados policíacos a los totalitarios generando un cierre distópico, por un desencantamiento y burocratización de la vida. Es de destacar que dicho concepto abarca tanto a las sociedades capitalistas avanzadas como a los estados del socialismo real y que tiene un gran vacío respecto de las sociedades del tercer mundo vistas bajo la luz exclusiva de su condición colonial y periférica. Por otra parte, Ulrich Beck ha acuñado el término “segunda modernidad” para referirse a una modernidad reflexiva marcada por la individualización, las sociedades con paro crónico o dicho de otra manera de destrucción masiva del empleo, de intensa globalización capitalista y riesgos mundiales incontrolables. Ulrich Beck ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización. Barcelona. Paidós. 1998. pp. 27. Aquí el tercer mundo es visto como los fragmentos de estados nacionales fracasados e integrados en la división mundial del trabajo. Beck señala una cierta afinidad conceptual con el concepto de “modernidad inconclusa” de Habermas. Nótese que en todos estos casos se trata de captar la brecha que implica la crisis de la modernidad ilustrada y una época posterior aun difícil de definir, pero en que lo postmoderno equivale a lo postilustrado.

3. A modo de ejemplo, Javier de Lucas. “Política de inmigración en España: Modelo Blade Runner.” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 88. Edición española. Enero 2003. p.3. Igualmente, Jelle Van Buuren. “Los tentáculos del acuerdo Schengen” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 89, marzo 2003. Edición española. p. 3. El autor realiza una interesante investigación sobre el Sistema de Información Schengen, SIS. Dicho sistema es una amplia base de datos de las policías europeas, que registra a los considerados “extranjeros indeseables” y que actualmente está en reforma para ampliar sus facultades. Ya no sólo registrará a los solicitantes de asilo político, a los deportados, sino a los militantes de los movimientos contra la globalización neoliberal para impedirles su derecho de tránsito en la Unión Europea, a pesar de ser ciudadanos de ella. Otra reforma preocupante es la inclusión del ADN y datos biométricos de los extranjeros que ingresen en la Unión, cosa ya implementada en EE.UU. Igualmente dicha base de datos sería parte fundamental de la colaboración entre Europa y Estados Unidos tras la nueva situación política creada a partir del 11 de septiembre. En un ámbito completamente distinto y bastante menos dramático, pero no por eso menos demostrativo, las bases de datos en Internet están siendo crecientemente “privatizadas” por sistemas de recogida de datos no regulados. Microsoft, uno de los principales agentes de la privatización de la red ha creado literalmente un pasaporte para la navegación de los usuarios, el Passport MSN. Para éstos, supuestamente significaría una mayor facilidad de entrega de datos en los formularios en línea. Sin embargo, lo que Microsoft plantea en realidad, es que los usuarios estén validados en la red como consumidores seguros y confiables para el mercado en línea.

4. Nótese que el campo semántico de lo híbrido, paradójicamente proviene, en el ámbito de las ciencias sociales, de los estudios culturales postcoloniales que designan realidades de orígenes desigualmente mezclados. May Joseph. “Hibridación.” En Michael Payne. Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Paidós, Buenos Aires, 2002. p. 384. La idea de la hibridación no implica una noción de conciliación de las partes al modo hegeliano, muy por el contrario los elementos mezclados pueden tener una relación tensa, violenta y ser en último término producto de las relaciones de dominación, tal como lo demuestran los análisis del rol de la violación en la formación de los pueblos mestizos. Por lo tanto, la celebración de la hibridación, si no quiere ser ingenua, tiene que necesariamente tener en cuenta las condiciones históricas y políticas en que se produce, el campo específico de las relaciones de poder en la que se articulan las mezclas.

5. Zygmunt Bauman. “Modernidad líquida.” Fondo de cultura económica. Buenos Aires. 2003. p 60 y ss.

6. Se tiende a pensar que la sociedad de consumo es una invención reciente debido a la popularización de los medios de comunicación que se convierten en escaparates a distancia. Sin embargo, existe una tradición decimonónica en que la sociedad de consumo ya está prefigurada. Uno de los trabajos más sugerentes sobre este tema es de José-Miguel Marinas. “La fábula del bazar. Orígenes de la sociedad de consumo.” Machado Libros. Madrid. 2001.

7. A modo de ejemplo, el pensamiento estratégico estadounidense insiste cada vez más en la distinción entre “fronteras inteligentes” (smart borders) y las tradicionales fronteras geográficas, para señalar que los puntos considerados vitales serán custodiados imponiendo normas de externalización de los reglamentos estadounidenses a naciones e instituciones unilateralmente como en el caso de las líneas aéreas, reglas de control financiero extraterritorial, etc. Pierre Conesa. “Victoria segura, paz imposible. Paradojas de la estrategia militar de Estados Unidos.” En Le monde diplomatique. Nº 38. Enero-Febrero, 2004. Edición chilena. Pp. 22 y 23.

Bibliografía.

  • Javier de Lucas. “Política de inmigración en España: Modelo Blade Runner.” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 88. Edición española. Enero 2003
  • Jelle Van Buuren. “Los tentáculos del acuerdo Schengen” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 89, marzo 2003. Edición española.
  • José-Miguel Marinas. “La fábula del bazar. Orígenes de la sociedad de consumo.” Machado Libros. Madrid. 2001.
  • May Joseph. “Hibridación.” En Michael Payne. Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Paidós, Buenos Aires, 2002. p. 384.
  • Pierre Conesa. “Victoria segura, paz imposible. Paradojas de la estrategia militar de Estados Unidos.” En Le monde diplomatique. Nº 38. Enero-Febrero, 2004. Edición chilena.
  • Ulrich Beck ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización. Barcelona. Paidós. 1998.
  • Zygmunt Bauman. “Modernidad líquida.” Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2003.
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La globalización en el contexto de la modernidad tardía.

Publicado originalmente en Rev. Observaciones Filosóficas nº 3, 2006. Indexada por DIALNET.

Christian Retamal

Resumen.
tierra3 El presente texto aborda las contradicciones del concepto de modernidad tardía acuñado en la teoría crítica y como éste necesariamente debe ser reinterpretado a la luz de la globalización. En este sentido, se analiza las principales diferencias entre las características de la modernidad tardía -con sus matices weberianos, totalitarios, de ampliación de la racionalidad instrumental y estatalmente dirigida- y como deberíamos entenderla a partir del carácter crecientemente fluido, multicultural y de primado del mercado sobre la realidad social. También se estudia como la globalización expande las condiciones distópicas de la modernidad tardía, que son radicalmente diferentes de las promesas modernas de seguridad y estabilidad.

Palabras clave:
Teoría crítica, fluidez ontológica, sociedad red, modernización, Giovanni Arrighi, Ulrich Beck, Zygmunt Bauman.

Abstract:
The present paper deals with the contradictions of the concept of Late Modernity coined by the Critical Theory and how this concept must be reinterpreted in the perspective of globalization. First, the main characteristics of the Late Modernity are analysed, taking special account of its weberian and totalitarian features, as well as the extension of its instrumental rationality. Secondly, the incompatibities between those characteristics and the increasing social fluidity, multicultural condition and primacy of the market on the social reality. Finally, the way by which globalization expands the distopic conditions of Late Modernity, which are radically different from the modern promises of safety and stability.

Key words:
Critical theory, ontological fluency, society net, modernization, Giovanni Arrighi, Ulrich Beck, Zygmunt Bauman.

Christian Retamal


La crisis de la modernidad supone tener que redefinir los términos tradicionales con los que la hemos pensado y la necesidad de crear nuevos conceptos que sean más adecuados a la situación en que vivimos. Uno de esos nuevos términos que parecen describir antiguos fenómenos es el de globalización. Existe consenso respecto de que la globalización tiene una raíz económica y que sus definiciones pueden partir desde allí, pero cuando se trata de fijar sus límites los problemas se multiplican ya que podemos coincidir en la existencia de unas globalizaciones culturales, sociales, políticas, de los derechos humanos, de la guerra, etc. De este modo, el término al volverse tan polisémico se torna inútil. Por otra parte, el fenómeno de la globalización encuentra todas sus contradicciones cuando se trata de abordar sus efectos sociales y la construcción de identidades, ya que allí chocan los paradigmas de la ciudadanía moderna con los del multiculturalismo, lo que ciertamente tiene unos resultados que tienen que ver directamente con la violencia, el racismo y la xenofobia. Ello se solapa a las tradicionales luchas de clases, lo que genera a su vez nuevas paradojas.

1. La globalización en el contexto moderno.

La globalización se percibió primeramente como un fenómeno económico con amplias repercusiones y que genera -en un efecto de cascada- nuevas globalizaciones sociales, culturales y políticas. Giovanni Arrighi, de modo muy documentado, señala que desde el punto de vista estrictamente económico la globalización no es un proceso nuevo. Por el contrario, está relacionado con los procesos de acumulación de capital y con el reordenamiento del capitalismo a escala mundial. Siguiendo el modelo de “sistema-mundo” de Immanuel Wallerstein, expone un modelo evolutivo y gradual, que desestima las perspectivas que indican que la globalización constituye una revolución sin precedentes2. Incluso la novedad de las innovaciones informáticas es relativa si se le compara con otras revoluciones científico-tecnológicas modernas, como el cableado submarino del telégrafo que ya en 1860 permitió una virtualización de la economía a nivel intercontinental. Otros indicadores muestran también elementos de continuidad, siendo la diferencia económica más relevante la creciente importancia de los mercados financieros mundiales, que fueron los primeros en globalizarse3. La arquitectura económica global de Breton Woods, jerárquicamente gestionada por EE.UU. dejó paso a otro sistema -también global- más descentralizado y coordinado por el mercado creando una mayor volatilidad e inestabilidad financiera. Los cambios económicos deben, por tanto, ser considerados en su escala, alcance y complejidad. Arrighi señala que la investigación con horizontes temporales más amplios permite ver cuatro ciclos sistémicos de acumulación capitalista en la modernidad. Dichos ciclos culminan en una crisis de sobreacumulación que inicia un período de mayor competencia, expansión financiera y el fin de las estructuras ordenadoras del comercio y la producción. En palabras de Arrighi;

“Es el tiempo en el que el líder de la expansión anterior del comercio mundial cosecha los frutos de su liderazgo en virtud de su posición de mando sobre los procesos de acumulación de capital a escala mundial. Pero es también el tiempo en el que el mismo líder es desplazado gradualmente de las alturas del mando del capitalismo mundial por un emergente nuevo liderazgo. Ésta ha sido la experiencia de Gran Bretaña entre el final del siglo diecinueve y el comienzo del veinte; de Holanda en el siglo dieciocho, y de la diáspora capitalista genovesa en la segunda mitad del siglo dieciséis4.”

En efecto, el líder cosecha los frutos al mismo tiempo que comienza su declive. En el caso estadounidense su hegemonía económica se debe más a las beneficiosas coyunturas derivadas de la Guerra Fría, en su predominio en las instituciones internacionales y la expansión de sus empresas a escala mundial, que a los resultados actuales de la globalización. En esta perspectiva, los períodos de sobreacumulación implican turbulencias que desestabilizan los mundo centros organizadores. Ello genera incertidumbres en nuevos ámbitos, más allá de los económicos, haciendo peligrar las estructuras políticas que el mismo liberalismo había acuñado, lo que hace insostenible la afirmación dogmática de los mercados autorregulados. Dicha afirmación, siguiendo al autor, nunca ha resultado verificada en los ciclos sistémicos de acumulación. Por el contrario, las crisis y sus inestabilidades parecen indicar que el poder hegemónico declinante no pudiera controlar ni la velocidad ni la dirección de su poder. La reconducción del capitalismo hacia caminos más creativos que destructivos siempre ha necesitado de vehículos tendedores de vías. De este modo, el capitalismo ha transitado durante la modernidad por varios caminos, que llevan a nuevos centros organizadores y que permiten la continuidad del sistema más allá de la pérdida de influencias de los antiguos ejes.

“La formación de un sistema capitalista mundial, y su transformación subsiguiente de ser un mundo entre muchos mundos hasta llegar a ser el sistema socio-histórico del mundo entero, se ha basado en la construcción de organizaciones territoriales capaces de regular la vida social y económica y de monopolizar los medios de coacción y violencia. Estas organizaciones territoriales son los Estados, cuya soberanía se ha dicho que va a ser socavada por la ola actual de expansión financiera5.”
En todas las expansiones financieras los Estados que han sido tendedores de vías han perdido poder en beneficio de otros que los han relevado de su función. Cada nuevo relevo se caracteriza por un mayor alcance territorial, complejidad y poder que sus antecesores. De este modo Arrighi nos muestra que las crisis de los Estados son connaturales al desarrollo del capitalismo en su camino a la expansión. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en los tratados de Westfalia que consagraron los principios según los cuales los Estados independientes reconocen su mutua autonomía jurídica y su integridad territorial conviviendo en un único sistema político. Esto se plasmó en el principio de la soberanía estatal moderna y que generó una ley internacional de regulación del poder entre Estados. Dicho contexto propició una paz relativa, un equilibrio de poder y el control intraestatal por parte de las elites. Las guerras del período fueron crecientemente intensivas en capital y permitieron la expansión europea más allá de sus fronteras continentales. El sistema de Westfalia sufrió una inflexión producto de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, ya que bajo la conducción británica su alcance incluyó a los Estados americanos. Sin embargo, los principios westfalianos cambiaron. Las relaciones entre Estados fueron desplazadas por la tutoría de la extensa red imperial británica sobre ellos. El costo de la precaria paz westfaliana fue pagado por los Estados que no eran parte de aquellos principios, las zonas de dominio colonial o en vías de serlo. Luego de la Segunda Guerra Mundial este orden fue reforzado por la primacía de los EE.UU., extendiéndose al resto del mundo, proceso paralelo a la descolonización, pero al mismo tiempo su contenido fue disminuido y reinterpretado. El nuevo actor hegemónico elevó sus principios constitucionales6 al rango de normas universales para que su poder se consolidara por sobre los demás Estados, lo que se apoya en su inédita y extensa red mundial de bases militares.dios

Esto ya queda establecido en la estructura de las Naciones Unidas que expresa las desigualdades de los Estados miembros. En efecto, la inmensa mayoría recorta su soberanía, a diferencia de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad7. Este cambio es de tal magnitud que el autor señala el completo desequilibrio respecto de las relaciones interestatales. Ello al punto de poder hablar de Estados semi-soberanos y cuasi-Estados para referirse a los países derrotados después de la Segunda Guerra Mundial y los poscoloniales respectivamente. El contexto de la Guerra Fría desencadenó una dinámica que ninguna de las dos potencias principales, EE.UU. y la URSS pudo contener. La integración económica global se desarrolló bajo el control estadounidense y la de sus aliados, aunque toleró un comercio multilateral descentralizado. Esto difirió profundamente de las formas de mando unilateral del imperio británico. La forma de guiar el proceso de liberalización de los mercados tenía un doble objetivo; la contención de la influencia de la URSS y los diversos nacionalismos estatistas surgidos de los procesos de descolonización8. El avance de estos cambios ya era perceptible durante la guerra de Vietnam, en esa época los mercados financieros ya estaban desterritorializados y funcionaban en red. Este espacio de flujos está más allá de las jurisdicciones estatales, a pesar de los accesos privilegiados de EE.UU. que debe -en múltiples ocasiones- subordinarse a las necesidades de las finanzas internacionales9.

La consecuencia es que la década de los ochenta y noventa fue el escenario de la expansión europea y asiática. Cada nueva ola de competencia por nuevos mercados supuso “un aumento adicional en el volumen y densidad de la red de intercambios que conectaba pueblos y territorios, atravesando jurisdicciones políticas tanto regional como globalmente. Esta tendencia ha supuesto una contradicción fundamental para el poder global de los Estados Unidos -una contradicción que se ha agravado en lugar de mitigarse tras el colapso del poder soviético y el consiguiente final de la Guerra Fría. El gobierno de los Estados Unidos ha quedado apresado en su inaudita capacidad militar global que, tras el desplome de la URSS, no tiene paralelo. Estas capacidades continúan siendo necesarias, no tanto como una fuente de "protección" para los negocios estadounidenses en el extranjero, sino sobre todo como la fuente principal del liderazgo de EE.UU. en alta tecnología tanto en su propio país como en el extranjero10.”

La intención de Arrighi consiste en hacer visible una fisura histórica. En efecto, en todos los procesos de acumulación anteriores los centros de poder declinantes eran sustituidos por un poder ascendente que aunaban los poderes militares y financieros de un modo superior al precedente. Hoy en cambio asistimos a un proceso diferente. EE.UU. es la única gran potencia militar. Un hecho que se ha acentuado radicalmente como respuesta ufeelingnilateral a los sucesos del 11 de septiembre de 2001. El poder financiero en cambio se ha dispersado en múltiples actores, como el G7 y la OCDE11, que requieren de un conflictivo consenso para gestionar el sistema convirtiéndose, de hecho, en los nuevos vehículos tendedores de vías del capitalismo mundial. La estabilidad del nuevo escenario supone un nuevo reparto de funciones al interior del capitalismo mundial. Esta diferenciación estructural del poder otorga a los Estados Unidos la fuerza militar, a Japón y el sudeste asiático -y previsiblemente Europa en el corto plazo- el control de la mayoría del dinero y a la República Popular China el mando del trabajo12.
De este modo el capitalismo encuadra en un único sistema a las diversas sociedades. Todos sus segmentos y actores son sometidos a una translocalización para llegar a ocupar un nuevo lugar en la división mundial del trabajo. Ello crearía una sinergia en el ámbito sistémico, la creación de estructuras estatales con poderes discrecionales hacia dentro y hacia fuera respecto del funcionamiento libre de los mercados. El resultado es el trato diferenciado de unos actores respecto de otros y, especialmente, la inserción de las luchas de clases locales en la división mundial del trabajo creando espacios centrales, semiperiferias y periferias. Lo más interesante del análisis de Arrighi es que nos permite ver una globalización más policéntrica, con una profundidad temporal más amplia que se integra en la historia del capitalismo. Resulta interesante también confirmar que este enfoque no se opone al análisis de la transición de una sociedad de la producción a una sociedad del consumo, que tampoco es nueva como lo demuestra José Miguel Marinas13. De esta manera podemos desechar dos creencias muy arraigadas sobre este tema; la primera según la cual la globalización es una “sorpresa” histórica, una especie de hallazgo extraordinario para el que no tenemos instrumental teórico para dar cuenta de él. El segundo es suponer que la globalización se reduce a una homogeneización cultural, una macdonaldización del mundo proveniente de EE.UU.14 Este modelo teórico tiene la virtud de anclar el origen de la globalización en los procesos económicos, pero ciertamente ésta no se restringe a dichos procesos. Las consecuencias son también geopolíticas, culturales y sociales.

2. Redefiniendo la modernidad tardía.

La conclusión es que la globalización marca definitivamente la eclosión de la modernidad en su versión capitalista. En efecto, en las últimas dos décadas se han acuñado muchos “post” para tratar de nombrar ciertas realidades. Pero, a pesar de todo, no se puede decir que vivamos en sociedades postcapitalistas. Al contrario. Países enteros se lanzan con ardor a la captura de una porción del capital circulante que salta de bolsa en bolsa15. Más aún, las elites conducen a sus pueblos a las formas más radicales del capitalismo y la desregulación. Derrotado el campo socialista, el capitalismo quisiera reinar eternamente, destruir la historia como la narración del cambio que hace que, parafraseando a Marx, todo lo sólido se desvanezca en el aire. En consecuencia, la forma paradigmática de la modernidad ha llegado a ser la del capitalismo global, lo que por supuesto no significa que sea necesariamente la única opción de la modernidad posible o deseable.
En este sentido, el postmodernismo es un discurso que intentó -sin mucha suerte- interpretar los nuevos fenómenos de la crisis moderna. Sin embargo, bajo la aparente marea de los cambios, permanecen importantes líneas de continuidad entre la primera modernidad y la modernidad reflexiva16. Muchos de los llamados cambios postmodernos son más bien inflexiones al interior de la propia modernidad. Es acertada, por ende, la crítica de Bauman a los postmodernos como creadores de una autoimagen del mundo de los globales, que pretende ser una imagen total y excluyente de la experiencia vital de los marginados a la localidad17. Para ser justos, es necesario agregar que los debates postmodernos nos aportaron una crítica fructífera del logocentrismo y la rigidez moderna. Sin embargo, éstos no lograron explicar de manera adecuada las fracturas de la modernidad.
Desde otras perspectivas, como las de la teoría crítica se ha usado el concepto de modernidad tardía, que pone el acento en las características weberianas de la modernidad como la burocratización y racionalización creciente que suponían un intenso desencantamiento del mundo. Dicho desencantamiento supone una desvalorización de las culturas locales que no pueden autojustificarse racionalmente ante la modernidad. Igualmente este concepto, altamente volátil, acentuaba el carácter totalitario y descentrado de la modernidad que había sido dominada por una racionalidad instrumental creando una dialéctica dirigida a tensar cada vez más la jaula de hierro de la racionalización. En un sentido más profundo este concepto supone una crisis la Ilustración como centro dinámico de la modernidad. En consecuencia, la modernidad tardía es una modernidad postilustrada, que no pudo cuajar las aspiraciones por la emancipación porque creó una dinámica interior en que sus efectos perversos fueron más omniabarcadores. La utilidad del concepto radica en que nos señala las continuidades y las fracturas de una estructura más amplia, que a pesar de su crisis sigue vigente. Al principio dicho concepto fue una ampliación de la noción de capitalismo tardío que fue muy usado por Max Horkheimer y Theodor Adorno a propósito de sus reflexiones sobre la dialéctica de la Ilustración y luego por Jüngen Habermas18. El capitalismo tardío describía, como ya se indicó, una dinámica weberiana en que se enfatizaba los aspectos de sociedades administradas burocráticamente, que penetraban reticularmente en el tejido social y que creaba toda una cultura de masas. Igualmente apuntaba a la profunda interconexión entre las grandes empresas y el Estado, que en extremo generaba un capitalismo de Estado tendiente al oligopolio. Puede verse que dicha noción tiene como trasfondo la idea de una especie de colectivismo capitalista muy cercano al totalitarismo.
Sin embargo, dichas críticas señalaban que en el contexto del socialismo real la modernidad no presentaba una cara muy diferente. Por el contrario, el socialismo real demostraba que la crisis moderna se había elevado a un plano civilizatorio que requería de instrumentales teóricos diferentes que fueron ensayados en el ya clásico texto de 1947 Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos.
La ampliación de la noción de capitalismo tardío al concepto más general –y por cierto más complejo- de modernidad tardía supone aun la escisión de la modernidad en dos interpretaciones rivales; el socialismo y el capitalismo. En efecto, ambos pretenden llegar a ser la interpretación hegemónica de la modernidad cuyo escenario culminante fue la Guerra Fría. Por ende la modernidad tardía se caracterizaba en los textos de la teoría crítica frecuentemente como un espacio donde la autonomía de las diversas esferas sociales era socavada por el Estado totalitario -ya sea al estilo de Orwell o Huxley- creando sociedades de clausura. Las imágenes predominantes de esta modernidad las encontramos en las distopías que nos narran el fin de la individualidad y la destrucción del yo19. Como puede verse tanto el concepto de modernidad tardía como de capitalismo tardío fueron engendrados bajo el espectro de la Guerra Fría y sus peligros.
Hoy en cambio ambos conceptos han cambiado su campo semántico. Ya el Estado no aparece como la fuerza modeladora de la sociedad como lo fue en durante gran parte de la modernidad. Como apunta acertadamente Bauman, los temores de la teoría crítica se han invertido diametralmente. No es la estatalización de la vida lo que amenaza a los ciudadanos, sino al contrario es la privatización radical la que amenaza todos los espacios públicos creados durante la modernidad. La reconfiguración global del capitalismo, la revolución tecnológica y su inaudito espaldarazo a las nuevas fuerzas productivas están permitiendo una intensa ronda de privatización de los diversos mundos de vida. Como señala Bauman nos enfrentamos a una modernidad privatizada20 en que los cercamientos21 (enclosures) crecen de modo acelerado tanto extensivamente como intensivamente, de suerte que las distinciones entre lo público y lo privado, la sociedad y la naturaleza, el adentro y el afuera, se vuelven irrelevantes frente a la totalización de la modernidad líquida. Dicha privatización radical literalmente comprime estas distinciones tan institucionalizadas durante la modernidad. La formación de identidades no tiene ya centro organizador a la Ilustración con su solidez ejemplar, estética y heroica. El antiguo mandato de llegar a ser alguien en la vida resulta anacrónico, ya que de lo que se trata es de ser muchas personas en una misma vida. Por tanto, parece haber perdido sentido la idea de un núcleo organizador y estable de las biografías de los sujetos en un mundo cambiante e incierto.
En efecto, si la modernidad sólida estaba regida por el sueño -por cierto nunca logrado- de un sujeto total que cristalizaba su fin en la estabilidad y la perpetua igualdad consigo mismo, la modernidad líquida en cambio privilegia la plasticidad, el cambio de forma, en definitiva la maleabilidad del material humano. Más aun puede señalarse que mientras las imágenes tradicionales de la dominación tienen que ver con la permanencia en una forma, una situación o estado constante, hoy -por el contrario- nos vemos impelidos a la transformación que no proporciona margen de estabilidad y seguridad. Por ello el cambio se presenta frecuentemente como una invasión que arrasa las fronteras que los individuos creían haber creado y que con tanto esfuerzo habían mantenido bajo la distinción entre una esfera pública y otra privada. tierra5 Por ello han aparecido nuevos conceptos -modernidad liquida, sociedad red, sociedad del riesgo, fluidez ontológica- que fijan su atención en las condiciones de cambio, fluidificación y maleabilidad, cuestiones que anteriormente se consideraban muy secundarias respecto de la estabilidad totalitaria de la modernidad. Estos conceptos en su mayoría nos indican que la modernidad no ha concluido, sino que está sometida a una mutación radical y enfrentada a unos límites ecológicos, políticos, culturales y sociales que jamás soñó. Todo ello al mismo tiempo que la modernidad se expande por el globo de modo inaudito y generando nuevos enfrentamientos.

En este sentido, la ceguera crítica puede ser doble; la de afirmar que nada ha sucedido y que la Ilustración, tal como se le concibió, es aún un proyecto viable o bien el otro extremo, pensar que vivimos en un universo postmoderno, que todo ha cambiado y que la modernidad es tan lejana como puede serlo el renacimiento.
Quisiera situarme en un plano intermedio, que considera que los factores culturalmente integradores de la modernidad están en crisis por la socavación interna de sus postulados. Esto se ve amplificado por las diversas experiencias provenientes desde sus bordes, como el impacto de la descolonización, los flujos migratorios y sobre todo la dispersión de la matriz moderna en modernidades múltiples22. En el ámbito social, las formas de vida modernas se han diversificado en muchos relatos y escrituras biográficas verosímiles, que dejan atrás las imágenes ligadas al sujeto fuerte que la modernidad quiso construir. Las formas diseminadas de autoconstrucción gozan de una libertad mayor que en cualquier fecha previa del largo itinerario moderno. Esto no quiere decir que no existan ciertas demarcaciones ni juegos de poder y dominación en acción. Por el contrario, el hecho mismo de que la modernidad tardía se resuelva en el paradigma del capitalismo supone ya un recorte importantísimo de posibilidades. Un recorte mayor que en la época clásica de la modernidad, donde los relatos de las modernidades deseadas llenaban un amplio espectro de posibilidades, representadas no sólo por los imaginarios utópicos o socialistas, sino también por las narrativas paralelas del liberalismo, el empirismo, etc. Hoy en cambio el imaginario político de la libertad se encuentra cada vez más subordinado al imaginario de la libertad como consumo.

Esta forma de la libertad y la autoconstrucción de la subjetividad está convirtiéndose en la principal articuladora del nuevo mapa social. En un sentido más amplio, la globalización, como expansión de este reordenamiento, tiene la característica de destruir el trabajo y el mundo social y cultural que se alimentaba de él23. En efecto, las empresas tienen la posibilidad de trasladarse allí donde los costes les sean menores, no así sus trabajadores que quedan atrapados en la localidad. Las empresas son -en principio- responsables sólo frente a sus accionistas, que en cuanto tales también son globales y pueden trasladar sus capitales a voluntad. En virtud del ordenamiento económico internacional los Estados sólo tienen la capacidad de paliar deficientemente los desastres de las comunidades destrozadas por la relocalización. Mientras tanto las bolsas premian a las empresas que se trasladan a países más baratos, con puestos de trabajo más precarios, más inseguros y sumisos.

La conflictividad de las tradicionales luchas de clases ha derivado en nuevas luchas globales. Pero es necesaria una precisión, ya que las luchas de clases tenían un carácter mundial al menos desde el siglo XIX. El Manifiesto Comunista es un notable ejemplo de una perspectiva mundial de los conflictos. Lo mismo acontece con las organizaciones políticas y sociales como las internacionales de todo signo; la Asociación Internacional de Trabajadores, AIT, conocida como la Primera Internacional formada en 1864, la Segunda Internacional fundada en 1889, la Industrial Workers of the World, IWW, de orientación anarquista, la Tercera Internacional organizada en 1919, la Cuarta Internacional fundada en 1938 por Trotsky y las Brigadas Internacionales, etc. Todas ellas constituían verdaderas comunidades trasnacionales, sustentadas en una poderosa red de intereses y visiones globales24. Lo anterior prueba que tanto el avance del capital y las respuestas de los movimientos sociales desde hace mucho acontecen en un escenario global. Por lo tanto, las crisis políticas asociadas a los fenómenos de la globalización afectan principalmente a la dimensión estatal del fenómeno. Ello hace necesaria una completa relectura del concepto de modernidad tardía ya que está marcada por el fortalecimiento del rol del mercado, por la fractura de los paradigmas ilustrados, un quiebre del sentido histórico y de las nociones de sujeto y progreso que se amparaban en ella.

Si la modernidad clásica se destacó por su semblante y dinamismo utópico, la modernidad tardía -a partir de esta relectura- se caracteriza en cambio, por sus aspectos distópicos25. Los miedos se vuelven palpables y difícilmente alguien podría asegurar que nuestro mundo progresa. Si bien durante el siglo XX las imágenes distópicas eran compartidas por el totalitarismo de índole nazi-fascista y estalinista, éstas se concentran ahora en el capitalismo global que ha abierto territorios y límites antes inexplorados26. Ha logrado convertirse en una forma de vida completamente hegemónica que ha desplazado a sus rivales no sólo en el interior de la modernidad, sino que también a sus adversarios externos. En consecuencia, la modernidad termina identificándose con el capitalismo global, policéntrico, desterritorializado, culturalmente complejo y diverso, basado en la creación cognitiva por sobre la industrial, dinámico frente a las fluctuaciones de los mercados y moldeado por los patrones del consumo. La mutación que tiene un origen económico despliega sus consecuencias que abarcan a todos los mundos de vida. Afecta las seguridades existenciales, no sólo por la destrucción del trabajo, sino porque los suelos locales con todos sus lazos se vuelven vulnerables frente al embiste de lo global. Como nos indica Bauman, surge una nueva asimetría entre la condición extraterritorial del poder y la territorialidad de la “vida en su conjunto” que el poder es capaz de explotar intensivamente27.
En el ámbito político el Estado está empeñado en la destrucción de sus propios roles protectores e integradores y se reserva únicamente las funciones represivas y, en la medida que puede, la del cobro de impuestos a los encerrados en la localidad. Sin embargo, esta posición es incompleta. Es necesario agregar que el Estado se somete a esta presión autodestructiva, porque está siendo literalmente asaltado internamente por las elites empresariales, que saben que para ser competitivos en el capitalismo global requieren de la precariedad laboral. La otra parte de la pinza está representada por la arquitectura financiera mundial, formada por los países industrializados fuertemente agrupados en el G7, la OCDE, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entre otros. La presión para que los Estados recorten sus capacidades y soberanía en beneficio del flujo comercial supuestamente libre, genera un campo de tensiones asimétrico. Un ejemplo paradigmático es el del comercio agrícola. Los Estados industrializados subsidian su propia agricultura e imponen fuertes restricciones arancelarias a las importaciones procedentes del tercer mundo. Uno de los resultados es que éste pierde su soberanía alimentaría a manos de las industrias de los organismos genéticamente modificados, OGM, que por primera vez quitan la propiedad intelectual y efectiva a las comunidades tradicionales sobre sus semillas, la piedra angular de su libertad28.

Esta doble presión -interna y externa- atenaza al Estado y lo somete a intensas oleadas de privatización, en que lo estatal y lo público se ve destruido. Como señala Ulrich Beck29, la modernidad clásica produjo una identificación entre el Estado y la sociedad, donde el primero funciona como su contenedor. El resultado es que se produce una suerte de continuidad entre los conceptos de Estado, sociedad y nación como si formaran parte del mismo campo semántico y conforman una unidad al momento de evaluarlas en su proceso de modernización. Por ende, la crisis de lo estatal redunda inevitablemente en lo público, que se ha creado bajo la sombra a la vez protectora y represiva del Estado.
Las empresas trasnacionales aprovechan las garantías que los Estados les proporcionan y al mismo tiempo los debilitan. Esa socavación sin límites, salvo las de carácter represivo para mantener a las fuerzas del trabajo domesticadas y disponibles30, destruye esa identificación sumiendo a las sociedades en una cierta orfandad, la carencia de unidad, integración y proyecto común. Esto, lejos de conducir a un desorden mundial, lleva a un nuevo ordenamiento global que rompe con el aislamiento y las localidades separadas, donde las consecuencias estaban restringidas en los límites nacionales. Se trata de un nuevo orden mundial de índole capitalista que quiere elevar a la modernidad occidental al rango de forma de vida privilegiada. Muchas veces se ha opuesto a esta hipótesis el argumento de que la inestabilidad resultante, ya sea intraestatal o interestatal, no es compatible con la idea de orden como se le entiende modernamente. Sin embargo, no existe razón plausible, a la luz de la evidencia histórica que demuestre ese argumento. Por el contrario, el siglo XX, con sus dos Guerras Mundiales y la larga lista de conflictos regionales, demuestra la coexistencia del orden con altos niveles de inseguridad, temor y caos como elementos integrados en la modernidad tardía. En efecto, las dos versiones predominantes de la modernidad -el socialismo y el capitalismo- por su propia lógica interna tienden a ser globales y ambos lo lograron en grado diferente, asumiendo que el sistema tiene una inestabilidad estructural.

Esto no significa que dicho proceso ocurra sin ningún tipo de contestación. Las respuestas nuevamente pueden dividirse en el plano interno de la modernidad tardía, donde los herederos del socialismo, maltratados pero no aniquilados, intentan rearticular sus posiciones tanto teóricas como políticas. Los conservadores nacionalistas, en cambio, abrazan la apertura de los mercados, pero resienten sus consecuencias culturales y sociales. Quisieran que sus sociedades fueran un espacio estanco en el ámbito cultural y político, pero un espacio de flujo para el consumo y el comercio, como si ambas esferas pudieran mantenerse separadas. Otras respuestas provienen de un interesante nuevo actor, los diversos ecologismos que muestran los límites ambientales del capitalismo y le oponen un catastro finito de recursos explotables frente a la voracidad del consumo. Otras respuestas provienen de las periferias de la modernidad tardía. De los países descolonizados donde la modernidad fracasó en transplantar su democracia liberal o sus formas socialistas. Allí lo que ha quedado es la frustración de ser considerados mano de obra precaria y, en grado sumo, desechable. Simple fuente de recursos naturales o lugar exótico del turismo global. Sometidos a gobiernos dictatoriales, avalados por Occidente, que destruyen sus vínculos de protección comunitaria, sin el contrapeso de los mecanismos de protección modernos. En muchos casos la respuesta ha sido el tribalismo de una comunidad imaginaria, supuestamente perdida, pero que es dudoso que alguna vez haya existido realmente.

A diferencia de la modernidad clásica que pretendía crear un mundo seguro y estable, la modernidad tardía disemina el miedo distópico de la inseguridad global representada por los riesgos crecientes, inmanejables, incalculables e inasegurables. Mientras la primera modernidad elaboraba imágenes utópicas que la movilizaban y renovaban, la modernidad tardía vive angustiada por los temores distópicos generados a partir de sus propios efectos perversos.

3. Las inseguridades como semblante distópico de la globalización.

Hemos pasado de una caracterización propiamente utópica a otra radicalmente distópica, en que las ideas de progreso y confianza en el futuro como agentes modeladoras parecen cada vez más vacías. A partir del 11 de septiembre de 2001 se ha desatado un reordenamiento geopolítico con amplias consecuencias sociales, culturales y políticas que suponen un escalonamiento de los miedos que ya tienen un carácter policéntrico, a diferencia de los temores de la Guerra Fría que encontraban en los hongos nucleares su imagen paradigmática del holocausto atómico, que subordinaba a todos los otros temores.

En la modernidad tardía marcada por la globalización el semblante de las inseguridades prolifera de múltiples formas, carente de jerarquías organizadoras. Una manifestación es la inseguridad económica y las crisis financieras recurrentes generadas gracias a los flujos crecientes de capitales. Estos flujos que tienen más poder que los Estados crean incertidumbre en los empleos y su calidad31. Otra cara de este fenómeno es la inseguridad cultural, producida por la distribución asimétrica de los medios de comunicación, así como sus contenidos. Estos amenazan efectivamente las culturas locales que no pueden reflejarse en lo global32. Los medios de comunicación -diversificados, globales, integrados verticalmente- suponen un mecanismo privilegiado de proselitismo de la globalización. La inseguridad personal sembrada tanto por la crisis del Estado como por la proliferación de las organizaciones criminales que actúan en un marco global desde hace mucho. Esto genera una creciente debilidad de las redes sociales haciendo que el Estado pierda legitimidad como garante de la cohesión social y -en grado extremo- la soberanía33. Una dimensión importante de esta forma de inseguridad es que las sociedades tardiomodernas son pospanópticas, ya que los instrumentos de vigilancia no están dirigidos a producir formas disciplinarias que se inserten en los modelos de la rehabilitación por medio del trabajo. Al contrario, están dirigidos a la inmovilización de los delincuentes. A mantenerlos localizados, penitencializados, evitar su movilidad en el amplio sentido del término. Más aun, es posible distinguir una criminalidad de base y cima, local y global, de excluidos e integrados. La criminalidad de los primeros conduce inevitablemente a la cárcel como inmovilización y transparencia, lo que se logra por medio de la extensión de las prerrogativas del derecho penal y el aumento de las penas. En resumen, más delitos y más severamente castigados. En el caso de los segundos, la máxima opacidad, la movilidad del crimen que supera las legislaciones nacionales. Un elemento añadido es la proliferación del uso político de la delincuencia como instrumento para aumentar el control social en pos del pretendido mantenimiento de la seguridad, identificando la delincuencia, por ejemplo, con la inmigración34. Este cuadro permite encontrar un chivo expiatorio frente a los temores y las crisis producidas por la globalización y la autoexpoliación del Estado de sus prerrogativas integradoras.
También nos encontramos con una inseguridad ambiental, que es específicamente moderna y que afecta al menos a 1.000 millones de personas de todo el mundo, debido sólo a la falta de agua35. A ello cabría añadir la carencia de alimentos y la lucha por introducir los alimentos basados en los organismos genéticamente modificados -OGM36- para crear nuevos mercados más dependientes, la disminución de los recursos energéticos, el calentamiento global, el aumento de las especies en peligro de extinción y un largo y agobiante etcétera. Un punto fundamental es que lo que comúnmente se denominan “catástrofes naturales” simplemente no existen. La mayoría de los fenómenos así catalogados son efectos de condiciones de pobreza estructural, que inciden, por ejemplo, en que los marginados deban ocupar los terrenos más baratos, más precarios y peligrosos, como son los suelos aledaños a los ríos y los montes, propicios para un desborde o un aluvión. La lógica de este ejemplo tiene una vasta aplicación y sirve para ver que tras las escenas de los medios de comunicación, que nos muestran la devastación de las supuestas catástrofes naturales, existe un proceso más complejo que está asociado a la marginación y que repercute directamente en los más pobres e indirectamente en los más ricos. Seguramente después del aluvión vendrán unas epidemias agravadas por la inexistencia de centros sanitarios. Más tarde se producirá un flujo migratorio de los supervivientes hacia las ciudades cercanas, lo que generará la inseguridad de los ya asentados. El círculo vicioso es claro. No hay posibilidades de comprender la dinámica de estos acontecimientos desde una mirada simplemente local. Tanto sus orígenes como sus consecuencias son globales.

Beck nos recuerda que los daños ecológicos globales sobrevienen en contextos de modernización iniciados o interrumpidos. Esto está vinculado, primeramente, a los daños ecológicos causados por los centros industriales, que intentan externalizar los costes de producción y el daño inflingido por el sobreconsumo de las sociedades más ricas. En segundo término nos encontramos con los daños ecológicos condicionados por la pobreza, que en realidad son daños autoinflingidos y que sólo secundariamente afectan a los más ricos. Nuevamente se reproduce aquí la diferenciación de base y cima, local y global, ya que los pobres están obligados a degradar los ecosistemas para sobrevivir y no pueden huir a zonas más seguras. Los que han adquirido la riqueza de poder transitar globalmente, pueden escapar de las consecuencias de los desastres ecológicos. La localidad se vuelve a expresar como encierro y condena. A ello se suma -como señala Beck- un tercer factor de riesgo ecológico global derivado de la proliferación, abaratamiento y descontrol de la posesión de las armas de destrucción masiva, que pueden caer en grupos o Estados dispuestos a usarlos37.
Lo anterior nos conduce a la inseguridad política y social que se traduce en la inestabilidad creciente de las sociedades. “De los 61 conflictos armados importantes librados entre 1989 y 1998, sólo tres fueron entre Estados y el resto fueron conflictos civiles38.” Sin embargo, se ha producido un importante cambio a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, ya que los conflictos entre Estados parecen retornar en un vasto reordenamiento geopolítico, que en lo que lleva del nuevo siglo se ha cobrado dos guerras. Ciertamente la importancia de esta situación será de muy largo alcance. Sin embargo, lo que se avizora tras el unilateralismo estadounidense es el nacimiento de una inédita posición imperial, no explicable bajo los paradigmas de los estudios tradicionales del imperialismo39.
En un plano diferente, pero no menos importante, nos topamos con la inseguridad existencial. El mal que la modernidad quiso destruir de raíz, retorna ahora bajo la forma de la precariedad ontológica. Anthony Giddens la define como una forma de inseguridad, basada en la falta de garantías en la continuidad de la autoidentidad y en la permanencia de sus entornos sociales y materiales de acción40. La seguridad en sí mismo, en los demás y en el entorno, es la base psicológica de la confianza, que sirve de soporte a la seguridad ontológica. Sin ella el entramado de la cohesión social y cualquier relato posible del progreso y la acción política se diluye. Como veremos más adelante a propósito de la fluidez ontológica, la seguridad existencial moderna encontraba su marco de referencia en el sujeto fuerte que aseguraba la continuidad del yo en un mundo cambiante. Pero esto ya no es posible tras la fractura del sujeto. La totalidad que se desvanece en el aire lo incluye llevándolo al límite de sus posibilidades y forzándolo a la licuefacción.
Los riesgos crecientes, incontrolados, trascendentales al individuo muestran que la existencia y la continuidad del yo es una fortuna azarosa si nos fijamos en todo lo que amenaza la vida. La modernidad tardía se ha vuelto prolífica en la creación de riesgos al tiempo que el desencantamiento del mundo hace imposible culpar a los dioses o al destino. La rueda de la fortuna gira y parece estar cargada de los peligros que la misma complejidad social moderna produce. Los intentos por reforzar las seguridades parecen desembocar en lo opuesto. En la sensación de que nada puede hacerse y que estamos entregados a la suerte que los sistemas sociales creen. La depresión y el estrés son formas de padecimiento de la impotencia frente a una inseguridad con la cual debemos vivir, forman parte de nuestra historia personal y es necesario escribir nuestras biografías con ellas. Estamos obligados a incorporar dicha inseguridad en nuestras vidas de formas muy concretas, buscando modos de alejar el peligro y gestionarlo.
La inseguridad existencial ya no es una marca distintiva de los exploradores de las fronteras sociales, como filósofos, poetas, escritores, artistas, etc. Es ahora una marca de todos los habitantes de la modernidad tardía, aunque no sea suficientemente nombrada. Como señala Giddens no se puede vivir continuamente de cara a la inseguridad ontológica41. Tanto las sociedades como los individuos no pueden desarrollar su vida cotidiana sabiendo que al mismo tiempo su propia existencia es tan precaria que evapora el sentido de lo que está más cercano. Hace falta, parafraseando a Orwell, un doblepensar reforzado por la rutina, que por una parte permite vislumbrar el avance de los riesgos más allá de los umbrales aceptables e ignorarlo cuando se mantiene lo suficientemente lejano. El umbral es relativo. Depende principalmente de la capacidad de los medios de comunicación para “mostrar” los riesgos y ponerlos en los primeros lugares de la agenda pública y que el sistema político lo permita. Pero más allá del carácter episódico, la inseguridad existencial se ha vuelto un elemento permanente del modo de vida al interior de la modernidad tardía. Ya no es la conmoción frente a la percepción de la finitud, el advenimiento de la mala fortuna que inesperadamente golpea la puerta o el resultado de la contemplación de lo sublime o lo bello en el sentido kantiano que confirma los límites de la acción humana.
Es sorprendente que estas formas de inseguridad existencial se produzcan en medio de una atmósfera de optimismo histórico débil, que hace que las inseguridades tengan un carácter pasajero, limitado. En definitiva, se supone que la modernidad tardía todavía pretende crear los instrumentales para superar todos los temores. Durante la primera modernidad los inseguros existencialmente eran considerados aves de mal agüero, que pretendían contradecir con su “enfermedad” la evidencia de que el proceso civilizador se estaba desplegando para desterrar por fin los miedos. Era también señal de una cierta decadencia de espíritu sólo restringida a quienes podían permitírselo desde sus altas atalayas. Una enfermedad de la cultura sostenida por una burguesía reaccionaria, incapaz de ver la luz moderna y atada al pasado. Hoy en cambio la inseguridad existencial es más democrática, abarca al conjunto de la sociedad. Ha dejado de convertirse en una enfermedad de pocos y selectos para ser una condición de los muchos que están atrapados en la localidad. Y es que lo que alimenta la inseguridad existencial ya no es lo mismo que durante la modernidad clásica. Es la proliferación de los riesgos concretos y tangibles que afecta a todos y no solamente a los dotados de una subjetividad especialmente sensible, cultivada y predispuesta. El contexto también ha cambiado, ya no se trata del optimismo moderno, sino de un realismo que vislumbra los peligros, puede comprender lo cerca que se encuentran y, por tanto, es una percepción compartible, comunicable. Otra característica muy importante es que la inseguridad existencial anuda lo social y lo político con lo subjetivo e íntimo. Dicho de otro modo, para la inseguridad existencial no existe una distinción entre lo privado y lo público, entre el regazo del hogar y el espacio abierto de las calles, entre el espacio interior de nuestro cuerpo y lo que está afuera. En contraste, ella instaura un espacio de flujo entre estas instancias antes claramente delimitadas y sólo la resistencia consciente en la rutina las mantiene separadas.

Giddens resume las respuestas ante la inseguridad ontológica42 -ampliables a todas las inseguridades de orden global- en cuatro grandes trazos: primero, la aceptación pragmática, centrada en el sobrevivir y ganar lo que se pueda mientras se pueda. Segundo, el optimismo sostenido derivado de actitudes residuales de la Ilustración, como la confianza en la razón providencial o las capacidades de la ciencia para encontrar soluciones. Esta forma de respuesta encuentra una afinidad electiva con las respuestas religiosas. Tercero, el pesimismo cínico que está en medio de la depresión y la irónica intermediación con la realidad. Y cuarto, el compromiso radical que mezcla un cierto optimismo limitado con la acción práctica expresada en los movimientos sociales. Estas respuestas muestran los profundos cambios implicados en el advenimiento de la modernidad tardía y el repliegue de los fundamentos de la primera modernidad.

El resultado no deja de sorprender. El proyecto moderno -en particular el ilustrado- se arropó en la promesa de la construcción de un mundo seguro y el utopismo la radicalizó a través del sueño de un mundo sin horror. Que la modernidad tardía traiga -por medio de la globalización- una proliferación de la inseguridad, los riesgos y los temores desmonta por sí sólo el fundamento y legitimidad del proyecto moderno y su utopismo residual. En efecto, las imágenes distópicas pueblan las referencias a la modernidad tardía haciendo que la veamos como un tren desbocado que hay que frenar o al menos reconducir para paliar sus efectos perversos. Bauman nos recuerda que a pesar de los peligros de la Guerra Fría, en dicha época existía aún una ilusión de totalidad, que implicaba que las potencias enfrentadas ejercían el control y eran capaces de mantener el orden en medio del equilibrio del terror43. En el mapa mundial cada pequeño país y territorio, cada movimiento social -por insignificante que pareciera- formaba parte de ese equilibrio de fuerzas que estaba obligado permanentemente a recomponerse. Ambas potencias tendían a su universalización, por lo que la modernidad tardía en alguna de sus versiones, capitalista o socialista, estaba destinada a desplegar un nuevo orden mundial.

Dicha universalización aún mantenía el hálito de las esperanzas ilustradas. La Guerra Fría debía culminar con la victoria de uno de los polos o en el peor de los casos con la distópica imagen de cientos de hongos nucleares devastando el planeta. La globalización, en cambio, es un término asociado a los efectos perversos de la modernidad tardía. Un concepto, que siendo problemático, está ligado al carácter de los efectos incontrolados, donde al parecer nadie puede gobernar los acontecimientos. En consecuencia, la globalización es una noción opuesta a la de universalización. La primera carece de una semántica de esperanza en el futuro y el progreso -salvo para los neoliberales- y enfatiza el riesgo y la inseguridad. La perspectiva de Bauman acentúa la condición de descontrol en una variante similar a la de la pérdida de cartografías cognitivas de Jameson44. Bauman se centra más en los riesgos, en los factores de la incertidumbre. Pero es necesario destacar, que los centros articuladores siempre generan formas de organización, que suponen la destrucción de los órdenes precedentes. Más aún, el orden que logra preservarse es justamente aquel que es capaz de integrar el caos, para amoldarse a un mundo inseguro e inestable. Recuérdese que para un orden en construcción, las alternativas de ejercicio del poder siempre implican elegir opciones en una relación de costos y beneficios, que no necesariamente son compartidos por los demás actores subordinados. Por ende, la valoración de lo indeseado de ciertos efectos, cabe dentro del campo táctico de lo que se juzga aceptable en pos de otros objetivos considerados superiores. Temas como la contaminación mundial, la reducción de las especies y los peligros tecnológicos, entre otros, se han revelado como objetos de disputa en la ampliación del capitalismo y sus cercamientos.

No podemos perder de vista que existen unos específicos promotores de la globalización para los cuales ésta tiene un carácter de proyecto. Una imagen que se arropa utópicamente con los residuos del progreso de Occidente. Debemos comprender que la globalización es mucho más que la actual destrucción de los entornos sociales, económicos e institucionales. También tiene contenidos afirmativos, de creación de nuevas realidades. El complejo mapa de las inseguridades, que se acaba de esbozar, no puede cegarnos ante un hecho esencial: la modernidad tardía también ha generado los instrumentos necesarios para la eliminación de las principales y más terribles formas de privación humana. Ciertamente el reino de la necesidad expresado en el hambre, la enfermedad, la miseria y la ignorancia puede ser superado con los medios actualmente existentes. La hipótesis que la escuela de Frankfurt estableció a mediados del siglo pasado se ve verificada ahora por los datos empíricos. Si tales superaciones no se han llevado a cabo es justamente porque existen actores mundiales específicos que se oponen. Ese es el centro de la política mundial y el nudo crítico de la crisis moral de la modernidad.

Al haber creado esos instrumentos, la modernidad impulsa la dinámica por la cual sigue siendo deseada, todavía recoge esperanzas y los discursos de los políticos aún apelan al progreso, especialmente en los países en vías de desarrollo. Mucho del potencial de esa añoranza se basa en la unidad de los procesos de globalización y modernización. Ambos se han vuelto indisolubles, convirtiéndose en un binomio donde los términos necesariamente refieren el uno al otro. La convivencia en un mismo tiempo global produce que la historia sea también global. En efecto, la globalización informativa crea la simultaneidad de hechos no simultáneos, que se integran en la “historia mundial”. Lo local cobra perspectiva y explicación desde el punto de vista de lo global. Sin embargo, no debe olvidarse que este proceso ocurre de manera asimétrica, ya que el reflejo depende de los recursos de poder. No todas las localidades pueden reflejarse de igual modo en lo global, más aun, amplias localidades son simplemente ignoradas.
El influjo de lo global absorbe las temporalidades cruzadas y las resignifica45, es un horizonte de la acción que penetra en las cotidianeidades de las temporalidades cruzadas. Efectivamente, lo global mantiene una cierta afinidad con lo postmoderno, pero las otras temporalidades también se ven afectadas por este horizonte. Los indígenas ven de pronto que sus selvas son taladas, sus tradicionales recursos patentados y devorados, sus tierras anegadas por una nueva represa que se ha decidido construir a miles de kilómetros. Pero igualmente descubren que existen miles de personas dispuestas a solidarizarse por medio de Internet, que pueden desarrollar resistencias en los medios de comunicaciones. En este sentido, una característica distintiva que la globalización ha acentuado es la reflexividad. Las localidades se descubren mutuamente y pueden establecer redes de comunicación en un nivel superior, más integrado y más complejo que antes. Pertenecer a un pequeño mundo global nos genera la percepción de ser realmente una humanidad y que todos los asuntos que ocurren nos involucran. Ello no supone que las democracias posibles sean un producto inherente de las nuevas tecnologías. Por el contrario, la democracia global será el resultado de la lucha de los ciudadanos globales, que habiéndose apropiado colectivamente la tecnología, llevarán los procesos de comunicación y reconocimiento a nuevos niveles46.
Está en ciernes la formación de una subjetividad de especie que reclama un destino común que va más allá de los despachos de los centros de estudios prospectivos, de los intelectuales y los políticos. Es una sensación que se abre paso en la vida cotidiana. Lo global no es algo que acontece fuera de las fronteras de lo local, sino que, al contrario, sucede en el centro mismo de las localidades. Lo global se vive y es asible en lo local en una suerte de conexión que se ha denominado glocalización47, es decir la conjunción de lo global y lo local en fenómenos culturales híbridos. Lo local es la fracción que nos permite tener experiencia de lo global. Pero las capacidades de acceder a esta experiencia son desiguales produciéndose una nueva forma de estratificación mundial.
Para los que acceden a ella, el espacio ya no tiene un carácter restrictivo. Pueden transitar junto a sus propiedades de un Estado a otro y el primer resultado es que sus biografías se globalizan en un sentido positivo, ya que la riqueza y la diversidad del mundo se les vuelve accesible. Para los confinados en la localidad la porción posible de lo global se restringe al consumo de los medios de comunicación. Tanto sus cuerpos como sus expectativas de vida están amarrados al encierro de lo local. La globalización ha diluido la unidad de tiempo y espacio al proporcionar a los globales la capacidad de tránsito mundial, pero también ha creado una forma de confinamiento local, que sólo es superable a través de los flujos migratorios cada vez más rigurosos y penalizados. La globalización también ha destruido las coordenadas básicas que llevaban a formular las luchas políticas en el ámbito de los Estados nacionales. Ello hace necesario que los nuevos utopismos emergentes creen nuevas coordenadas que integren las dimensiones globales y locales no como un par de opuestos enfrentados, sino como dos momentos e instancias de la misma experiencia.

Siguiendo a Bauman, hasta ahora “ser local en un mundo globalizado es una señal de penuria y degradación social48”. La oportunidad de huir del encierro de la localidad se vive, desde la perspectiva de los pobres, como un exilio a través de la emigración forzosa, penalizada, perseguida y estigmatizada. El mundo ya no muestra su cara amable y benéfica, sino que se convierte en el menú de la represión, las fronteras infranqueables, la eterna y kafkiana búsqueda de “los papeles”. En definitiva, la condición existencial de “ilegales”. Incluso la imagen represiva por antonomasia de la modernidad, el panóptico, se transforma de acuerdo a las nuevas relaciones de la modernidad tardía. En efecto, mucho se ha dicho respecto de la ampliación de las capacidades panópticas por medio de las nuevas tecnologías, olvidando cual era el objetivo primigenio con el cual se concibió tal dispositivo. El panóptico fue eficiente para la articulación supralocal de amplios territorios y para disciplinar y homogeneizar las fuerzas de trabajo mediante la introyección de la vigilancia. Era en rigor un dispositivo adecuado a una era de producción y trabajo localizado, que más tarde encontraría su empalme productivo en el fordismo. Sin embargo, el panóptico queda desfasado en sus objetivos e instrumentos en una sociedad de consumo, de individuos con capacidades de transitar globalmente desligándose del territorio y otros encerrados en la localidad. Se ha indicado que las bases de datos ocuparían el lugar del panóptico como una forma adecuada de control en las sociedades de consumo. Pero, como indica Bauman, las bases de datos tienen una lógica diferente, ya que registran información en función de diferenciar perfiles para la segmentación del mercado. No trabajan con la homogeneidad, sino con la producción de diversidad y sus matices cualitativos en nichos de mercado cada vez más precisos.

Pero Bauman sólo nos indica la cara de acceso de este fenómeno. En esta faz los consumidores están gustosos de figurar en las bases de datos, porque eso los confirma en sus capacidades de consumo y sus posibilidades de acceder a las mercancías y el transito global. El no aparecer en las bases de datos implica una deficiencia, ser consumidores defectuosos. La integración en ellas otorga libertad de movimiento y consumo, conservando a los globales dentro del mercado y expulsando a los locales que no tienen nada digno de ser registrado49. Pero Bauman pasa por alto que esa carencia se ha revelado como valiosa para mantener a los locales en su condición de tal. En efecto, proliferan las bases de datos que tienen un carácter eminentemente excluyente y represivo. Esto es lo que podríamos designar como la faz de negación del acceso50. Profusas bases de datos que registran a los catalogados como indeseables para impedirles el paso. Allí el paradigma básico es el de los flujos migratorios, su regulación y represión.
En consecuencia, las bases de datos cumplen funciones distintas a las asignadas tradicionalmente al panóptico. Éste era un instrumento de optimización del dominio territorial. La modernidad tardía ha creado sus propios instrumentos, que en algunos casos, funcionan en un sentido inverso al panóptico. Es el caso del sinóptico51 que integra a los medios de comunicación tradicionales y los surgidos de las nuevas tecnologías de la información. Este dispositivo, global por naturaleza, invierte las relaciones entre vigilantes y vigilados, ya que forma un medio interactivo unidireccional. Mientras el panóptico funcionaba mediante la coerción que obligaba a los individuos a permanecer en un cierto espacio para ser vigilados, el sinóptico los seduce para permanecer capturados como observadores. En dicho proceso son formados como consumidores, que crean su identidad a partir del menú de los estilos de vida52.

La globalización muestra que la modernidad tardía trae aparejada otro modo de formación del sí mismo, que ya no tiene como referente el arquetipo estatal y nacional, sino uno nuevo que se ha liberado del territorio como fuente de identidades. La consecuencia más importante es que el sí mismo no está ya atravesado por las múltiples tensiones de las narrativas diferentes y enfrentadas que le ofrecían relatos posibles para su autoconstrucción. Otra diferencia relevante es que la tendencia a la hegemonía acepta un patrón de diversidad en vez de tender a la consolidación de homogeneidades inmutables. La diversidad se instala definitivamente como una característica cultural de la modernidad tardía, pero dicha diversidad sólo es posible al interior del consumo y está regulada por los amplios dispositivos disciplinantes del mercado.

Cuando señalo el papel central del consumo no me refiero a los actos limitados de la compra y la venta, sino que al proceso de resignificación intensiva, incesante y dinámica del mundo bajo la categoría omnicompresiva de la mercancía53. La observación heideggeriana respecto de que todo lo real aparece bajo la determinación de lo dispuesto se nos presenta hoy como absurdamente pueril e incompleta, ya que nada nos dice de los mecanismos que invaden las entidades y las vuelve algo dispuesto. La condición según la cual toda entidad se vuelve mercancía aparece con todas sus implicancias conceptuales en la revolución industrial, pero sólo la modernidad tardía realiza esa categoría al extenderla en términos prácticos a todas las esferas. Está dentro de las lógicas del capitalismo desde sus inicios que la totalidad del mundo emerja ante nosotros como un inmenso espacio para ser consumido y que en ese proceso nos definamos, creemos nuestras subjetividades y nuestras relaciones existenciales.
Lo que observamos es un inmenso salto cualitativo de la mercancía como agente resignificador, al tiempo que los mercados subsumen nuevos territorios geográficos y vitales. El cambio consiste en que las dimensiones de la propia vida se convierten en objeto de consumo. Por lo tanto, las diversidades de los estilos de vida, las formas de construcción de subjetividades, no pueden escapar al marco categorial del consumo. Al contrario, son definidas desde él. La multiplicidad es, por ende, una determinación emergente del capitalismo tardío que requiere de un dinamismo incesante de los mercados. Ello nos impone la necesidad de readecuar la tradicional lectura proveniente de los análisis sobre el totalitarismo y la teoría crítica, que supone que el capitalismo lleva a cabo una incesante labor de homogeneización de la cultura, al modo de un colectivismo de las grandes corporaciones54. La modernidad tardía trastoca la dialéctica de la Ilustración, así como su concepto de totalidad. Ésta ya no es un mar de homogeneidad estática y totalitaria, al estilo de lo que fue el nazismo o el estalinismo. Es algo mucho más complejo, que radica en un dinamismo que se sostiene en las diferencias que aportan nuevos elementos inéditos a la circulación de las mercancías. Todo un archipiélago de valores agregados, en juegos de sinergia e hibridación.

La formación de identidades en la modernidad ilustrada tendió a un punto ideal de quietud infinita, donde el poder detenía el flujo del cambio, de la historia como el acontecer de la lucha política. La modernidad tardía, en cambio, se caracteriza por una formación del sí mismo diferente, ya que pone en ejercicio una estructuración que implícitamente inserta en sí el dinamismo de la diferencia, el caos de lo opuesto. Se dirige a mantener el marco rígido del capitalismo para que dichas diferencias fluyan desde el suelo de lo local a su plena inserción como mercancía en lo global. Ciertamente esta nueva forma también pretende la clausura del tiempo, particularmente la de la historia política bajo la imagen de la paz perpetua, pero no la de Kant, sino la de una nueva formación imperial. En efecto, es condición de la definición del poder intentar crear las condiciones para su perpetuación, lo que implica socavar la comprensión de la historia como permanente transformación.

La modernidad tardía asumió la fractura política y trascendental del progreso como eje de su idea de historia. Consecuentemente, su noción de progreso está restringida al aumento de la espiral del consumo, en el contexto de una sensibilidad temporal impregnada por el concepto de la moda. Un juego a la vez espectral y significante, económico y cultural, inclusivo y excluyente, local y global que sabe mantener una esfera dinámica en lo social. El capitalismo tardío ha hecho que la modernidad deje atrás la aspiración a una realización pétrea, como fuente inmutable de estabilidad. Con ello reconoce que acoge la necesidad de una cierta movilidad constituyente, un caos autoproducido, tolerado e inducido que amplía los horizontes, al tiempo que diversifica los objetos sobre los que recae. La transición hacía una fluidez ontológica es un proceso que tiene dimensiones mucho más amplias que las económicas. Es más, se produce una fusión de las esferas económicas, culturales y políticas55.

Beck notó que la globalización requiere de un cambio axiomático del paradigma nacional-estatal, basado en la elección esto o eso, propio de las fronteras e identidades bien delimitadas y pretendidamente impermeables a la polisemia y la incertidumbre. La nueva axiomática global se basa en el enlace esto y eso. Un cambio donde las categorías no son sustituidas unas por otras, sino que se suman a las ya existentes, haciendo visible la proliferación de la hibridación56 en los objetos, porque los instrumentales analíticos son también híbridos. Ellos forman parte del objeto analizado57. La globalización de la modernidad tardía no puede acontecer sin una hibridación cultural de profundas repercusiones y con un carácter asimétrico basado en la hegemonía de las culturas occidentales.
Así, lo político es necesariamente global, ya que las decisiones locales no pueden permanecer en el encierro de la particularidad. Ya no es posible el solipsismo del circuito cerrado de los mundos comunitarios al margen de lo global. La globalización en este sentido produce universalismos y particularismos, vínculos y fragmentaciones, centralización y descentralización, conflictos y conciliaciones e igualmente produce en las izquierdas la nostalgia del Estado social y en las derechas conservadoras, aún no lo suficientemente enteradas, una nostalgia del Estado nacional58. Esta apertura forzada se vive -y seguirá siendo así durante largo tiempo- como una catástrofe y el comienzo de la desintegración del viejo terruño. La pérdida del arraigo como fuente de la identidad y los proyectos de vida. Sin embargo, también existe un pequeño, aunque importante margen para que estas aperturas sean un comienzo de otras formas de construcción de identidades basadas en el viaje, la hibridación y la mezcla más allá de las fronteras. Esto conlleva un carácter de presencia en varios lugares a la vez, una capacidad de ser translocal, que permite la autoexploración de sí a través del viaje en medio de mundos diversos. Por tanto, lo global no es un espacio separado de las localidades, es justamente la comunicación intensiva de ellas59. En este sentido la globalización a pesar de todos los temores ya mencionados, nos trae la posibilidad de recrear nuestras lecturas de la emancipación desde un punto de vista diferente al tradicional, ya que la imagen de una sola humanidad, con una unidad de sentido y futuro, ha pasado de ser una idea abstracta a una necesidad política y ética de primer orden.

1 Doctor en Filosofía. Universidad Complutense de Madrid. El presente artículo forma parte del proyecto posdoctoral 3050013 -financiado por FONDECYT- titulado “Crisis de la interpretación de la modernidad en el contexto de la dialéctica de la Ilustración. Una mirada desde la fluidez ontológica” radicado en la Universidad Diego Portales.
2 Giovanni Arrighi. “La globalización, la soberanía estatal y la interminable acumulación del capital.” Rev. Iniciativa Socialista. Nº 48. Marzo 1998. Valencia. p. 1.
3 Ibid. p. 2.
4 Ibid. p. 4.
5 Ibid. p. 8. El autor duda que los Estados nacionales hayan tenido alguna vez los poderes que se supone van a perder como resultado de la globalización. También señala que este proceso genera “condiciones de demanda y de oferta” que están marcadas por la excesiva liquidez, la que es ofrecida bajo formas especulativas por los agentes financieros. Por su parte, las organizaciones territoriales luchan entre sí por captar esa liquidez que fluye atrayendo la inversión. Ese enfrentamiento genera las crisis que tienen como efecto la pérdida de poder para gestionar sus propias economías.
6 Michael Hardt y Antonio Negri. Imperio. Barcelona. Paidós. 2002. p. 16. Los autores subrayan que desde sus orígenes la constitución estadounidense tiene una dimensión imperial, lo que significa que conceptualmente tiene fronteras abiertas, en expansión y con un poder articulado en redes. Recuérdese que la hipótesis más importante de los autores es la distinción entre los conceptos de imperialismo e imperio. El imperialismo estuvo marcado por la primacía y extensión de los Estados soberanos europeos, manteniendo fronteras bien delimitadas y controladas entre ellos. El imperio, en tanto, se caracteriza por el ocaso de la soberanía moderna. Es un aparato descentrado y desterritorializado, sin límites de fronteras, que incorporara la totalidad del globo y, por lo tanto, carece de un centro de mando y un centro de oposición. Maneja identidades híbridas, jerarquías flexibles y redes de mando adaptables. Asimismo, pretende clausurar la historia manteniendo su dominio en una atemporalidad. Finalmente, el imperio crea un nuevo control biopolítico que disciplina intensivamente los mundos de vida.
7 G. Arrighi. Op. Cit. p. 12. Asimismo, Informe sobre desarrollo humano 2002. Nueva York. Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. PNUD. Ediciones Mundi-Prensa. 2002. p. 19. Igualmente, M. Hardt y A. Negri. Imperio. Op. Cit. p. 22.
8 Roberto González Gómez. Estados Unidos: Doctrinas de la Guerra Fría. 1947-1991. Centro de Estudios Martianos. La Habana. 2003. p. 29.
9 G. Arrighi. Op. Cit. p. 16.
10 Ibid. p. 16.
11 Como se sabe el Grupo de los Siete, G7, reúne a los países más industrializados del planeta: Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá, Estados Unidos y Japón. También se unió, por razones geopolíticas, Rusia. La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, OCDE, está integrada por las treinta naciones capitalistas más industrializadas.
12 El autor apuesta por el sudeste asiático como el nuevo centro capitalista mundial, por la gran cantidad de capital financiero que está afluyendo a esa zona. Esto redundaría en una mayor integración económica global debido a la conexión de la región con el resto del mundo como consumidor de materias primas, alta tecnología y productos culturales. G. Arrighi. Op. Cit. p. 22.
13 José Miguel Marinas. La fábula del bazar. Orígenes de la cultura del consumo. Madrid. Antonio Machado libros. 2001. p. 43.
14 Ulrich Beck. ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización. Barcelona. Paidós. 1998. p. 71. Esta hipótesis es compleja. Lo verdadero de ella radica en que EE.UU. tiene una desproporcionada participación en las industrias de las comunicaciones, el ocio y el consumo cultural, pero ciertamente no es el único actor con pretensiones hegemónicas. Lo falso de la hipótesis radica en su carácter homogeneizador. Por el contrario, los mercados mundiales necesitan de la diversidad como motor del dinamismo económico. Pero es una diversidad procesada por la segmentación del consumo.
15 “Actualmente se intercambian en los mercados monetarios del mundo más de 1,5 billones de dólares por día, y se comercia casi una quinta parte de los bienes y servicios que se producen todos los años.” En Informe sobre desarrollo humano 1999. Nueva York. PNUD. Ediciones Mundi-Prensa. 1999. p. 1. Dicho informe está dedicado al tema de la globalización. Para una imagen más actualizada ver, El atlas de Le monde diplomatique. Valencia. Ediciones Cybermonde. 2003.
16 Conviene recordar que la distinción entre primera y segunda modernidad pertenece a Ulrich Beck y distingue -por una parte- entre la modernidad clásica, dominada por los paradigmas de la Ilustración y la revolución industrial y -por otra- la modernidad reflexiva, caracterizada por los flujos de conocimiento y consumo y proclive a la proliferación de los riesgos. Usaré el concepto de segunda modernidad como sinónimo de modernidad tardía. U. Beck. Op. Cit. p. 26 y ss.
17 Zygmunt Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. México, DF. Fondo de cultura económica. 1999. p. 132.
18 Jüngen Habermas. Problemas de legitimación en el capitalismo tardío. Barcelona, Cátedra. 1999. p. 68.
19 Retamal, Christian. “Luchas utópicas y paraísos triviales. Sobre la colonización del imaginario utópico por el consumo.” El rapto de Europa, nº 1. 2002. p. 43-62.
20 Z. Bauman. Modernidad líquida. Buenos Aires. F.C.E. p. 13.
21 Los cercamientos como manifestación de la privatización radical tiene ejemplos amplios que van desde la implantación de los alimentos genéticamente modificados, la apropiación del conocimiento aborigen respecto de las semillas y las plantas medicinales y todo el rango amplio de privatización del conocimiento producido colectivamente. Igual lógica subyace en las políticas de licitación y bonos por emisión de contaminantes, la privatización de los espacios públicos, etc.
22 Tomo este concepto de Josetxo Beriain. “Modernidades múltiples y encuentro de civilizaciones”. En Papers 68. 2002. 31-63.
23 U. Beck. Op. Cit. p. 91. Igualmente, Z. Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. pp. 11-15. Del mismo autor, Trabajo, consumismo y nuevos pobres. Barcelona. Gedisa. 2000. p. 62.
24 Para un análisis detallado de los antecedentes del internacionalismo y la formación de la Primera Internacional, ver Jacques Droz. Historia general del socialismo. De los orígenes a 1875. Vol. 212. p. 773 y ss. En el Vol. 225 se encuentra un análisis similar respecto de la 2ª Internacional. De 1875 a 1918. p. 447 y ss.
25 Scott Lash. “La reflexividad y sus dobles: estructura, estética, comunidad.” En Beck, Ulrich. Giddens, Anthony y Lash, Scott. Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Madrid. Alianza. 1997. 139. Asimismo, U. Beck. Op. Cit. p.74.
26 En este sentido se pueden precisar unas esferas específicas. Primero, de orden geopolítico y militar, especialmente en las luchas por los recursos energéticos. Segundo, de subordinación política y reformas neoliberales a escala mundial y, tercero, la imposición de las formas de vida occidentales. Sobre el primer punto ver Carlos Frade. “La nueva naturaleza de la guerra en el capitalismo global” En Le monde diplomatique. Año VI. Nº 83, septiembre 2002. Edición española. pp. 10-12. Global trends 2015. A dialogue about the future with nongovernmental experts.Washington. Central Intelligence American. 2000. Sobre el segundo punto J. Habermas. Op. Cit. Giovanni Arrighi y Beverly Silver. Caos y orden en el sistema-mundo moderno. Madrid. Akal. 2001. Sobre el tercer punto, Yves Brunsvick y André Danzin. Nacimiento de una civilización. El choque de la mundialización. París. UNESCO. 1999. Anthony Giddens y Will Hutton. (Editores.) En el límite. La vida en el capitalismo global. Barcelona. Tusquets. 2001. Anthony Giddens. Consecuencias de la modernidad. Alianza. Madrid. 1993. Manuel Castells. La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Alianza. Madrid. 2000. Además las obras de Z. Bauman y U. Beck ya citadas.
27 Z. Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. p. 17.
28 Agnes Sinai. “Cómo vende Monsanto los Organismos Genéticamente Modificados. Informe sobre una desinformación.” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 69. Julio. 2001. Edición española. pp. 16-17.
29 U. Beck. Op. Cit. p. 46.
30 Z. Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. p. 164.
31 Informe sobre desarrollo humano 1999. Op. Cit. p. 4.
32 Informe sobre desarrollo humano 2002. Op. Cit. pp. 78. Dan Schiller. “El mundo renovado: telecomunicaciones y globalización del capital.” En F. García Selgas y J. Monleón. Op. Cit. p. 231.
33 El efecto no es disimulable si se considera que en 1995 el conjunto del comercio de drogas ilícitas llegó al 8% del comercio mundial, por sobre la industria del acero o el automóvil y equivalente del 2% al 5% del PIB mundial. Informe sobre desarrollo humano 1999. Ibid. p. 5.
34 Z. Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. p. 144 y ss. Informe sobre desarrollo humano 2002. Ibid. p. 68.
35 De acuerdo al cumplimiento actual de las políticas internacionales contra el hambre “se tardará más de 130 años” en erradicarla del mundo. Informe sobre desarrollo humano 2002. Ibid. p. 21.
36 Susan George. “Nadie quiere los OGM, salvo los industriales.” En Le monde diplomatique. Año VII. Abril 2003. Nº 90. Edición española. pp. 4-5.
37 Sin embargo, esto revela un aspecto trágico e irónico a la vez, ya que los nuevos conflictos militares son cada vez más asimétricos y, por otra parte, se suele separar arbitrariamente la producción, posesión y uso de las armas de destrucción masiva en actores responsables e irresponsables. Dicha distinción es absurda, no sólo porque carece del sustento histórico, sino porque son justamente los Estados pretendidamente “responsables” y sus empresas, los que han creado estas armas, las han usado prolíficamente, las han vendido y luego han hecho la guerra a sus antiguos clientes.
38 Informe sobre desarrollo humano 1999. Op. Cit. pp. 5 y 16. “La proliferación de los conflictos, especialmente los conflictos internos, pone de relieve la fragilidad de los Estados.”
39 M. Hardt y A. Negri. Op. Cit. p. 25.
40 A. Giddens. Consecuencias de la modernidad. Op. Cit. p. 91.
41 Ibid. p. 125.
42 Ibid. p. 129 y ss.
43 Z. Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. p. 81.
44 Fredric Jameson. Teoría de la posmodernidad. Madrid, Trotta. 1998. P. 62.
45 U. Beck. Op. Cit. p. 27 y ss. El autor distingue entre globalidad como sinónimo de lo mundial, cuyo sujeto es la sociedad mundial. Se caracteriza como una pluralidad sin unidad, es reflexiva y no cabe en los marcos de la política estatal-nacional. El término globalismo lo restringe a la ideología del neoliberalismo y del predominio económico sobre el político. El concepto de globalización, lo usa en cambio para señalar el proceso de mezcla e hibridación de los Estados, mediante la interacción de los actores trasnacionales. En esta perspectiva, demasiado optimista, la globalización revaloriza culturas locales y crea una sociedad mundial sin Estado, por medio de los espacios y vínculos trasnacionales. Esto olvida que las sociedades establecieron vínculos trasnacionales desde hace mucho tiempo, tanto en sus dimensiones como en sus objetivos. No solamente los movimientos sociales ligados a las izquierdas y sus oponentes capitalistas son una expresión de lo mundial. En un ámbito muy distinto, los intelectuales y el conjunto de sus conocimientos, prácticas e instituciones, forman un grupo que al pretender hablar por medio de la razón universal, adoptan una posición trasnacional.
46 Para ver los modos de apropiación social de la tecnología y el conocimiento en medio de la globalización ver el excelente libro recopilatorio Capitalismo cognitivo. Propiedad intelectual y creación colectiva. Madrid. Traficantes de sueños. 2004.
Disponible en http://traficantes.net/editorial/editorial.htm [consultada, 30/09/2005]
47 U. Beck. Op. Cit. p. 79. El autor toma este concepto de R. Roberson, en Mike Featherstone, Scott Lash y Roland Roberson. Global modernities. Londres. Sage, 1995. p. 145.
48 Z. Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. p. 9.
49 Ibid. p. 69.
50 A modo de ejemplo, Jelle Van Buuren. “Los tentáculos del acuerdo Schengen” En Le monde diplomatique. Año VII. Nº 89, marzo 2003. Edición española. p. 3. El autor realiza una interesante investigación sobre el Sistema de Información Schengen, SIS. Dicho sistema es una amplia base de datos de las policías europeas, que registra a los considerados “extranjeros indeseables” y que actualmente está en reforma para ampliar sus facultades. Ya no sólo registrará a los solicitantes de asilo político, a los deportados, sino a los militantes de los movimientos contra la globalización neoliberal para impedirles su derecho de tránsito en la Unión Europea, a pesar de ser ciudadanos de ella. Otra reforma preocupante es la inclusión del ADN y datos biométricos de los extranjeros que ingresen en la Unión. Igualmente dicha base de datos sería parte fundamental de la colaboración entre Europa y EE.UU. en la guerra contra el terrorismo. En un ámbito completamente distinto y bastante menos dramático, pero no por eso menos demostrativo, las bases de datos en Internet están siendo crecientemente “privatizadas” por sistemas de recogida de datos no regulados por ninguna autoridad democráticamente legitimada. Microsoft, uno de los principales actores por la privatización de la red ha creado, literalmente, un pasaporte para la navegación de los usuarios, el Passport MSN. Para éstos, supuestamente significaría una mayor facilidad de entrega de datos en los formularios en línea. Sin embargo, lo que Microsoft plantea en realidad, es que los usuarios estén validados en la red como consumidores seguros y confiables. En América Latina es conocida la importancia de la multinacional EQUIFAX con presencia en Perú, El Salvador, Honduras, Ecuador, Honduras, Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. Sólo en este último país a través de DICOM EQUIFAX presta servicios a más de 12 mil empresas del sector financiero, comercial, industrial y de servicios. Su producto es la información detallada de los movimientos económicos de empresas y personas, sus perfiles de riesgo y deuda, etc. La inclusión negativa de un ciudadano en sus bases de datos es, en términos prácticos, su muerte civil. Más en C. Retamal. “Las fronteras como gestión de la fluidez existencial”. El rapto de Europa nº 4. Monográfico Fronteras. 2004. p. 27-34.
51 Z. Bauman, La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. p. 70. El autor toma el concepto de sinóptico de Thomas Mathiesen. “The viewer society: Michel Foucault’s `Panopticon´ revisited.” En Theoretical criminology. 1997. p. 215-234.
52 Z. Bauman. La globalización. Consecuencias humanas. Op. Cit. p. 73.
53 Me guío para esto por J. M. Marinas. Op. Cit. p. 17 y ss.
54 M. Hardt y A. Negri. Op. Cit. p. 39.
55 F. Jameson. Teoría de la postmodernidad. Op. Cit. p. 27.
56 El campo semántico de lo híbrido, la hibridación, la hibridez, proviene en el ámbito de las ciencias sociales, de los estudios culturales postcoloniales que designan realidades de orígenes mezclados de modo desigual. May Joseph. “Hibridación”. En Michael Payne. Diccionario de teoría crítica y estudios culturales. Paidós, Buenos Aires, 2002. p. 384. La idea de la hibridación no implica una noción de conciliación de las partes al modo hegeliano. Los elementos mezclados pueden tener una relación tensa, violenta y ser en último término producto de las relaciones de dominación, tal como lo demuestran los análisis del rol de la violación en la formación de los pueblos mestizos. Por lo tanto, la celebración de la hibridación -si no quiere ser ingenua- debería tener en cuenta las condiciones históricas, políticas y las relaciones de poder en las que se articulan las mezclas.
57 U. Beck. Ibid. p. 50. El autor nos entrega un ejemplo revelador sobre el carnaval de Nottingham. Los observadores creen estar viendo una representación de la cultura africana. Los que participan del carnaval son, en general, inmigrantes de segunda generación que intentan representar el acervo de la diáspora africana en todas las partes del globo, incluido los africanos de los suburbios de Londres. Así, África se convierte en una idea trasnacional, que produce que África continental sea un soporte lejano y problemático. En la interpretación de Beck, África, tal como aparece en el carnaval, es una “una comunidad imaginada” que muestra que también hay África en Nottingham. Este problema -aunque con variaciones- lo plantea Jameson, siguiendo a Barthes, respecto de las idealidades imaginarias y estereotipadas, tipo la “chineidad”Teoría de la postmodernidad. Op. Cit. p. 41. La alusión a Barthes se encuentra en Mitologías. Madrid. Siglo XXI. 2000. En efecto, zonas enteras de nuestra comprensión del mundo, de otras localidades, son en realidad el producto del consumo masivo de imágenes híbridas previamente creadas y circulantes. El peligro latente en la hibridación es la caricatura. El juego de poder implica que los elementos que se mezclan tienen capacidades asimétricas que se organizan en torno a los intereses de los mercados. El producto, con su contenido de identidad, debe ser atractivo, sugerente, exótico pero no al extremo de producir incomprensión, extrañeza o temor. de Disney. Jameson, F.
58 U. Beck, Ibid. p. 80-181.
59 Ibid. p. 76. En efecto, las empresas trasnacionales hablan de “localización global”.

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Crisis de la interpretación de la modernidad en la teoría crítica. Consideraciones desde la ontología de la fluidez social.

Christian Retamal.
Publicado en "Política y Sociedad." Vol. 43, nº 2.
Revista de la Fac. de Ciencias Políticas y Sociología. Universidad Complutense de Madrid.

Resumen.
En el presente texto se examina la visión de la modernidad de la teoría crítica a la luz de la ontología de la fluidez social. Para ello se recurre a un análisis de “Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos” -y honeymoon sardinia (42)parte de la bibliografía que de ella se deriva- para mostrar que el diagnóstico inicial de dicha corriente ha resultado ampliamente

superado por la licuefacción moderna. Mientras el diagnóstico inicial estaba determinado por las experiencias del Holocausto y el totalitarismo en sus distintas versiones, la ontología de la fluidez social encuentra sus referentes en la expansión del capitalismo global, la revolución tecnológica y la cultura mediático virtual. Por ello cabe preguntarse que queda de las perspectivas originales de la teoría crítica en cuanto donante de una interpretación de la modernidad hoy en crisis. Igualmente, se analizan los aportes que la teoría crítica puede allegar a la comprensión de la fluidez social.

Abstract.
In the present paper, the critical theory view of modernity is studied from the ontology of social fluidity standpoint. To do that, “Dialectics of Illustration, Philosophical Fragments” –and part of the bibliography derived from it- is analyzed, in order to show that the initial diagnosis of such philosophical current has been largely overcome by modern liquefaction. While the initial diagnosis was determined by the experiences of Holocaust and totalitarism in their different manifestations, the ontology of social fluidity stems from the expansion of global capitalism, the technological revolution and the virtual mediatic culture. For that reason, it makes sense to ask about the extent to which the original perspectives of the critical theory still remain as a source of an interpretation of modernity, nowadays in crisis. In addition to this, the contributions of the critical theory could provide to understand social fluidity.

 

Christian Retamal.

Introducción.
La creciente fluidificación de lo social nos enfrenta a la necesidad de replantearnos nuestras tradicionales interpretaciones de la modernidad. Muchas de esas interpretaciones tienen el carácter de “instituciones zombis” -parafraseando a Ulrich Beck- ya que no están completamente muertas y por ello desechadas, pero tampoco nos proporcionan el tipo de respuestas que necesitamos frente a las nuevas situaciones. Más aun, nos quedamos con la sensación de una respuesta incompleta o desfasada en el mejor de los casos. Una de las interpretaciones de la modernidad que más influencia ha ejercido es la elaborada por la teoría crítica, a la que Zygmunt Bauman en las páginas iniciales de Modernidad Líquida (2002:21) cuestiona en base a la oposición largamente afianzada entre dominación y emancipación. Desde el campo de la teoría crítica se elaboraron nociones como capitalismo tardío, sociedad administrada, modernidad tardía, entre otras, que aun hoy tienen una amplia influencia. La crítica de Bauman se fundamenta en el carácter sólido de estas nociones que han sido licuadas por los flujos de esta nueva estructura moderna. Por otra parte, el autor destaca que la defensa frankfurteana de un individuo invadido desde la esfera pública -que se torna creciente e inexorablemente totalitaria- resulta hoy errónea. Al contrario, existe una imperiosa necesidad de liberar a la esfera pública de la colonización de la privatización, una tarea que la teoría crítica debiera asumir despojándose de su interpretación de la modernidad como unidad pétrea, lo que sería una tarea por desarrollar prácticamente en el sentido opuesto de sus reflexiones en el siglo XX. En tal sentido, cabe replantearse la imagen moderna que la teoría crítica nos proporcionó a la luz de la ontología de la fluidez social, justamente como una de esas imágenes privilegiadas que tienen un carácter zombi. Este replanteamiento nos aportaría valiosos indicios respecto de la transición que implica la fluidificación desde una perspectiva que en su momento radicalizó la visión de la modernidad.

1. La crisis de la dialéctica de la ilustración.

Para ello propongo una vía diferente a la que planteara Bauman, ello porque su cuestionamiento a la teoría crítica resulta incompleto -y en cierto modo desfasado- ya que no considera como ésta construyó su imagen de la modernidad. La descripción frankfurteana de la modernidad puede resultar -considerada desde una óptica contemporánea- rígida, sólida, pesimista, fuente de aporías irresolubles. Sin embargo, es posible construir un cuestionamiento más consistente de la teoría crítica a la luz de la emergente fluidez social si consideramos la génesis de la reflexión sobre la modernidad que hoy parece diluirse. Para ello planteo una crítica centrada en la concepción de una dialéctica de la Ilustración tendiente al totalitarismo como una imagen final de la modernidad en dos pasos. Primero, someter a análisis las premisas por las cuales se producen las contradicciones que movilizan dicha dialéctica. Segundo, fijar nuestra mirada sobre los momentos de dicha dialéctica como una escalada inexorable hacia la solidificación-petrificación de la modernidad. Para lo anterior usare como hilo conductor -aunque no de manera excluyente- uno de los textos bases de dicha escuela. Me refiero a “Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos” de Max Horkheimer y Theodor Adorno (En adelante DI). Originalmente publicado en 1944 este libro tuvo una muy restringida circulación ya que sus autores temían sus implicancias, especialmente las posibles lecturas antimodernas y conservadoras que pudieran derivarse de sus conclusiones. Allí los autores identifican la Ilustración como el núcleo de la modernidad, su eje de articulación y el escenario de las contradicciones que motivan su movimiento.
1.1. En este sentido, la Ilustración es un modo de construcción de la civilización, más que una determinada época histórica consagrada por la Revolución Francesa. Es el punto donde la modernidad toma conciencia de sí y asume el proyecto de emancipación y totalización de una visión de mundo. Por tanto, para los autores corresponde preguntarse por el proceso por el cual la subjetividad moderna se forma, emancipa y afirma en el espacio público. Ella surge de un proceso de liberación y autotransformación que implica la formación de un sí mismo que se opone a las condiciones que lo mantienen en una minoría de edad, esto es, sometido a un conjunto de reglas ywallpaper procedimientos que generan una narrativa de trascendencia no sometida al juicio de la razón y que, por ello, se convierte en una fuente de dominio basado en la fe y el prejuicio. En este contexto una narrativa de trascendencia es, ante todo, un instrumento que pretende poner orden en un mundo caótico y azaroso, diluyendo la experiencia desgarradora de los límites humanos en un trasfondo de coherencia cósmica. En consecuencia, puede entenderse que las narrativas religiosas, las diversas formas de la metafísica, especialmente su rama ontoteleológica, así como los discursos ideológicos y utópicos, tendieron a constituirse en narrativas de trascendencia que articulan un sentido de la realidad y de la temporalidad humana permitiendo un desborde organizado de la finitud.

Como se sabe, la base desde la que arranca el planteamiento de Horkheimer y Adorno es que la Ilustración está sometida a una tendencia de la razón al dominio de la naturaleza por medio del desencantamiento del mundo (1998:59). En este sentido, los autores ampliaron y profundizaron la crítica de la cosificación y la racionalidad instrumental más allá de los comienzos de la modernidad capitalista hasta el proceso de hominización y su relación con la formación de la vida civilizada entendida como vida separada de la naturaleza (Habermas, 1999. Vol. 1:483). Su objetivo es la disolución sistemática de todos los mitos y la explotación de una naturaleza reducida a pura materialidad. La Ilustración no tolera lo diverso y procesa la diferencia convirtiéndola en un objeto carente de sentido propio. Sin embargo, para los autores, esta tendencia de la razón se encuentra ya presente en los mitos, que poseen su propio momento ilustrado. Éste se produce cuando los mitos al intentar narrar y nombrar lo que verdaderamente pretendían era explicar, controlar, dominar y agregaríamos, recordando a Bauman (2005:21), definir la realidad introduciendo relaciones asimétricas de poder. Ello estaría verificado por la transición del mito a la mitología, de la narración a la doctrina, de la contemplación a la racionalización. En definitiva, el mito termina diluyéndose en la racionalización inherente a la Ilustración (Horkheimer y Adorno, 1998:21). Así, la noción de orden implica necesariamente el control de toda forma de fluidez y su estabilización (Bauman, 2005:29).

Pero el efecto más contradictorio es que la Ilustración se vuelve ella misma mitología ya que a través de los procesos de racionalización y desencantamiento, reintroduce el dominio en la sociedad. Éste se expresaba primero en la dependencia humana respecto de la naturaleza trasladándose luego a formas de control social que ubican a los individuos en situaciones de dependencia frente a los poderes constituidos. Ciclo, destino, dominio del mundo, temporalidad cerrada de lo existente, son categorías que retornan desde el arcaico pasado de las mitologías para cristalizarse en la modernidad (1998:80). En efecto, la Ilustración se vuelve mitología al elevar el poder de la razón como meta y fundamento de sí. Su identidad está configurada en el dominio de la naturaleza ahora dividida, ya que el señorío sobre la exterioridad reclama el dominio sobre la interioridad. Todo el progreso social, la creación de cultura, la protección de la vida están indisolublemente unidos al ejercicio del poder en escalas siempre crecientes, como lo confirma la noción posterior de biopoder de Foucault y la metáfora del Estado jardinero[2] de Bauman. Siguiendo con esta interpretación la Ilustración llega a la conclusión de que la articulación del sí mismo implica que el poder es la base de la subjetivación (Ibíd:64). A partir de allí comienza el largo camino de la formación de la identidad ilustrada guiada por la razón. En el proceso absorbe toda diferencia e incluso toda resistencia le es funcional, ya que la obliga a convertirse en una oposición argumentada.

Horkheimer y Adorno recurren en DI a La Odisea como un ejemplo paradigmático en que el mito muestra su momento ilustrado ampliable al proceso civilizador en su conjunto. Como señala Ramón Ramos Torre en ella encontramos el punto de intersección entre los humanos, los dioses y la naturaleza, lo que hace que el espacio-tiempo de los primeros esté marcado por la heterogeneidad, el dinamismo y la contingencia (Ramos Torre, 1999:223). Esta característica de la acción trágica es lo que permite a los autores mostrarnos la tragedia como un escenario privilegiado de la construcción del sí mismo en proceso de ilustrarse. Ella ejemplifica el proceso por el cual la razón asimila la subjetividad de los dioses como una condición a lograr, lo que se expresa en la soberanía respecto del mundo como cosa dominada. Así, el proceso de formación del sí mismo moderno gira en torno de la identidad abstracta del poseer. De esta manera el mana, que fue entendido como el espíritu movedizo, el eco de la superioridad de la naturaleza sobre la razón humana, el sustrato de toda forma de animismo que inserta la ambigüedad entre animado e inanimado, sujeto y objeto, quedó delimitado, restringido y dominado por la racionalidad[3].

El mana opone resistencias a la formación del sí mismo que pretende trocearlo para capturar su polisemia que es una amenaza al principio de identidad. Horkheimer y Adorno nos indican que el grito de terror frente a la propia finitud existencial demuestra la precariedad existencial permanente de la vida y la ruptura de toda seguridad ontológica definitiva frente a lo cual el lenguaje resulta inútil (1998:70). Para la Ilustración, la protección sólo puede ser conseguida por medio de la domesticación de la diferencia, del amurallar las fronteras que delimiten claramente el adentro y afuera. Sólo de este modo es posible sobrellevar la amenaza de la existencia indiferenciada, carente del conocimiento de sí y del otro propio de la naturaleza (Bauman, 2005:76). En este punto la Ilustración afirma como una característica general de la modernidad la delimitación de fronteras que se expresa en un rango amplio, desde el epistemológico hasta el biopolítico (Bauman, 1998:26; Retamal, 2004:30). Dicha pérdida reintroduce el espectro de la ambivalencia y la polisemia inacabable como manifestaciones de la movilidad incesante de la naturaleza. Podemos suponer entonces que en esta interpretación de la modernidad existe una fluidez original -amenazante e incontrolada- frente a la cual se articulan los procesos de racionalización. No sería una fluidez social, sino que una marcada por la naturaleza que se torna abismal y que debe ser cercada por la razón. En un sentido más general encontramos una oposición entre la aspiración a la quietud representada por el orden y la estructuración y el miedo a la fluidez encarnado en el mana que se presenta con un campo semántico marcado por la ambivalencia, la polisemia y la disolución.

Para la Ilustración un mundo dominado por el mana no tiene salida y es eternamente igual a sí mismo, pero no al modo de un tiempo congelado, como en el caso del totalitarismo moderno, sino como un tiempo que fluye en un continua necesidad de repetición (Horkheimer y Adorno, 1998:71). Las relaciones naturales permanecen cerradas en el círculo del destino indiferente a la suerte de los individuos. La naturaleza se vuelve una totalidad abrumadora provocando el horror en los individuos que en cuanto singularidades son irrelevantes. Por lo tanto, la Ilustración así entendida excluye el retorno a una naturaleza virginal y acogedora, ajena al dolor. Esto se expresa en la tragedia griega al mostrarnos que en un principio ni siquiera los dioses estaban por encima del imperativo del destino, que era expresión de ciertas fuerzas naturales. El momento ilustrado del mito nos muestra cómo la naturaleza comenzó siendo dominada por la asimilación y luego por el trabajo (Ibíd.:73). Recordando a Walter Benjamín, se puede indicar que la violencia mítica es la expresión más definitoria de los dioses. En efecto, se castiga una infracción contra el curso del destino petrificado en las formas del derecho. El poder consagra al derecho y el derecho institucionaliza al poder (1971:71). Pero el derecho establecido por la violencia mítica es destruido posteriormente por la violencia divina de los dioses monoteístas, que representan un salto en la representación subjetiva de la voluntad de poder[4]. Asistimos a una ampliación, centralización y solidificación de las imágenes de dominación que la Ilustración hace suyas. En dicho proceso la naturaleza se tornó espectral. Pasó de ser el espacio inconmensurable del caos y la disolución, donde era necesario construir islas de seguridad, unidad y regularidad, a la naturaleza domesticada como medio de producción.
Para la teoría critica la naturaleza se convirtió en un objeto utópico fundamental en la medida que su representación -una fisura en el mundo social- subvierte y pone en tela de juicio el conjunto de relaciones de poder y dominación que conforman nuestro proceso de subjetivación. En ese sentido, representa un espacio de lucha especialmente complejo y con consecuencias imprevisibles. El campo semántico de la naturaleza se resignifica como una liviandad en la disolución, una liberación de la rigidez propia de la intensa estructuración social impuesta por la modernidad. El paradójico resultado de la Ilustración radica en la redundancia del dominio (Horkheimer y Adorno, 1998:82). De este modo, la teoría crítica muestra una de sus grandes debilidades al concluir en un pesimismo extremo que convierte la interpretación de la modernidad en un callejón sin salida. En efecto el discurso de la emancipación termina en la dominación como una categoría cerrada, verdaderas sociedades de clausura que son el reflejo de las distopías. Por ello podríamos indicar que el pensamiento frankfurteano en profundamente utópico en sus imágenes de la emancipación y profundamente distópico en las de la dominación.

La razón ilustrada adopta el principio según el cual el único y primer fundamento del conocimiento es autoconservarse, por lo que se sitúa en el plano estratégico de la lucha y es la base de la racionalidad instrumental. Por otra parte, los extremos de la vida, sus bordes, son catalogados como las fronteras de la disolución del sí mismo. De ahí que la convocatoria del romanticismo, del arte como vanguardia, represente un retorno muy mediado del mana, casi al modo de un eco lejano. Sin embargo, es un regreso donde se cruzan múltiples interpretaciones; como en el surgimiento de los marginales de la historia, que como sujetos emancipados son vistos por la burguesía como la expresión de la naturaleza, que desborda los márgenes previamente asignados. También al modo en como el Señor ve en el Siervo no sólo la mediación necesaria con la naturaleza transformada en cosa, sino también como aquel que habla en representación de la naturaleza, gracias al trabajo que los comunica y los asimila en un mismo destino. Es vital para el sí mismo, en su camino de lograr el señorío, mantener su centro, formado por el imperativo de conservarse y dominar con tal objetivo toda diferencia. Estas son las premisas esenciales en las que DI fundamenta sus críticas a la Ilustración. Por debajo de ellas podemos ver que hay una tensión no suficientemente explicitada entre la formación de estabilidad y el extremo de la disolución que es presentada como la muerte o la locura. La consecuencia es que la modernidad crea unos modos de subjetivación basados en la solidez entendida como dominio que contiene su anverso de temor a la disolución. En efecto, la disolución está al final de la cadena semántica de la fluidez, por lo que ésta es vista en cualquiera de sus formas como un atentado a la modernidad soñada por la Ilustración. Para ella la fluidez es una amenaza que es necesario controlar por medio de la racionalización y las estructuras burocráticas que canalizan el flujo de lo social. Ciertamente aquel movimiento de lo que “fluye” es entendido como sólidos que se vinculan bajo un paradigma mecanicista en que la sociedad forma un gran maquinaria que es necesario mantener aceitada, pero en que las partes deben mantener la forma constante para que no estropear el complejo proceso de expansión de las fronteras modernas. La perdida de forma es entendida como un desgaste, una fatiga de material que supone un tropiezo. Por ello, siguiendo la lógica de DI, nos encontramos ante un límite riguroso de maleabilidad en los roles, en las identidades, las relaciones, etc. Dicho límite cada vez se encuentra más acotado en la medida que la propia dinámica moderna hace que la racionalidad instrumental cierre las posibilidades de nuevos derroteros espacio-temporales. O para decirlo en otros términos, en la mirada de los autores la modernidad es un tren que transita por unos carriles bien establecidos y cuya única estación terminal es el totalitarismo ya sea en versiones fascistas, estalinistas o en una aparente democracia de masas como sociedad administradas. Estos matices no afectarían el carácter centralmente desbocado de la modernidad. Por ello, la metáfora de la revolución como el freno de mano de la modernidad caló hondo no sólo en la propia teoría crítica, sino en amplios sectores del marxismo occidental.
Esta lectura supone que la modernidad en cada una de sus elecciones pierde no sólo capacidad de maniobra, sino lo que es más importante pierde también maleabilidad. En este sentido, esta condición de transformación que en nuestro idioma es asignada en principio a los metales, supone que la modernidad recorta incesantemente sus capacidades de autotransformación. La modernidad fue -como apunta Bauman- un sólido que se enorgullecía de su capacidad de tal. Pero el ideal de un sólido es la ausencia de movimiento en su interior y una completa indiferencia por la exterioridad. Ello supone en el caso de la modernidad una afirmación del etnocentrismo y el racismo en la relación con la exterioridad y aquellas diferencias interiores no claramente asimilables. Por otra parte supone la destrucción de los ideales de las democracias liberales bajo el peso del totalitarismo, que para estos efectos, debemos definirlo como una condición general de dominio ideológico racional de una facción sobre la totalidad de las esferas sociales, sobre las cuales ejerce poder de manera diversificada. De ese modo las amarra a una cierta interpretación de la realidad social que excluye deliberada y violentamente otras posibilidades de interpretación y que recurre con frecuencia al genocidio como elemento de “limpieza social”. Más específicamente el totalitarismo se caracterizaría por una ideología omnicomprensiva, la organización de un partido único, una policía secreta desarrollada y el control monopólico de los medios de comunicación, los instrumentos de la violencia estatal, así como la manipulación directa del tejido social. Por cierto que podríamos agregar otras muchas características, sin embargo lo ya apuntado nos permite extender el arco de la definición del totalitarismo para entender su dimensión completamente moderna y al mismo tiempo verlo como una articulación sociopolítica que puede tener diferentes manifestaciones especificas, manteniendo aun así sus elementos comunes. En efecto, el totalitarismo tiende a la estabilidad absoluta, la completa exclusión del movimiento entendido como expresión del cambio que abre posibilidades no previstas y, por ello, coincidiría en la versión de la modernidad de DI con el desarrollo de la modernidad occidental en la primera mitad del siglo XX.

En consecuencia, puede señalarse que DI es una extrapolación radical del proceso civilizatorio que concluye en una modernidad totalitaria. Por ello debemos recalcar las condiciones históricas que producen y justifican esta interpretación y que al mismo tiempo nos muestran sus límites para comprender la actual fluidificación de lo social. Ello no significa que los autores no tuvieran en cuenta la dimensión de cambio que la modernidad instaura y expande en el globo. Pero si bien la modernidad tiene una doble faz en la que por una parte construye solidez y por otra parte hace que “todo lo sólido se disuelva en el aire” su dialéctica hace que las disoluciones sólo sean la antesala de nuevos procesos de construcción de solidez. Por ello la disolución es un proceso intencional, subordinado y de limpieza que supone crear espacio para los nuevos logros modernos. Muchas veces se ha acentuado el aspecto disolvente de la modernidad olvidando que éste sólo cobra sentido en la medida que sirve a un proyecto de reconstrucción, como lo demuestra la importancia de los diversos utopismos modernos. Para DI, la fluidez está implícita en el “momento” disolvente de la modernidad al modo de una destrucción de los mundos de vida y las certidumbres. Sin embargo, el peso del totalitarismo sobre la teoría crítica hace que la modernidad sea interpretada como un movimiento creciente de racionalización que supone que el desencantamiento del mundo terminará por socavar las propias bases ilustradas. En dicho proceso la solidez moderna se torna petrificación y en última instancia crea sociedades de clausura. Hasta aquí hemos desarrollado la tesis fundamental de DI, ahora veamos como la modernidad afianza ese camino.

1.2. Horkheimer y Adorno usan La Odisea como una metáfora amplia para mostrarnos el proceso general de formación de la subjetividad, entendiendo -como ya se indicó- que la modernidad y particularmente la Ilustración es parte esencial del proceso de construcción de la civilización. La especificidad de La Odisea es que nos permite ver la interconexión entre mito, dominio y trabajo (Ibíd:85). La variedad de los peligros y las aventuras mortales que el sujeto debe sortear forman una ruta de unidad de la propia vida y de formación de identidad del sí mismo. La posibilidad de narrar la propia experiencia autoindividualizante devela cómo se han formado y fortalecido las resistencias a las fuerzas disolventes de la vida natural. La Odisea representa para Horkheimer y Adorno un ejemplo paradigmático de las relaciones de superación del mito en el relato épico. Allí encontramos cinco características que reflejan una inflexión de superación del mito y que traslucen las lógicas de despliegue del sí mismo (Ibíd:100). Primero, la obra mencionada nos muestra un itinerario que señala el viaje como una experiencia formadora de la propia conciencia. Segundo, las aventuras exponen las tentaciones que distraen de la formación del sí mismo. Tercero, se nos expone cómo la autocomprensión de los sentimientos llega a ser fundamental en la construcción del sujeto. Sólo de ese modo es posible establecer el imperio de la razón sobre las emociones. Cuarto, solamente mediante la experiencia engañosa de la diversidad se mantiene la unidad del sí mismo, que involucra el aprendizaje del control de la propia naturaleza. Para el sí mismo ilustrado, la diversidad impulsa a la disgregación por medio de la ambivalencia y la promiscuidad, que sólo puede ser superada templando la unidad. La dominación de las emociones es el dominio de la propia naturaleza. En el relato, la vida queda reducida a aventuras que son el entrenamiento de la unidad en la diversidad. Quinto, el instrumento para superar las aventuras es la astucia. Ella es la expresión concreta de la razón, representada en el ardid y el engaño. En efecto, se cumple la ley del mito de tal manera que no se cumple y por lo tanto se le destruye. La formación del sujeto conlleva una tendencia a la soledad que se basa en una dualidad amigo-enemigo[5]. De este modo, el viaje es la manifestación de la desmesura, la voracidad de un sí mismo insuficiente que se lanza al mundo con una clara vocación de digerirlo, ya que no encuentra en sí los elementos necesarios para completar el círculo de su desarrollo; la afirmación del “Yo soy” como un absoluto.
Como puede verse, el itinerario mostrado conduce a evitar la disolución del sí mismo en medio de la naturaleza. Lo muestra como un viviente que intenta afirmarse contra la lógica de lo viviente. El sacrificio y la templanza para mantener la unidad, la cual no es un punto de llegada sino un proceso permanente (Bauman, 2005:85), insertan el mito en el interior de la civilización. Se produce el paradójico resultado de que el dominio de sí crea autoconciencia, pero ésta se manifiesta como ejercicio del dominio. Más paradojal es el resultado, si se considera que el héroe concita la admiración justamente porque en un acto sacrificial pierde la posibilidad de su propia felicidad. El sí mismo, que tan alto precio ha pagado en su formación y que tanto ha tomado del mundo, queda atrapado en los mecanismos institucionales del sacrificio. La repetición, que era la determinación de lo mítico, queda trasladada a la civilización; maldición, delito y culpa forman los arquetipos de poder mítico que se expresaron primero en el destino, la naturaleza y ahora en la Ilustración. En esta lógica, la determinación de la soledad es necesaria porque constituye la antípoda del temor a la disolución del sí mismo. La construcción de fronteras, el “amurallamiento” existencial, lleva necesariamente a crear distancias necesarias que lo protejan de la promiscuidad de la mezcla con el otro, especialmente cuando la experiencia de la diversidad se impone como ejercicio de fortalecimiento de sí. Ulises recorre la totalidad como un viaje de autoformación que niega cualquier posibilidad de hibridación[6] y su relación específica es el enfrentamiento[7]. La dirección del viaje, como una forma de la propia escritura existencial, está decidida de antemano. Las aventuras de Ulises representan etapas de desarrollo del sí mismo ilustrado en su camino a la petrificación.
La primera de ellas es la fase de los lotófagos, donde encontramos una identificación con la naturaleza que impide entender la felicidad como algo por lograr. En contraste, ésta sería algo ya dado por el propio devenir de la vida natural. No existe necesidad de movimiento en el sujeto por lograr desarrollar su sí mismo, porque la felicidad aparentemente es tan fácil como comer flores. Representar la Edad de Oro por medio del comer flores remite a un cierto modo de vida vegetativa, carente de conciencia de sí y marcada por la supuesta abundancia de la recolección. Una vida sin forma, no determinada aun por la individualización y la racionalización. Para Ulises -como representación de la Ilustración- la felicidad es un producto del dolor superado por medio del trabajo histórico. La naturaleza y la vida social no proporcionan por sí mismas la felicidad y ni siquiera un adecuado sucedáneo. La vida sólo es posible por medio de la represión de la propia naturaleza. Allí se establecería la distinción tan largamente afirmada en la cultura occidental entre sociedad y naturaleza como opuestos en enfrentamientos. La imagen del cíclope, como segunda fase de esta readecuación de las relaciones entre sujeto y naturaleza, es representada como un estadio de barbarie sin ley. Confiado a los dioses, carece de la estructuración social que exige la formación del sí mismo ilustrado (Horkheimer y Adorno, 1998:116). Justamente, la posesión de una ley universal es una de las premisas de la razón contra la disolución y, por tanto, es coherente con la intensa racionalidad jurídica exhibida por la modernidad. El cíclope posee sólo un ojo y ésta es la metáfora de que aún está en el estadio donde sólo ve a través de la naturaleza que lo domina. No posee la vista doble que permite el juego de visiones paralelas y aun contradictorias, únicamente dirimibles por el ejercicio de la razón. Sin embargo, conviene recordar que una de las imágenes predilectas de la mirada que la modernidad proporciona, es justamente la del panóptico que se caracteriza por la unilateralidad ciclópea en el sentido de una visión que cubre la totalidad, desembocando en la extensión del panoptismo, es decir la proliferación de las miradas vigilantes. En una tercera fase Circe muestra una cara distinta de la naturaleza, la del placer femenino como fuente de disolución y de bestialidad. Representa su fuerza a través de la inmensa capacidad de indiferencia, de crear y producir placer, con características que juegan entre los extremos del patriarcado y el matriarcado (Ibíd:120). La seducción-dominación de Circe por parte de Ulises representa -siguiendo a Horkheimer y Adorno- una transición en el control y represión de la mujer. Ésta se vuelve -como imagen de la naturaleza- débil, domesticada y al mismo tiempo enigmática e impotente. La mujer es puesta en el lugar de la primera diferencia interior, su paradigma, ya que ella es parte integral del sí mismo, pero queda relegada de él. No está plenamente adentro ni afuera y por ello cae en la polisemia, la ambivalencia, lo imposible de nombrar convirtiéndose en fuente de seducción y temor. Por ello, no deja de ser significativa la escena de La Odisea -analizada por Horkheimer y Adorno- donde la ejecución de las siervas promiscuas es asimilada a la muerte de los pájaros (Ibíd:128).

Los autores usan este momento para mostrarnos que la Ilustración crea el mito de la Humanidad como un sujeto que emerge de la oscuridad de lo natural hacia la luz de su autoconciencia, soslayando las acciones de dominio. Pero la muerte de las siervas muestra la apatía moral como una característica fundamental que encontramos en igual medida en Kant y Sade (Ibíd:142). La trampa de la razón radica en que la justificación del principio de autoconservación hace que la fortaleza se exprese como poder de dominio, lo que hace que la ley del más fuerte sea expresión racional de la propia ley. La piedad y la compasión aparecen como defectos femeninos a los que cabe oponer el desarrollo de la virtu, cuyo centro son las capacidades guerreras y varoniles[8]. El acto de culpabilizar al débil es un paso más del ardid del poder de la razón para justificarse. Será por tanto el pobre, la mujer, el judío o más cercanamente el árabe, el inmigrante, el negro, entre otros, quienes por su propia existencia inciten el odio ilustrado. Aquellos que no forman parte integral de este sí mismo y que expresan lo allende de sus fronteras. Cada uno de ellos expresaría un modo de la exterioridad que sería polisémico y ambivalente frente al poder de categorización moderno.
Desde esta óptica tanto la piedad como la compasión no son capaces de sostenerse racionalmente. Su cometido es mitigar el dolor pero no restablecer la justicia y, en ese sentido, ambas son siempre incompletas y limitadas. A diferencia del cristianismo, que escamotea la justicia en el más allá, la Ilustración resuelve este problema con la indiferencia frente al dolor. De no ser así, debería completar el proceso de reflexividad que le develaría los efectos perversos de su propia racionalidad. Bauman nos recuerda que culpar a las víctimas y la indiferencia moral son dos procesos por los que la producción del dolor es desvinculada de los actos de poder. El dolor queda puesto afuera de las fronteras del sí mismo, como un fenómeno que no le atañe, que pertenece al ámbito de la naturaleza y que en el extremo produce el placer del dolor como en el paradigmático caso de Sade, que luego puede encontrarse en el Holocausto y en algunas manifestaciones de la sociedad de consumo. Para Horkheimer y Adorno, la dialéctica de la Ilustración se caracteriza por las dinámicas de poder que reintroducen y amplían la intermediación del dominio de la naturaleza. Uno de sus efectos más importantes es la producción de la indiferencia moral creada justamente por la distancia planificada de los victimarios y las víctimas (Bauman, 1998:251). El resultado es una lógica basada en las distancias y las definiciones asimétricas de poder que redundan en la acumulación de poder y el principio de sobrevivir. La destrucción genocida es la culminación del proceso por el cual lo humano es reducido a mera naturaleza, ello tanto por los discursos que elabora para la comprensión de la realidad, como por los medios técnicos que procura para su efectiva realización. La abstracción no es sólo una estrategia de conocimiento, sino de dominio donde todo es sumido en la indiferencia categorial. Para DI, el poder que ejerce la Ilustración sobre la naturaleza crea una imagen de ésta como otredad radical que condena al ostracismo la visión de un mana omnipresente en lo humano, por lo que las metáforas operacionales predilectas son las del ente, la cosa, la mercancía (Horkheimer y Adorno, 1998:92).

Para los autores, así como para Bauman, el largo camino del sí mismo hacia la producción de su autoconciencia no conlleva necesariamente el surgimiento de la conciencia moral. Ello se expresa el programa ilustrado que tiene sus fases en el recorrer, reproducir y recrear la totalidad. Un mandato que para la Ilustración sólo se vuelve viable en la medida que se produce una apropiación subjetiva de las imágenes divinas y lo absoluto, creando una definitiva separación y control de la naturaleza. Así para la teoría crítica surge una aporía en que el amor hacia las divinidades surge del infinito terror ante la omnipotencia de éstas. Sólo la mimesis de la subjetividad divina permite la superación del terror ante los dioses a los que hay que imitar para superarlos. Justamente, el horror frente a la naturaleza indiferenciada y disolvente, que movilizó la formación ilustrada del sí mismo, condujo al terror ante los dioses. Cuando éstos ya fueron superados, exiliados y olvidados por la modernidad, surgió el terror hacia el propio sí mismo como una totalidad incontrolable que encontró su referente principal en el Estado.

2. De la dialéctica de la Ilustración a la fluidificación social.

Todo lo anterior ratifica que la teoría crítica asentó su imagen inicial de la modernidad bajo el espectro totalitario, lo que implicó soslayar que ésta ya estaba fuertemente dividida entre una modernidad capitalista y otra socialista. Obviamente los autores no desconocían estas diferencias y los problemas que ello creaba, pero las semillas totalitarias parecían estar divididas por partes iguales en ambas corrientes. De allí la necesidad de elevar la critica al proceso civilizatorio en su conjunto centrándose en la Ilustración como núcleo de articulación de la modernidad. Sin embargo, ello ya menospreciaba la profunda diferenciación interna de la modernidad por lo que hoy podemos hablar de modernidades múltiples (Beriain, 2002: 62). Por otra parte, DI exacerba los aspectos distópicos de la modernidad creando la aporía de que todo avance en la emancipación redunda finalmente en dominio. Ello simplemente causa una imposibilidad política de reapropiación del legado de la Ilustración, que se ha tornado para estos efectos en una totalidad completamente alienada. Igualmente, al haber elevado la crítica al proceso civilizatorio en su conjunto -análisis por cierto fundamental- DI descuidó los profundos cambios en el capitalismo de los países desarrollados que son la principal fuente de movilización de la modernidad líquida. En efecto, no es que las limitaciones a la libertad hayan desaparecido (Bauman, 2002: 11), sino que el desarrollo del capitalismo cognitivo[9] ha comprimido las diversas esferas sociales al punto de licuar el orden establecido basado en oposiciones dialécticas. Dicho de otro modo, el nuevo marco de las fuerzas productivas es el que ha lanzado a la modernidad a un a nueva fase que ya no se condice con la imagen que la teoría crítica elaboró en su momento. Ni siquiera Habermas desarrolló este aspecto a propósito de sus reflexiones sobre el capitalismo tardío (1999b:68) o más tarde sobre la constelación posnacional (2002:169).
Los derroteros de la dialéctica de la Ilustración se han comprimido bajo el peso de un nuevo capitalismo global que modela una nueva modernidad. Allí se movilizan las licuadoras de lo social; la revolución tecnológica, la cultura mediático-virtual y la acumulación flexible de la economía glocal (García-Selgas, 2002:2). El espacio de desarrollo de este nuevo capitalismo se remonta a la Guerra Fría, que es el escenario donde las dos versiones rivales de la modernidad chocan como dos sólidos que pretenden reformular la vida humana en todas sus dimensiones. La Guerra Fría es al mismo tiempo el punto de máxima solidez moderna y el origen de la fluidificación a la que hoy asistimos, pero que ya en aquella época comenzaba a manifestarse. En las doctrinas de la Guerra Fría de fines de los cincuenta del siglo pasado nos topamos con una redefinición del concepto de frontera que ya no está marcada por los tradicionales conceptos geopolíticos, sino por una metáfora más amplia de los logros que EE.UU. debía alcanzar para llegar a un liderazgo mundial incontestado frente a la URSS. La nueva frontera supone articular dentro del capitalismo unos desafíos geográficos y tecnológicos, sociales y culturales, políticos y económicos que proporcionan unas metas a lograr que no sean meramente territoriales, en definitiva se trata de una nueva relectura de la modernidad capitalista (González, 2003:66). Ello crea un dinamismo que revoluciona los marcos tradicionales del capitalismo desembarazándolo -al menos conceptualmente- de las ataduras de las necesidades geopolíticas clásicas que definían la relación Este-Oeste. Por ello puede señalarse que las bases del capitalismo global -caracterizado por su progresiva interdependencia, la creación de mecanismos de coordinación y respuestas flexibles- tienen su origen en el contexto de enfrentamiento de la Guerra Fría entendida como un desgarramiento de la propia modernidad.
En DI no hay referencia a esta verdadera inflexión, ya que sus análisis están centrados en el pasado inmediato de los enfrentamientos de la Segunda Guerra Mundial. No hay una suficiente consideración a los elementos de fluidificación surgidos del enfrentamiento de las versiones rivales de la modernidad. Dichas versiones supusieron la necesidad de un continuo cambio interno que las elevara a las posiciones hegemónicas, luego de haber despachado del escenario mundial al fascismo y el nazismo. En un sentido más amplio puede decirse que DI describe adecuadamente el ascenso de la modernidad sólida que encuentra sus fundamentos en el totalitarismo, pero no alcanza a percibir que justamente allí -luego del éxtasis del poder totalitario al estilo de 1984 de Orwell- se produce la lenta curvatura hacia una modernidad mucho más matizada y bipolar. En efecto, retrospectivamente el temor nuclear y la garantía de la destrucción mutua restringieron las potencialidades totalitarias a límites definidos, con pequeñas modificaciones durante los cuarenta años de la Guerra Fría. Por otra parte, la revolución tecnológica y su inaudito espaldarazo a las nuevas fuerzas productivas están permitiendo una intensa ronda de privatización de los diversos mundos de vida. Como señala Bauman nos enfrentamos a una modernidad privatizada (2002:13) en que los cercamientos[10] (enclosures) crecen de modo acelerado tanto extensivamente como intensivamente, de suerte que las distinciones entre lo público y lo privado, la sociedad y la naturaleza, el adentro y el afuera, se vuelven irrelevantes frente a la totalización de la modernidad líquida. Dicha privatización radical literalmente comprime estas distinciones tan necesarias en la argumentación de DI. La formación de identidades no tiene ya como paradigma organizador al si mismo ilustrado y su solidez ejemplar, estética y heroica. El antiguo mandato de llegar a ser alguien en la vida resulta anacrónico, ya que de lo que se trata es de ser muchas personas en una misma vida. Por tanto, parece haber perdido sentido la idea de un núcleo organizador de las biografías de los sujetos en un mundo cambiante e incierto.

En efecto, si la modernidad sólida estaba regida por el sueño -por cierto nunca logrado- de un sujeto total que cristalizaba su fin en la estabilidad y la perpetua igualdad consigo mismo, la modernidadOrwell líquida en cambio privilegia la plasticidad, el cambio de forma, en definitiva la maleabilidad del material humano. Más aun puede señalarse que mientras las imágenes tradicionales de la dominación tienen que ver con la permanencia en una forma, una situación o estado constante, hoy -por el contrario- nos vemos impelidos a la transformación que no proporciona margen de estabilidad y seguridad. Por ello el cambio se presenta frecuentemente como una invasión que arrasa las fronteras que los individuos creían haber creado y que con tanto esfuerzo habían mantenido bajo la distinción entre una esfera pública y otra privada. En consecuencia, si Odiseo emprendiera hoy su viaje como una actividad formadora de sí, pronto entendería que ésta es una labor para aprender a desarrollar la hibridación. También comprendería que en el proceso no ganaría en certezas ni confianza en el futuro, sino que su formación está destinada a surfear en medio del riesgo como una condición que jamás se supera, sino que sólo puede aprenderse a vivir en ella evitando la corrosión del carácter. Ya no podría jugar a la solidez heroica, sino que tendría que jugar el juego de una dilatación-contracción de la identidad donde sus bordes serian necesariamente difusos y cambiantes de acuerdos a lo imprevisto de la circunstancias. Incluso aceptaría, gracias a su proverbial astucia -no sin algún grado de frustración- que el conjunto de las actividades humanas están marcadas por la fluidez; el trabajo, la amistad, el amor, etc. (García Selgas, 2003:5; Bauman, 2002:20) Esto supondría una superación de las visiones reticulares, ya que la compresión del capitalismo tardío habría superado los márgenes de las redes, que aun suponen una cierta estabilización y canalización regular a través de sus entramados, así como una forma de ejercicio del poder basado en estructuras piramidales, las que están siendo rápidamente sustituidas por estructuras rizomáticas. Todo lo anterior -como señala Bauman (Ibíd:60)- no implica que este nuevo capitalismo sea más sutil y menos dañino que en sus formas predecesoras. Su fluidez permite que literalmente se filtre a través de las barreras que los Estados nacionales habían impuesto en sus relaciones con otros Estados, revolucionándolos por medio de las tenazas formadas por la presión de las desregulaciones internacionales que abren el camino para que, desde el interior, las elites creen las condiciones de desmantelamiento del propio Estado (Arrighi, 1998:25).
Resulta evidente que los paradigmas de formación del sí mismo ilustrado resultan inaplicables frente al despliegue de la licuefacción social que arrincona las imágenes románticas de la libertad. En efecto la libertad es vivida claramente como un espacio de incertidumbre, más que como una posibilidad de despliegue de sí. Esto se hace más patente cuando consideramos que los principales paradigmas mundiales de la fluidez los encontramos en los flujos migratorios y la flexibilización laboral. En ambos fenómenos percibimos que la característica principal es la destrucción de unas formas de vida percibidas como seguras y estables a pesar de los aprisionamientos que suponían su monotonía y “naturalidad”. En ambos la estrechez de los márgenes de libertad parecía ser compensado por la seguridad de las rutinas que creaban un mundo estructurado y predecible. Hoy, en cambio, las promesas de libertad de emigrar y de flexibilización laboral resultan engañosas en grado sumo en la medida que son coartadas para nuevas formas de desamparo. De este modo, los flujos emigratorios son el resultado de un exilio económico y político, mientras que en el segundo caso nos encontramos con una readecuación de las relaciones cara a cara entre capital y trabajo, que vuelve obsoleto al fordismo como imagen privilegiada de las relaciones productivas modernas, así como al conjunto de la cultura del trabajo creadas desde la revolución industrial (García Selgas, 2003:32). En consecuencia, la libertad como aquella imagen que servia de atracción utópica tiene que ser repensada bajo los esquemas de la fluidez, ya que el acceso a los recursos de automodelamiento vital son cada vez más exclusivos, debido a su reorganización en torno al espectro del encierro y marginalidad en lo local o bien la apertura e integración en lo global.
Dado lo anterior, la emancipación no puede seguir siendo interpretada bajo la mirada de la teoría crítica clásica. Mirada que en el caso de DI resulta profundamente unilateral ya que soslaya los logros de la racionalidad occidental tal como lo señala Habermas (1999:142). Ciertamente ello no significa ignorar sus elementos homogeneizadores y su pretensión de universalidad. Sin embargo, DI observa la razón únicamente bajo la óptica de la racionalidad instrumental, por lo que es presa de la aporía según la cual lo que funda el sueño de la emancipación es también la propia razón. Esto no significa que en la modernidad fluida nos encontremos exentos de relaciones de poder y dominación[11]. Por el contrario, se trata de relaciones que se están construyendo de acuerdo a nuevos parámetros que les otorgan nuevos significados, los que estamos en proceso de descubrir para poder entender las emergentes implicaciones de las luchas por la emancipación. Dichas luchas tienden a superponerse y mezclarse unas en otras, de suerte que las luchas feministas se cruzan con las de clase y las étnicas. Ello nos plantea que la identidad es una cuestión claramente polifacéticamarx3 y fluida, guiada por la agregación de notas de identificación. La lógica de ser  esto o lo otro es desplazada por la lógica de esto y lo otro. La consecuencia más evidente es que la emancipación también es polifacética, ya que no tiene como referente un Gran Hermano al cual derrotar, sino muchos puntos de oposiciones cambiantes y combinables.

En uno de sus textos más interesantes Bauman intentó llenar de carne histórica y sociológica el esqueleto de DI (2005:39). Para ello recurrió a la figura del extraño, un tercero que aparece en la relación entre amigos y enemigos. En DI el extraño está considerado esencialmente como la naturaleza en tanto otro de la sociedad que es necesario domesticar. La extrañeidad del extraño es aquello que por una parte no puede ser reclasificado en la relación amigo y enemigo, aquellos que respectivamente están “naturalmente” adentro, asimilados y aquellos que están “naturalmente” afuera y son inasimilables y temibles. La condición del extraño supone una verdadera anomalía para la modernidad, ya que tanto los amigos y enemigos están solidamente anclados al territorio y justamente eso es lo que permite la clasificación. El extraño supone una anomalía nómade para una modernidad que funda sus distinciones en la dominación estatal del territorio. Más ampliamente la modernidad que DI nos describe posee una filosofía política y de la historia que supone como condición necesaria el sedentarismo. La expansión territorial de la modernidad siempre ha contado con un centro de despliegue que absorbe y domestica la diferencia. La modernidad fluida retoma y resignifica las contradicciones entre sedentarios y nómadas. Por una parte el sedentarismo moderno parece haberse agotado en la inexorable rutina de sí. Los límites cercados y atemorizados frente a lo extraño tuvieron el ambivalente efecto de crear una sensación de encierro y solipsismo dentro del campo moderno, generando una sensación de agotamiento de sus propios recursos existenciales.
Bauman nos muestra como el encierro en la localidad se vive como una verdadera desgracia y carencia, frente al nuevo nomadismo de las elites extraterritoriales y fluidas. Más aun, el acceso a la movilidad y la autotransformación de sí son una nueva forma de riqueza. La apropiación de la fluidez en cualquiera de sus formas es una ganancia que hace más patente la pobreza de permanecer solidamente ligado a una forma y territorio. Para los anclados la movilidad tiene un carácter ambivalente, ya que representa la promesa de cambio pero al mismo tiempo ésta les cobra el precio del desarraigo, la condena más dura que un sedentario puede recibir. Desde la perspectiva de los locales la no pertenencia y la carencia de estabilidad de los globales resultan horrorosas, ya que continuamente demuestran su extrañeidad e inadecuación en cualquier sitio. Para los locales la fluidez aparece bajo la forma primordial que DI nos describe: la disolución. En efecto, Para éstos en la fluidez ontológica no hay solución de continuidad en la transformación, sino simplemente muerte en la disolución. Parafraseando a Bauman las islas de regularidades en un mar de azar necesitan continuamente soslayar el cambiante oleaje de sus playas, que demuestra que más allá de las fronteras todo es diferente y por ende extraño. Por ello los locales tienen que continuamente decidir entre el monótono orden “natural” de sus comunidades o aventurarse a la fluidificación de sí.

Pero eso también resulta complejo, ya que en las condiciones de la modernidad liquida el acceso a la fluidez implica el acceso a un conjunto de recursos sofisticados y escasos. Por ello los más marginados están obligados a usar tácticas adecuadas a la urgencia de sobrevivir que resultan detestables para las elites. Únicamente más allá de los márgenes del orden pueden acceder a la autotransformación y la existencia errante como lo demuestran los flujos migratorios. Una fluidez involuntaria y dolorosa, radicalmente distinta al carácter gozoso y lúdico que tiene para los globales integrados. Es fácil adivinar que tras la imagen del extraño derecorte.3php Bauman se encuentra el refugiado, el no blanco y el emigrante, poco importa si éste es árabe, subsahariano, sudamericano o de segunda o tercera generación. Esto hace más redundante su extrañeidad que la de las elites. Más aun, estos comienzan a ocupar el antiguo espacio de las clases peligrosas y la diferencia interior. En la medida que las sociedades se vuelven más fluidas la presencia de los extraños se vuelve inquietantemente común para los nativos modernos, de modo que la posibilidad de la hibridación y el conocimiento mutuo es una alternativa creciente a la simple negación del otro. En el primer caso no se trata de que el extraño deje de ser tal, sino que se crea un espacio plural -al menos conceptualmente- que desafía la homogénea formación del sí mismo moderno. Ni extraños ni nativos pueden mantenerse al margen del otro. La separación forzosa sólo conduciría a la violencia tanto simbólica como directa, ya que si bien los ghettos son una forma de confinamiento de la hibridación, sus límites siempre demuestran que más allá están los otros con todos sus elementos diferenciadores.

Por otra parte nos parece acertado el tono pesimista de DI respecto de las condiciones de dependencia que los individuos adoptan frente a una modernidad que evapora las imágenes de emancipación y libertad, así como la cronoestructura que afianzaba al futuro como núcleo principal. El aumento del riesgo y la ambivalencia junto a la perdida de los lazos que sostenían las presunciones teleológicas, nos arrojan a un presente que sólo tiene futuros de escasa proyección. Como ya se ha señalado, el futuro no sólo pierde en profundidad, sino en margen de maniobra. En consecuencia, el tejido social de la modernidad fluida se caracteriza por ser eminentemente cambiante y diverso a diferencia de la modernidad sólida descrita por DI. Por ello, ya no podríamos considerar que la formación del sí mismo moderno tiene las características que DI señaló. El paradigma formativo del productor que transforma el mundo por medio del trabajo está siendo desplazado o al menos complementado por nuevas imágenes que tienen al consumo y la privatización como organizadores. Ciertamente nuestras descripciones son limitadas en tanto -como se indicó al principio- estamos en medio de una transformación profunda de la modernidad. Participamos de esa fluidez que para muchos es un desmoronamiento de los órdenes que permitían interpretaciones estables. Sin embargo, la modernidad líquida nos trae nuevas posibilidades emancipadoras que se alejan de los modelos de DI, posibilidades que es necesario explorar, ya que no las reconoceremos fácilmente en medio de las fluidificaciones. Esto resulta ser una buena noticia si consideramos el sombrío diagnostico de DI. En efecto la modernidad no se encuentra clausurada, fluye en la experiencia social, en los mercados, en los laboratorios de investigación, en la globalización, pero también fluye en los movimientos altermundialistas, en los defensores del derecho internacional y los derechos humanos, en los promotores de la igualdad, en los feminismos y en otras muchas instancias. Repetimos, no es la modernidad ilustrada con todo su esplendor teleológico y utópico. Es una modernidad privatizada, preñada de conflictos y luchas por desarrollar. Esto nos aleja por una parte de la ingenuidad de los defensores de una modernidad sin matices, a la que parece no haberle hecho mella el siglo XX y también nos aleja de aquellos que suponen la conclusión irrevocable de la modernidad como si ésta se hubiera perdido en el pasado y nos fuera tan ajena como la Edad Media. Tenemos en consecuencia una extensa tarea de indagación respecto de la fluidez, no ya como algo externo, reticular, sino como nuestra propia constitución en un mundo ambivalente.


Citas.

[1] Christian Retamal. Este texto forma parte del Proyecto Posdoctoral Nº 3050013 -financiado por el Fondo de Desarrollo Científico y Tecnológico, FONDECYT de Chile- titulado “Crisis de la interpretación de la modernidad en el contexto de la dialéctica de la Ilustración. Una mirada desde la ontología de la fluidez social.” Universidad Diego Portales.
[2] Bauman articuló la metáfora del jardinero para hacer referencia a la contraposición entre culturas cultivadas, producidas, dirigidas y diseñadas por una parte y las “culturas silvestres” o “naturales” por otra. En las primeras se destaca la necesidad de un poder que ejerza un diseño artificial, ya que el jardín en que la sociedad se ha convertido no tiene los recursos necesarios para su propio sustento y reproducción por lo que es dependiente de este poder. En las “culturas silvestres”, en cambio, estos recursos radican en la propia sociedad y en sus lazos comunitarios. Allí el poder se asemejaría a un guardabosque que encuentra su sustento en lo que el bosque entrega “naturalmente” a cambio de cuidado. El traspaso de las “culturas silvestres”, ajenas al diseño social consciente, a las “culturas jardineras” fue el resultado más importante de la modernidad. El centro de esta transformación fundamental fue una readecuación de las relaciones de poder. El guardabosque era una relación ineficiente en comparación con el jardinero, que contaba con un saber especializado que le permitía saber cuales eran las malezas y como eliminarlas. Dichas malezas, que crecen en las periferias de la sociedad, eran los pobres leídos como clases peligrosas, sobre los que se aplicaron y recayeron las fuerzas del biopoder, al decir foulcaultiano. Bauman, de un modo más inquietante, ha señalado que la realización completa del Estado jardinero se consumó en el Estado totalitario del siglo XX, que encontró sus malezas en el judío o en cualquier sujeto posible del genocidio. En última instancia el genocidio es la máxima concreción de la jardinería social, la depuración de las malezas en función de una imagen de lo que el jardín debe llegar a ser. Esta metáfora se afirma en la noción foucaultiana de biopoder y sus técnicas anatomopolíticas y biopolíticas. El autor ha seguido desarrollando la metáfora del jardinero como Estado totalitario y su expresión en el genocidio (1998:148) junto con sus implicancias estéticas (2001:13).
[3] Ambigua, porque la promiscuidad de tales fronteras es lo que permite la extensión animista que pone lo vivo en lo inerte, como una especie de reconocimiento de una otredad que se expresa a pesar de su lugar inadecuado para la razón, que intenta restaurar las fronteras. Efectivamente, el mana representa el espacio simbólico en que se expresa la naturaleza como otredad radical, que nos convoca al placer socialmente horroroso de la disolución del yo y hace que algo abismal de ella reverbere en los humanos.
[4] Para Benjamin la violencia mítica es profundamente distinta a la violencia divina ya que mientras la primera funda derecho la segunda lo destruye, aunque posteriormente cree uno propio. La primera crea límites, en tanto que la segunda muestra una capacidad de destrucción ilimitada. La primera culpa y castiga, en tanto que la segunda pretende que su ejercicio de la violencia exculpe a la víctima mediante su sacrificio. La primera es tonante y la segunda fulmínea. La primera es sangrienta y horrorosa en la medida que destroza y expone el cuerpo destruido provocando un estado de sufrimiento inconmensurable -e inexistente en la vida cotidiana-, mientras que la segunda es letal sin ser sangrienta, como si de esta manera disimulara lo ilimitado de su poder. Finalmente, la primera es transparente y se reconoce abiertamente como tal, en tanto que la segunda se enmascara y reclama un carácter purificador en su ejercicio, lo que produce que históricamente adopte la forma de una salvación para la victima. Se puede afirmar que la violencia divina, propia de los monoteísmos, es inmensamente superior a la violencia mítica. Prueba de ello es que la haya subsumido en los mecanismos que le eran útiles, que su arquetipo se haya extendido y la Ilustración la haya hecho suya de modo tan íntimo (1971:25).

[5] En el análisis de Bauman, la distinción amigo-enemigo se funda en la búsqueda incesante de eliminar la ambivalencia, intensificando las lógicas de clasificación y es una variación de la oposición interior-exterior, fundamental en la formación del sí mismo (Bauman, 2005:92).

[6] El campo semántico de lo híbrido, la hibridación, la hibridez, proviene -en el ámbito de las ciencias sociales- de los estudios culturales postcoloniales que designan realidades de orígenes desiguales y mezclados (Joseph, 2002: 384). La idea de la hibridación no implica una noción de conciliación de las partes al modo hegeliano. Los elementos mezclados pueden tener una relación tensa, violenta y ser en último término producto de las relaciones de dominación, tal como lo demuestran los análisis del rol de la violación en la formación de los pueblos mestizos. Por lo tanto, la celebración de la hibridación -si no quiere ser ingenua- debería tener en cuenta las condiciones históricas, políticas y las relaciones de poder en las que se articulan las mezclas.

[7] Es importante recordar que el nombre griego de Ulises es Odysseus que es similar al término Udeis, nadie. Juego de palabras que el protagonista usa para confundir a los cíclopes. La negación del propio nombre como ocultación de la propia identidad es otro ardid de la razón. Ocultación y develamiento son dos caras del proceso de despliegue del sí mismo (Horkheimer y Adorno, 1998:118).

[8] Para ver específicamente cómo el concepto de “virtu” quedó insertó y reinterpretado en la Ilustración y es mediado por la acción educadora de los intelectuales modernos, ver la obra de Bauman (1997:47).

[9] El concepto de capitalismo cognitivo proviene de las profundas transformaciones derivadas de la revolución de las tecnologías de la información y el conocimiento, TIC, que transforman la producción del conocimiento en la piedra angular de una nueva economía que produce nuevos actores sociales. En efecto, así como el proletariado surgió de las condiciones de la Revolución Industrial, la implantación de las TIC genera un cognitariado que tiene como característica la creación de conocimiento en unas condiciones mucho más socializadas que las del proletariado. Ello generaría una contradicción interna al interior del capitalismo cognitivo, que intenta enmarcar las nuevas formas de producción eminentemente creativas, en los paradigmas de la reproducción económica tradicional y sus normativas de apropiación. Por otra parte el capitalismo cognitivo se caracterizaría por una intensa trasnacionalización, su fluidez y heterodoxia respecto de los marcos tradicionales de producción, su inmaterialidad y autonomía respecto de las localidades y sus temporalidades específicas. Un ejemplo notable de esto último lo encontramos en las industrias tecnológicas de la India, que de manera ágil se insertan en los mercados mundiales rompiendo las brechas de capital, básicamente gracias a la formación de un cognitariado altamente formado. Ello con prescindencia de sus diferencias étnicas, lingüísticas, religiosas, etc., que permiten una isla de alta tecnología en medio de la extrema pobreza. Más en la excelente obra monográfica Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva. (2004)

[10] Los cercamientos como manifestación de la privatización radical tiene ejemplos amplios que van desde la implantación de los alimentos genéticamente modificados, la apropiación del conocimiento aborigen respecto de las semillas y las plantas medicinales y todo el rango amplio de privatización del conocimiento producido colectivamente. Igual lógica subyace en las políticas de licitación y bonos por emisión de contaminantes, la privatización de los espacios públicos, etc.

[11] Conviene recordar que Foucault distingue entre relaciones de poder y relaciones de dominación como dos esferas separadas con campos relativamente autónomos. Las relaciones de poder cubren un campo amplísimo de las relaciones humanas, exceden el plano político y el de las instituciones y reflejan un modo de existencia humana en planos múltiples; sexualidad, intersubjetividad, cotidianidad, economía, etc. Se definen fundamental por el deseo de dirigir los comportamientos de los otros siendo móviles, reversibles e inestables. Igualmente las relaciones de poder se ejercen sobre alguien que posee libertad y en virtud de ello puede resistir el intento de estas relaciones. De este modo, siguiendo a Foucault, así como en la sociedad están diseminadas las relaciones de poder, también están esparcidas las semillas de libertad para oponerse a ellas.
Las relaciones de dominación en cambio son relaciones de poder que se encuentran bloqueadas, se han vuelto irreversibles, inmóviles y fijas haciendo casi imposibles las prácticas de la libertad. Por lo tanto, para el autor lo odioso son los estados de dominación y no las relaciones de poder. En efecto, las relaciones de poder están radicadas en el seno mismo de las sociedades, no forman algo diferente o por encima de ellas que pueda suprimirse (1998:241). En esta perspectiva lo importante es producir una adecuada regulación moral y de gestión para que los juegos de poder no se transformen en dominación. Para el autor los juegos de poder son analizables en términos de tácticas y estrategias, reglas y azar, apuestas y objetivos, que están en el contexto de la cotidianeidad inmediata de los sujetos y en donde se movilizan las relaciones de poder (Foucault, 1999a:118-119). Los juegos de poder no deben confundirse con la categoría de juegos de verdad que el autor entiende como un conjunto de reglas de producción de la verdad que en virtud de las propias reglas y procedimientos produce validez, así como ganadores y perdedores al interior de una relación de poder. Ambas categorías están al interior de las relaciones de poder y aunque ambas se distinguen me parece que existe una clara subordinación de los juegos de verdad a los juegos de poder. (Foucault, 1999b:410-411) Para Foucault esto no implica su carácter fatal e ineludible, sino su historicidad que denota la transformación permanente de dichas relaciones. El análisis de las relaciones de poder supone conocer; primero, el sistema de diferenciaciones que permite actuar sobre la acción de los otros, diferenciaciones de estatus, jurídicas, de privilegios, económicas, etc., ya que toda relación de poder pone en funcionamiento diferenciaciones que son al mismo tiempo sus condiciones y efectos. Segundo, el tipo de objetivos perseguidos por aquellos que actúan sobre la acción de los otros, encuadrando el análisis en las variables del carácter conciente e intencional de las acciones y el aspecto inercial que hace que las relaciones de poder sean asumidas, naturalizadas e introyectadas como parte de un contexto preexistente que se sobrepone a la propia conciencia de los individuos. Tercero, las modalidades instrumentales a través de las cuales se ejerce el poder. Finalmente, a pesar de que el autor afirma las esferas diferentes y autónomas de las relaciones de poder y dominación, la práctica histórica demuestra que las relaciones de dominación son el paradigma y el foco de atracción y organización de las relaciones de poder. Más aun, una relación de poder exitosa tiende por su propia dinámica a constituirse en una relación de dominación.

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En este articulo se analiza la realidad que la globalización está intentando modelar a escala planetaria, más allá de los evidentes factores destructivos que están a la vista de todos. ¿Que está emergiendo de esta tremenda transformación? ¿Cómo afecta nuestras vidas y nuestra comprensión de lo que somos?

Christian Retamal.

En general los análisis respecto de la globalización se centran fundamentalmente en los aspectos destructivos de ésta, sus efectos en la socavación de los estados nacionales, la creciente inseguridad humana y ecológica y la desintegración de las sociedades tradicionales. Estas perspectivas, que son necesarias y políticamente orientadoras de la acción, oscurecen otras visiones que son también fundamentales y complementarias de las primeras. Es relevante investigar y discutir cuales son los proyectos que la globalización neoliberal quiere plasmar, que es lo que surgirá tras el inmenso proceso de destrucción de nuestros entornos sociales. Se ha señalado acertadamente que nos enfrentamos a un cambio de nuestra ontología política que anuda tanto lo social como lo íntimo en las redes de la flexibilización laboral del capitalismo tardío 1. Por tanto, no es posible mantener la canónica distinción entre las esferas de la producción cultural de las sociedades y las esferas económicas. Ambas se fusionan en la aceleración y la expansión de las sociedades de consumo. En ese sentido, uno de los grandes fallos en los análisis de la globalización es suponer que es un fenómeno de reciente surgimiento. Como ha argumentado Giovanni Arrighi, la globalización es el resultado de un largo, empinado y espinoso proceso de acumulación de capital que recorre toda la modernidad 2 y que hoy estalla y se hace visible. La globalización, tal como la conocemos, es un resultado de la guerra fría, ya que en una mirada macrohistorica se puede constatar que el conjunto de la modernidad está lanzada a una diseminación mundial. En efecto, la modernidad siempre ha pujado por extender sus fronteras. Los diversos proyectos modernos nunca se contentaron con estar restringidos a los límites de los estados nacionales, sino que se esforzaron por sostener una mirada extraterritorial. De allí es posible sostener que la guerra fría fue el escenario donde culmina el enfrentamiento de los dos grandes proyectos modernos por concretar su dominio global. Puede parecer irónico que en el momento en que la modernidad de raíz ilustrada entra en una profunda crisis sea justamente el instante en que ésta logra su diseminación. Sin embargo, lo que se ha expandido por el planeta no es esta modernidad ilustrada con sus proyectos, sino una modernidad tardía que se caracteriza entre otras cosas por la ya señalada fusión de las esferas culturales y económicas, por la renuncia a la imagen de una sociedad civil global a través de la imagen paradigmática de la Humanidad, la transición de una ontología política basada en la formación de los sujetos fuertes y estables a otros fluidos y cambiantes y el intento de implantar una nueva sensibilidad temporal carente de la idea de historia que caracterizó a la primera modernidad.
La guerra fría fue el momento de dicha inflexión en que los esqueletos de la Ilustración no pudieron ya sostener su legitimidad. La derrota del socialismo real trajo consigo una profunda debacle, aun no completamente superada, del conjunto de los proyectos de las diversas izquierdas. En este punto cabe indicar que el socialismo siempre tendió a ser una visión de mundo global lo que se demuestradolor no solo en su vocación internacionalista, sino también en los esfuerzos por comprender y modificar la realidad desde una perspectiva integradora de lo particular en lo universal. Por ende, la globalización que ha triunfado es el resultado de una lucha histórica con dimensiones temporales más vastas que las que tradicionalmente se citan. Una conclusión de lo anterior es que el proceso de globalización al estar inscrito en el conjunto de los proyectos modernos tiene unas extensiones que abarcan al conjunto de nuestra especie. La globalización es mucho más que un problema de las culturas occidentales y sus periferias, ya que además involucra al conjunto del planeta y amarra el futuro de todos. Así los procesos de resistencia a la globalización triunfadora no pueden soslayar que nos encontramos frente a un proceso en cierto modo inevitable, que no es posible volver a la protección de las comunidades tradicionales tan idealizada por los conservadores y los fundamentalistas religiosos.
Las resistencias tienen la necesidad imperiosa de conectar las subjetividades locales para convertirlas en luchas globales. De este modo el horizonte de posibilidades no se restringe al tan ansiado retorno al cerrado nido local, fuente también de dominio y explotación, sino a imaginar y concretar una nueva forma de globalización en que cuajen las diversas formas de emancipación. En esta perspectiva se trata de reinventar nuevas formas de utopismo liberados de las semillas de dominación de sus predecesores. Como ya lo he señalado en otra parte 3, el utopismo es una parte fundamental de la imaginación política y siempre fue un sistema de reflexividad de la propia modernidad, su fábrica de sueños que intentó proyectar la imagen de un mundo sin horror. Sin embargo, el utopismo también padecía las semillas de dominación presentes en la dialéctica de la Ilustración, por lo que cabe mirar con detenimiento a los utopismos emergentes. A éstos les corresponde transitar entre dos aguas: por una parte no recaer en los anquilosamientos de la racionalidad ilustrada que caracterizó a sus predecesores y renovar, por otra parte, los horizontes de sentido. Dicha renovación es necesaria por que, como lo indiqué algunas líneas atrás, es una característica de la modernidad tardía intentar sostener una comprensión temporal en que la cronoestructura prescinde de la idea de historia como un continuo del conflicto social. Se quisiera que el flujo del tiempo quedara petrificado en la continua repetición del consumo, de modo que nuestras cartografías cognitivas tuvieran que prescindir del futuro y de la transformación social como dos contextos y horizontes de la acción. Sin embargo, tras los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 tales interpretaciones de la historia, “a la Fukuyama” , se han vuelto inverosímiles. Por el contrario, las puertas de la historia parecen estar abiertas de par en par, y por ellas sigue fluyendo la temporalidad en que el futuro sigue siendo un objeto de lucha. Los utopismos emergentes pueden resignificar nuestra comprensión del tiempo moderno para hacerlo material de deliberación política. Lo anterior no implica reeditar la teleología ni el carácter de necesidad en la acción política lo que ha demostrado ser un profundo error. Se trata justamente de ampliar los horizontes de sentido social en momentos de hegemonía del pensamientovalla neoconservador.
Paradójicamente la propia globalización triunfante se arropa utópicamente. De este modo puede aparecer como una renovación de lo social, fuente de dinamismo y de destrucción creadora. Como indiqué al principio, sería conveniente mirar cual es el proyecto de esta globalización. Al explorar sus promesas, en el extenso rango que va desde los documentos de sus principales agentes hasta la publicidad de las grandes trasnacionales, encontramos ciertas afirmaciones que son claramente mandatos de formación de subjetividad que están en proceso de transformar la ontología social y política. Dichas promesas utópicas abren brechas muy significativas para las luchas políticas en todo el mundo, porque están relacionadas con la forma en que tradicionalmente hemos comprendido lo humano. En este sentido, el cambio más fundamental está centrado en la transición de una ontología de la solidez a una ontología de la fluidez social, un cambio de las aspiraciones de pureza al deseo de hibridación. En efecto, si la primera modernidad se caracterizó por el intento de fundar un sujeto trascendental idéntico a sí mismo, estable, con claras fronteras que intentaba diluir toda diferencia, la segunda modernidad o modernidad tardía tiene como elemento diferenciador aborrecer las estructuras cerradas de los paradigmas mecánicos. Las orientaciones de ésta última están centradas en crear un mundo de identidades fluidas, fácilmente moldeables, que permitan la independencia creciente entre capital y trabajo. En este sentido las identidades son intensamente presionadas para dejar su tradicional solidez para insertarse en redes globales de autoproducción. De este modo entramos en una nueva fase de extracción de plusvalía, existencial si se quiere, que ahonda la privatización de la vida. Como acertadamente señala Zygmunt Bauman un capitalismo sólido deja paso a un capitalismo liviano, pero no por eso menos voraz 4. Por el contrario, su voracidad aumenta justamente por esta transición que lo hace más dúctil y capaz de modificarse en entornos de intensa competencia. El antiguo ideal de la primera modernidad, verdaderamente un mandato, de “llegar a ser alguien” en la vida se ha vuelto obsoleto y se trata más bien de aprender a ser varias personas en la misma vida. Resulta intolerable y agotador el peso de la mismidad, ser siempre el mismo en entornos que están cambiando y para los cuales la identidad única no tiene paradigmas. Los lazos personales, que eran una suerte de acompañamiento existencial, se transforman en lazos cambiantes, esporádicos y más tenues, al igual que la idea de residir en un solo lugar, sostener un empleo por toda la vida, un solo matrimonio, etc. La obsolescencia salta del mundo de los productos y se reproduce en el mundo de las emociones humanas diluyendo las supuestas fronteras que existían entre ambos. De este modo la sociedad de consumo, que al igual que la globalización tiene antecedentes históricos más lejanos 5, tiene como uno de sus efectos confundir e inducir la hibridación de las identidades a través de las prácticas de autoproducción de sí. El nuevo mandato de fluidez aparece de este modo como una cierta promesa de liberación de la pesadez y rigidez del encuadre en la identidad ilustrada y las tradiciones. El reverso de dicha promesa se encuentra en la imperiosa necesidad de la flexibilización laboral, que además de intentar rebajar los costes del valor del trabajo busca crear nuevas formas de valor agregado a la producción que diluyen las separaciones duramente establecidas entre lo público y lo íntimo. Por lo tanto, la transición de la solidez a la fluidez encuentra uno de sus fundamentos centrales en necesidades estructurales.
El mandato de fluidez se expresa en lo social desvalorizando las tradiciones que pertenecen al mundo ya preexistente de la solidez y esto acontece en medio del conflicto y el sufrimiento. Las instituciones y el mundo de valores de la primera modernidad no transitan necesariamente con consenso hacia la segunda modernidad. Por el contrario, existen profundas luchas en que la modernidad se desgarra a sí misma por el influjo de los hoyos negros del capitalismo tardío. Los restos de la Ilustración quisieran aun mantener, a pesar de las críticas, su legitimidad para demandar cierta universalidad de la razón en torno al sujeto fuerte. Por ende, la globalización, entendida como el proceso de transición mundial en que la modernidad tardía se disemina por el planeta, no solo es resistida por agentes externos a la propia modernidad como los fundamentalismos religiosos, ciertos nacionalismos y comunitarismos, las etnicidades, etc., sino que también es resistida desde su propio interior por quienes quisieran detener o reorientar el flujo de estas transiciones por considerar insoportable las nuevas condiciones sociales. Allí a su vez se mezclan de modo complejo los resistentes provenientes de las viejas izquierdas, los movimientos libertarios, los ecologismos, etc., junto a otros conservadores que ven en esta fluidez un peligro para sus monopolios de poder. Ciertamente no todos ellos persiguen lo mismo, ni ocupan las mismas estrategias o comparten siquiera los espacios de discusión. Simplemente quisiera apuntar la diversidad de los discursos antiglobalización, ya que ello supone un riesgo de mezcla y deformación de las metas. Sería extremadamente peligroso, por ejemplo, ver en un mismo frente a quienes defienden la falta de derechos de las mujeres en nombre de las identidades y las tradiciones junto a quienes defienden justamente formas de emancipación que provienen de la propia Ilustración. Es imposible ahondar en estas páginas toda la extensión de este problema realmente acuciante desde la perspectiva teórica y la acción política. Solo deseo registrarlo para señalar la complejidad de los actores involucrados.
El conjunto de aquello que podemos llamar las promesas utópicas de la globalización muestra su proyecto, su imagen del futuro soñado. Estas promesas, sin embargo, tienen una doble lectura ya que son parte de nuevas formas de comprensión de lo social y lo humano, socavan el conjunto de nuestras seguridades existenciales al tiempo que diseminan riesgos incontrolables y globales. Pero al mismo tiempo se producen brechas útiles para la acción política. La pregunta fundamental que podemos plantearnos es si existe un potencial emancipador en dichas promesas. Así como fue posible ver un potencial emancipador aun en las duras condiciones de la revolución industrial, creo que es posible encontrar esas semillas en la actual situación, desarrollarlas teóricamente y diseminarlas para explorar su recorte1.php viabilidad política. Quisiera centrarme en una de las tantas promesas utópicas que tienen tanto una dimensión social como íntima que podría definirse con una metáfora: “serás como una nube.” En efecto, un a de las promesas más potentes que la modernidad tardía propone por medio de la globalización es la libertad de autoconstruirnos individualmente. En efecto, a diferencia de la revolución industrial que marcó una época de control y represión generalizada del deseo en todas sus vertientes, la modernidad tardía afirma la primacía del valor de la libertad individual, por sobre todos los demás valores 6. La promesa consiste en que en las sociedades tardíomodernas existen los instrumentos y las legitimidades para el autodiseño existencial. Cada uno puede recoger los trozos, los retazos para fabricarse una superficie. A diferencia de nuestros padres, y de nuestros abuelos, somos libres de no tener una identidad heredada, imagen extrema de la desgracia. En contraste, asistimos a un vacío de identidad que es asumido como una bendición, porque somos los encargados de llenarla tomando las partes que deseemos del flujo global de las mercancías y sus significantes. Por lo tanto, la libertad es antes que nada la posibilidad de acceder a ese flujo, permanecer de cara a lo global y obviamente de espaldas a lo local, que es la nueva forma del ghetto y la exclusión. En este sentido, la libertad que se nos muestra es la libertad más allá del arraigo, la libertad de construirnos por medio de la acción de fluir en la globalidad, escapando del encierro de la localidad. Ser como nubes movidas por vientos globales, mirando desde las alturas, indiferentemente, la mala suerte de los locales, que son como árboles, plantados al suelo, dependientes del clima y del buen trato de los elementos. Por tanto, la libertad es al mismo tiempo la liviandad, la liberación del peso, de la culpa, de la tristeza, libertad de los vínculos que duelen, de las costras de la vida. Libertad, por ende, de la responsabilidad que une y obliga a permanecer, hacer y sentir coherentemente con un cierto contexto de situaciones morales. Libertad respecto de los contextos, ya que si tenemos la libertad de las nubes no estamos obligados a permanecer sobre los territorios con todos sus problemas y desgarros. Ciertamente, un estratocúmulo es indiferente a sí bajo él se lucha una guerra devastadora, existe una sequía, alguien trae un hijo al mundo, escribe un artículo o simplemente, como en un cuadro de Van Gogh, duerme plácidamente una siesta en una tarde soleada. La lejanía es propicia para la indiferencia. La libertad de fluir por el mundo y formarse a través de lo que se recoja en esa experiencia es, antes que nada, una experiencia individual y estética. La nueva libertad conlleva un mandato de cuidado de sí, una formación de sí, que a diferencia de la matriz ilustrada no busca la homogeneidad y el control sobre las fronteras. Ambos, homogeneidad y fronteras, son referentes aún de espacios limitados, cercados, cerrados por las vallas de los estados nacionales, por la obscenidad de los controles migratorios. En esta imagen de la libertad global, el territorio es meramente espacio de flujo, de transición, pero no de un lugar a otro, sino de un estado de ser a otro. La promesa marca el énfasis en el cambio incesante de sí mismo, dinamismo voraz que tiene horror a la permanencia, a la monotonía del mismo lugar, de la misma vida. A diferencia de la primera modernidad, donde ser responsable significaba ocupar un puesto válido con aspiraciones de trascendencia en la sociedad, con todo el mapa de obligaciones y vínculos derivados de dicha situación, la modernidad tardía resignifica la responsabilidad como un mandato antes que nada individual, centrado en la fugacidad de la propia vida. Por ende, en un contexto de precariedad creciente de los puestos de trabajo, poco importa se supone, el lugar que uno ocupe en la producción. Más bien lo que importa es la producción de uno mismo. La vida es fugaz, como las mercancías. Con ello se acentúa la escasez temporal aguda que marca a la modernidad tardía, no hay tiempo suficiente para degustar todas las experiencias disponibles en este vasto mundo. La responsabilidad radica en saber seleccionar, elegir y clasificar esas experiencias que nos modelarán y que constituirán el tejido de lo que somos. Una actividad eminentemente autorreflexiva, que nos obliga a estar vigilantes respecto al grado de satisfacción de nuestras expectativas. Somos un collage, un pastiche de trozos elegidos para que combinen con el conjunto, esa es nuestra “libertad” y nuestro mandato.
Pero al explorar esta promesa, y sus trazos utópicos, rápidamente nos damos cuenta de que bajo la idea del pastiche como extensión de nuestra identidad, está la ya mencionada muerte del sujeto fuerte, que era la promesa original de la modernidad. Si comparamos ambos paradigmas nos damos cuenta que la idea del pastiche muestra un lado tosco, carente de la armonía y simetría tan anhelada por la primera modernidad. El pastiche está formado por trozos, desechos, elementos que han sido resignificados para adaptarlos a un nuevo contexto, un nuevo cuadro. Esto está muy lejos de la pureza que suponía la formación del sujeto moderno, formado por los materiales de una experiencia original, nueva, inédita y revolucionaria de la totalidad. Para el utopismo de la primera modernidad era impensable hablar de retazos, trozos, fragmentos para la formación de la identidad. Estos conceptos formaban parte del campo semántico de los desechos, demasiado innobles para esta tarea. El pastiche es un burdo remedo de las pretensiones estéticas y morales del sujeto fuerte. Éste podía darse el lujo de saltar por sobre la individualidad, asumir las responsabilidades derivadas de los vínculos y los sufrimientos inherentes a ellos, porque justamente a través de estos actos mostraba su poder y se validaba como tal. Así, a falta del sujeto fuerte debemos conformarnos con este sucedáneo grosero y precario. Siguiendo una metáfora nuestro reflejo en el espejo de las identidades, ya no muestra una imagen integral, homogénea, lisa y coherente. Más bien nos muestra un cúmulo de imágenes reflejadas sobre un espejo roto, trozos de rostro, aspectos deformados, inconclusos que no se relacionan entre sí. Esto demuestra que la promesa de libertad simula no tener la obligatoriedad de no-contradicción, que era tan añorada y querida para la primera modernidad. Podemos ser indulgentes con nosotros mismos, podemos, en el círculo evanescente de nuestra intimidad, aceptar nuestras incoherencias y fracturas y no estar obligados a superarnos, salvo que eso nos conduzca a la condición de disfuncionales, de consumidores defectuosos. Por otra parte, la idea de la libertad como capacidad de fluir más allá del horror de la localidad, nos promete que podemos cambiar de vida, que podemos mudar de piel sin culpa, que podemos ser permanentemente inocentes. Una inocencia que tiene dos significados: respecto de los resultados de la acción expresados en la afirmación “no somos responsables del dolor del mundo” y, por otra parte, la inocencia como ignorancia que protege, que mantiene la capacidad de flujo sin culpa, sin el vínculo de la empatía. Ignorancia que aleja, que mantiene las distancias en un mundo que siendo cada vez más global amenaza con ser cada vez más pequeño. Por lo tanto, podemos reencarnarnos, según esta narrativa, muchas veces en una misma vida, rompiendo los lazos que unen a unas vidas con otras en un mismo individuo. Frente a la obsesión de la primera modernidad por el recuerdo de la historia, manifestado especialmente por los utopismos que intentaban recoger la memoria de las víctimas, la segunda modernidad está abocada a la profilaxis del olvido metódico, como lo muestra Borges en su “ Utopía de un hombre que está cansado . ”
Los componentes utópicos de esta promesa de libertad radican en la acentuación del carácter de flujo de la identidad. Ésta ya no se presenta como una estabilidad inmutable, un estado a lograr, sino al contrario, como un proceso sin fin, donde lo que importa es el proceso mismo. La imagen utópica es la de un éxtasis permanente conseguido por medio de la renovación continua de las experiencias que van sedimentado el placer del cambio. Esto tiene como condición de posibilidad otro aspecto utópico, el desarraigo radical respecto del territorio. Frente al lugar central de la orfandad existencial de los utopismos de la primera modernidad, este nuevo utopismo se goza de la falta de arraigo y la capacidad de flujo transterritorial. La modernidad tardía consagra un individualismo metodológico que desagrega a los individuos de la trama de los contextos políticos, y los expone como superficies dispuestas a absorber las experiencias del mundo del consumo. Primeramente, dicha forma de individualismo radical supone transformar la desgracia del estado del desarraigo existencial y las formas de precariedad ontológica, en una condición de posibilidad de la nueva situación del goce de lo global. En segundo término, disuelve el entramado de las responsabilidades sociales y políticas, centrando la mirada en el devenir del propio individuo. En tercer término, este individualismo proporciona los mecanismos sicológicos para provocar la distancia moral respecto de la proliferación del dolor, la evaporación de la responsabilidad por los “daños colaterales” de los modos de vida globales sobre los locales y, en un plano más íntimo, entrega las coartadas para evitar las tensiones y el estrés de las situaciones de cambio permanente.
Desde una óptica crítica esta promesa de libertad encuentra su referente en la libertad del propio capital en su flujo mundial. Hemos pasado de atribuir características humanas a los objetos y procesos que hemos creado, a moldear la subjetividad de acuerdo a las particularidades de los procesos y objetos por ella creados. El capital y las fuerzas sociales en él implicadas, no sienten culpa ni responsabilidad, sino más bien indiferencia respecto de las consecuencias de su propio transitar por sobre los territorios. La capacidad de movilidad global del capital lo exime de responsabilidad respecto de los traumas que implica su intervención en lo local. En efecto, éste es cada vez más lejano, inaccesible y opaco desde la perspectiva de los locales. Igualmente esta promesa de libertad está restringida a la esfera del consumo que se ha dilatado para cubrir y convertir en mercancía el conjunto del mundo. Por lo tanto, mercancía ya no denota simplemente a la producción de artefactos, como se nos ha enseñado siguiendo los paradigmas de la revolución industrial, sino que también las experiencias y los estados de la conciencia. Dicho más certeramente, la libertad prometida es justamente la mercancía más preciada, es la llave que permite el acceso a las otras mercancías y la posibilidad de hibridación con ellas. Por oposición, la condición de consumidor defectuoso comienza con la carencia de dicha libertad, que sólo puede ser lograda por medio de los mecanismos del mercado. Por ende, el utopismo de la libertad de ciudadano está siendo sustituido por el utopismo de la libertad del consumidor, que se despliega como el ideal de sujeto de la modernidad tardía. Como ya se analizó al principio de este capítulo esta nueva forma de agente social global está marcada por la exclusión. El goce de esta libertad sólo es posible porque existen los marginados que confirman el goce y superioridad de los poseedores, como bien lo ha mostrado Bauman, por ejemplo, en la oposición entre turistas y vagabundos 7. ¿Existe aquí una brecha política para las luchas por la emancipación? Sí. Efectivamente, existe una brecha para resignificar el contenido de la promesa global de la libertad. La posibilidad consiste en radicalizar la promesa, no simplemente negarla, ver sus posibilidades, no cerrar los ojos ante ella. En un plano más general significa mirar las posibilidades que la globalización trae consigo. En ese sentido, el asunto político central es cómo comandar la dirección y sentido de la globalización en curso. No podemos dar el paso atrás, porque no hay un lugar donde retornar y los instrumentos y logros de la modernidad son imprescindibles para solucionar los fallos y peligros que ella misma ha provocado. Radicalizar la promesa de la libertad que la globalización trae consigo implica entender que la degradación de la comunidad, como suelo local, es una condición real. Es necesario reentender las relaciones entre lo local y lo global de modo que no aparezcan como polaridades contrapuestas, en pugna. La comunidad puede fácilmente transformarse en una fruta podrida, que protege, pero encierra y aísla. Que proporciona calor y compañía al precio de la inmovilidad y la monotonía. Lo global en cambio está en vías de ser un nuevo principio de exclusión, de distancia que rompe la posibilidad de fundar vínculos de responsabilidad social, un espacio colonizado de disoluciones sin fin. Espacio de flujo, mero movimiento sin objetivo, fría soledad e indiferencia. Lo inédito de la promesa de libertad, y que creo que es importante rescatar y reentender, es que plasma el viejo anhelo de una sola humanidad, un solo destino. Pero lo hace bajo el mandato del consumo.
La brecha política que se abre es justamente rescatar esa imagen utópica, sacarla del ámbito del mercado internacional para situarla como un horizonte de la acción política mundial reflejada en lo local. La libertad como flujo es una novedad que socava la tradicional forma de entender la formación de las identidades por parte de la primera modernidad. Ésta acentuaba el fortalecimiento de las fronteras y la subordinación de las diferencias. Por supuesto, esta interpretación rescata lo utópico de la promesa sin olvidar que ésta tiene mucho de engañosa, pero aun así se alimenta de un imaginario, que tiene la posibilidad de abrir nuevas prácticas de libertad que jueguen con la hibridación, con la mezcla 8. Comprender la libertad como flujo, ser en definitiva como una nube, conlleva no sólo la capacidad de transitar por lo global, sino de cambiar internamente en ese proceso. Los enemigos de esa posibilidad se encuentran en dos frentes diferentes. Por una parte en la propia localidad, donde la comunidad se niega a la apertura. Allí existe un entramado de relaciones de poder y dominación que se resistirán, sin duda, a relajar sus mallas para que los individuos escapen a la mano de hierro con guante de seda que la comunidad representa. Por otra parte, en la propia globalidad existen innumerables agentes, y se acrecentarán como ya lo verificamos en los controles migratorios, que pretenderán que el flujo se restrinja al mercado y, por ende, a los validados como consumidores. La tenaza es doble, las estrategias de enfrentamiento también deberían serlo. Todo lo anterior implica aceptar la muerte del sujeto fuerte, aceptar la idea del collage como una metáfora adecuada para la formación de las identidades, pero no como un aspecto privativo del mercado, sino como un elemento político y existencial ineludible. Se trata por tanto de sacar la libertad del espacio del consumo y situarla nuevamente en medio de lo político como una instancia orientadora. No seremos los sujetos que la primera modernidad soñó, pero podemos ser nuevos sujetos, más precarios, inestables, huérfanos, fluidos, efímeros y confusos. Pero también más lúcidos, más conscientes de nuestras limitaciones, menos temerosos ante la diferencia y sobre todo más escépticos respecto de toda forma de poder.

NOTAS
1 Antonio Negri y Michael Hardt. “Imperio.” Paidós. Barcelona. 2002. p 37 y ss. Igualmente Fernando García Selgas. “Preámbulo para una ontología política de la fluidez social.” Atenea digital. Nº 1. Primavera 2002.
2 Giovanni Arrighi . “La globalización, la soberanía estatal y la interminable acumulación del capital.” Rev. Iniciativa Socialista. Nº 48. Marzo 1998. Valencia. Disponible en http://www.inisoc.org [acceso, miércoles 30 de Abril de 2003] .
3 Christian Retamal. “Crisis y perspectivas del pensamiento utópico en el contexto de la globalización.” Tesis doctoral inédita. Universidad Complutense de Madrid. 2003.
4 Zygmunt Bauman. “Modernidad líquida.” Fondo de cultura económica. Buenos Aires. 2003. p 60 y ss.
5 Se tiende a pensar que la sociedad de consumo es una invención reciente debido a la popularización de los medios de comunicación que se convierten en escaparates a distancia. Sin embargo, existe una tradición decimonónica en que la sociedad de consumo ya está prefigurada. Uno de los trabajos más sugerentes sobre este tema es de José-Miguel Marinas. “La fábula del bazar. Orígenes de la sociedad de consumo.” Machado Libros. Madrid. 2001.
6 Z. Bauman. “ La postmodernidad y sus descontentos .” Madrid. Ediciones Akal. 2001. p. 9.
7 Z. Bauman. “ La globalización. Consecuencias humanas.” México, DF. Fondo de cultura económica. 1999. p.103 y ss. Más acertada habría sido la comparación entre turistas e inmigrantes ilegales. La imagen de estos últimos es globalmente conocida. Concentran los flujos de la oposición entre clases, las oposiciones raciales, xenófobas, etnocéntricas. En efecto son presentados como lo completamente otro, lo diferente e indeseado por antonomasia por parte de la globalización.
8 Las “prácticas de la libertad” tienen una connotación afirmativa, son creadoras de nuevos espacios, no son meramente reactivas a los estados de dominación y por lo tanto se diferencian de las “prácticas de liberación.” Evidentemente, ambas prácticas en la realidad social se relacionan y estas últimas son la condición de posibilidad de las primeras.

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La conceptualización moderna del poder vista desde el cinismo clásico.Reflexiones sobre “El dedo de Diógenes” de Pablo Oyarzún.

Rev. de Filosofía. Universidad de Chile.

Resumen.

El presente texto aborda la crisis de la modernidad desde la perspectiva del cinismo clásico. Para ello se usa “El dedo de Diógenes. La anécdota en filosofía” -de Pablo Oyarzún- como una interpretación fundamental que permite cuestionar la conceptualización moderna respecto del poder. También se analiza los aportes del cinismo desde la óptica de la teoría crítica.

Abstract.

The present text approaches the crisis of the modernity from the perspective of the classic cynicism. For it is used "El dedo de Diógenes. La anécdota en filosofía " -of Pablo Oyarzún- as a fundamental interpretation that allows to question the modern conceptualization respect of the power. In addition, the contributions of the cynicism are analyzed from the optics of the critical theory.

 

 

Prof. Dr. Christian Retamal[1].

Hace ya más de medio siglo Max Horkheimer y Theodor Adorno

resumieron de esta manera las relaciones entre poder y razón:

“Tu razón es unilateral -susurra la razón unilateral -: has sido injusto con el poder. Has proclamado a los cuatro vientos –con pasión, conmoción, estrépito y sarcasmo- la ignominia de la tiranía; pero callas el bien que el poder ha creado. Sin la seguridad, que sólo el poder fue capaz de instaurar, el bien no hubiera podido existir jamás. Bajo las alas del poder han jugado la vida y el amor; ellos han arrancado a la naturaleza hostil incluso tu felicidad... La invocación del sol es idolatría. Sólo en la mirada al árbol secado por su fuego vive el presentimiento de la majestad del día en que ya no tenga que quemar el mundo que ilumina.” (Horkheimer y Adorno. 1998: 261)

En este párrafo se resume –a mi entender- una de las obsesiones principales de la escuela de Frankfurt, que no es posible pensar en la emancipación sin su otro aspecto, al parecer necesario, trágico e inevitable; la construcción de nuevas formas de poder que se desarrollan y resuelven en la dominación. En esta perspectiva tan moderna, la naturaleza se presenta como la Otredad radical, aquello manifiestamente carente, horroroso, lo complejo que es necesario someter y gestionar. La lucha contra todas las amenazas naturales refuerza su imagen de dureza a la que es necesario dominar. La vida por sí misma no es simple, ni plena, ni dulce. “La vida es dura”, esa es la definición que sustenta el mandato de autoconservarse, propio de la formación del sí mismo ilustrado –descrito magistralmente en “Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos.”, y que forma parte de lo que podríamos identificar como “la verdad” de la vida. Dicha verdad ha sido central en la historia de la filosofía occidental y en la formación del pensamiento moderno.

Pero también se ha formulado este problema en otros términos. En este sentido resulta fundamental recurrir al cinismo clásico representado por Diógenes de Sínope y por ello el texto de Pablo Oyarzún resulta esclarecedor (Oyarzún. 1996: 231). El enfoque es que la vida es simple, la naturaleza representa un espacio de simplicidad roto por la desmesura de los deseos que deben ser gestionados por la ley social. A su vez la ley social fomenta la desmesura y complejidad creciente de los deseos, potenciando nuevamente las relaciones de poder y dominación en una espiral que atrae, subsume y forma. Dicho planteamiento está en la base del deseo del retorno a la naturaleza, que ya no es interpretada como el espacio siempre precario de la vida donde se manifiestan todas las amenazas. La interpretación se tuerce mostrando a la naturaleza como el espacio ajeno al poder en tanto nómos, como la simplicidad manifestada que disuelve la complejidad de lo social y su falsedad implícita.

Es importante señalar que esto no implica suponer que el cinismo sea una apreciación ingenua, que no consideré las durezas implícitas en la physis, una especie de new age griega o una variante de una utopía bucólica o pastoril, reedición de un mito de la Edad de Oro. No debemos confundir la simplicidad con la mera facilidad de la vida. Por el contrario, la naturaleza tiene sus propias dificultades y “durezas” como lo demuestra el rol de la ascesis en la formación de Diógenes. Lo que interesa resaltar es que la modernidad ha caricaturizado al cinismo en cuanto representante de un planteamiento que trastoca el rol primordial de la ley y la artificialidad de la vida como instrumento del progreso. Igualmente, con Diógenes podemos comprender que la tan dificultosa separación entre civilización y naturaleza que la modernidad logró como un resultado del proceso civilizador resulta al menos cuestionable.

Como argumenta Pablo Oyarzún, estos planteamientos contrapuestos implican una dislocación (Ibíd.: 284), que provoca una transferencia de características de un extremo a otro del arco naturaleza-sociedad. Ello supone una ruptura de la trama dialéctica por medio de una perturbación de los lugares que supuestamente le corresponden a cada cosa. Se fractura el orden de las clasificaciones y las definiciones de un discurso por medio de un elemento que surge en un lugar inadecuado, produciendo que las cosas que están en su sitio sean vistan desde un ángulo inédito. Ese es el efecto, por ejemplo, de las anécdotas cínicas respecto del lógos filosófico de la época.

La dislocación constituye así un principio de subversión respecto de las posibilidades limitadas de la dialéctica y nos muestra que los hilos conductores radican en la ley, el nómos como expresión de poder y la idea del deseo como una manifestación que o bien expresa una cierta verdad de sí mismo o presenta una verdad truncada. Ello porque es la manifestación del deseo de otro, por mediación de las relaciones sociales. Una segunda consecuencia de la dislocación es que podemos librarnos de entender -erróneamente a mi parecer- la naturaleza y la sociedad como dos extremos enfrentados con campos semánticos separados. A través de esa forma de pensar se vuelven a expresar las distinciones adentro-afuera, como si la naturaleza fuera lo completamente ajeno, lo exterior, lo extraño, lo indómito y por otra parte lo social estaría caracterizado como lo interno, lo íntimo, lo domesticado, lo conocido. La mezcla de estos dos ámbitos –desde el punto de vista moderno- sería lo horroroso, la impureza por definición. En ambos extremos vemos cómo el poder juega sus cartas por medio de dos adversarios enfrentados.

El cinismo clásico es un ejemplo interesante de cómo se produce la dislocación, ya que frente a la dualidad naturaleza-sociedad, physis o nómos, se antepone una fractura en el dinamismo de la dialéctica. El vagabundeo de Diógenes por la ciudad, dispuesto al enfrentamiento con las filosofías dominantes, junto a su forma de vida mínima, intentó ser expresión de la naturaleza en medio de la polis. Demostración de que lo natural emerge en medio de lo social y lo social lleva a cabo una cierta mimesis de lo natural. Los polos contrapuestos tienen una relación más promiscua de lo que pareciera, más interdependiente. De esta manera, Diógenes pone la simplicidad de la vida en el centro de la polis. La conclusión más interesante tiene que ver con esta promiscuidad, que muestra el surgir de lo opuesto en un lugar que no le corresponde de acuerdo a las lógicas de separación moderna. La dislocación se convierte en un principio de subversión frente al anclaje del poder en el discurso, que opera cerrando las interpretaciones y contraponiéndolas.

En consecuencia, las perspectivas que ven “la verdad de la vida” como simplicidad o bien como dureza, reflejan dos perspectivas diferentes del poder. Ya sea el poder como expresión del mana –en cuanto expresión del Espíritu movedizo de la physis- que nos somete a las leyes de la naturaleza o como relación que por medio de la ley social nos controla, produciendo una forma de subjetivación específica. La contradicción parece no tener salida, ya que el poder como dominio se encuentra en ambos extremos. En este sentido, la interpretación tradicional de la physis como ley es problemática. Ello porque se entiende como una transferencia del nómos a la physis fundamentada en una transferencia previa de la physis al nómos. Oyarzún lo expresa de esta manera;

Así, la escisión sofística de nómos y physis expresaría un desdoblamiento en el seno del lógos, por el cual se haría presente una cierta ilogicidad inherente al lógos mismo. Conforme a ella, justamente, se experimentaría ahora el hombre a sí mismo. Esa ilogicidad podría ser caracterizada como la instancia de la fuerza (tó kreîtton) y del poder (dynamis), pero también de la pasión (páthos), y cabría también verla acreditada en la eficacia del engaño (apáte) como operación persuasiva por excelencia.” (Ibíd. 241-242.)

A partir de esta escisión, lo propiamente natural de lo humano debe interpretarse de acuerdo a la ley que funda el poder, como nos lo recuerda Walter Benjamin a propósito de sus distinciones entre la violencia divina y la violencia mítica (1971:78).

Se desprende de lo anterior que el poder en su aspecto relacional es inevitable. Desde la perspectiva del desarrollo de la emancipación y las libertades sólo un ejercicio consciente puede controlarlo y canalizarlo hacia modos y objetivos que no se traduzcan en dominación. Dicho ejercicio no puede retroceder hasta anular el poder como una capacidad del sujeto, lo que sería una destrucción de su potencial de acción. Se desprende de la lectura de Diógenes hecha por Oyarzún que nuestra atención debería recaer en la desmesura, pues ella es la base de la dialéctica entre poder y dominio, lo que implica una responsabilidad ética respecto del poder que tenemos sobre la vida y el sufrimiento. Ciertamente, esta es una ética por crear, basada en la fragilidad de los sujetos y una renuncia a la trascendencia. Indudablemente, una trascendencia ordenadora está puesta por fuera de la relación entre naturaleza y sociedad, como en los monoteísmos judío y cristiano. Ella ejerce su dominio como Otro ajeno al devenir del mundo, que se establece como quietud infinita frente a una realidad en permanente cambio. Las acciones respecto del poder son inmanentes al propio mundo y están engarzadas al cambio. Se hace necesario entender entonces que lo humano, como participe de la vida en general, está en un precario despliegue y que las relaciones de poder también están mutando, como lo hacen correlativamente las de dominio. Sociedad y naturaleza son términos esencialmente referidos el uno al otro, donde la heterogeneidad y la reciprocidad deferían formar parte esencial de la relación (Oyarzún. 250).

Otra característica de las relaciones de poder, incluso cuando se han transformado en relaciones de dominación, es que al producir discursos crean sentido al mismo tiempo que lo destruyen. Se entiende aquí que la producción de sentido es generar la amplitud de un determinado modo de comprender el mundo, lo que se realiza a través de un acto de expansión del decir, de la proliferación de los discursos. La importancia del sentido se debe a que posibilita la integración existencial de los individuos en la sociedad. Caracterizan al sentido el arraigo, la permanencia, el control de la caducidad, la protección ante la propia finitud, la quietud, aunque sea aparente, en medio del movimiento azaroso del mundo, una cierta sincronía entre las expectativas y la experiencia del vivir. Todo ello forma las islas de seguridad y estructura en medio del mar de azar. Verdadero anclaje ontológico que crea el espacio necesario para que podamos desarrollar las rutinas cotidianas que nos proporcionan –aunque sea imaginariamente- confianza y estabilidad.

Estas características constructivas coexisten con su necesario anverso destructivo donde las narrativas de trascendencia, como formas extremas y omniabarcadoras de los discursos de sentido, se enfrentan entre sí. La producción de sentido, que culmina en último término en una narrativa de trascendencia totalizadora y mediada por el discurso, debe causar un vacío precedente de sentido por medio de la destrucción de otras narrativas. Las relaciones de poder se presentan tanto como una dimensión del propio lenguaje que se pone en juego en el discurso, como en las estrategias para convertirse en una narrativa de trascendencia. Estas narrativas logran la hegemonía cuando presentan una coherencia interna en sus postulados, una eficiente administración de sus recursos de poder, una amplia expansión institucional, un hábil manejo de las situaciones de crisis históricas que evidencian una carencia de sentido que necesita ser llenada, su capacidad para aumentar o reducir su complejidad discursiva para llegar a grupos amplios y diversos, etc. Por otra parte, las narrativas de trascendencia, y las relaciones de poder en ellas implicadas, frenan la dispersión existencial de los individuos. Para que dicho proceso pueda ser llevado a cabo se soslaya la característica fundamental de toda construcción del sentido por intensiva que sea; su caducidad temporal y su truncada pretensión de universalidad. En efecto, el sentido no es un estado, sino un proceso continuo que “captura” el deseo de los sujetos. Por otra parte, como nos lo recuerda Zygmunt Bauman, la producción de discurso, orden y sentido crea en el contexto moderno más ambivalencia. En efecto, la ambivalencia es el resultado paralelo que se incrementa exponencialmente en la medida que la modernidad pone más ahínco en la clasificación de la realidad. En consecuencia la modernidad produce sus propios monstruos, sus diferencias internas, de las que quizás el cinismo es también resultado.

Otro elemento que podemos extraer de la interpretación de Oyarzún del cinismo de Diógenes es que el logro del sentido siempre es precario, que los humanos carecemos de la capacidad de una comprensión total, ya que toda forma de sentido es una forma de captar un momento-situación inserto en un flujo de cambio. La mayor adherencia que las narrativas de sentido pueden llegar a tener está relacionada con la posibilidad de establecer una cierta sincronía entre cambio y decir. La distinción y elección entre discurso y decir no es casual. Ella se fundamenta en el carácter más volátil, movedizo, particular y frágil de este último frente a la voracidad del discurso. Por ello Benjamin aborda la restitución del rol del decir frente al discurso, lo que equivale a una revalidación de las víctimas frente a los victimarios, donde el sufrimiento como una categoría significativa y dura, ancla el decir al movimiento de la realidad. En consecuencia, la construcción de sentido es un amplio campo de acción para prevenir el anquilosamiento del dominio, consagrado por medio del discurso. Así, el sentido que estaba amarrado a una imagen universal e inmóvil -fuente de legitimación de relaciones de poder petrificadas- queda abierto a una interpretación más libre.

El problema de la construcción continua de sentido está ligado fundamentalmente a la cuestión del deseo. Una de las anécdotas de Diógenes puede ayudarnos a entender esto; “Se asoleaba una vez en el Cranio y Alejandro se paró ante él y le dijo: “pídeme lo que quieras” y él le respondió: “No me hagas sombra” (Ibíd. p.173 y 299). En ésta anécdota se muestra la oposición entre naturaleza y sociedad como dos instancias de las relaciones de poder que se dislocan en el lenguaje. En efecto, Alejandro, máximo exponente de lo que podría llamarse una personalidad ejemplar respecto del poder, ofrece a Diógenes lo que éste desee. Como indica Oyarzún, el mundo se manifiesta desde un principio como una propiedad del primero, como algo disponible que se trastoca, al parecer, en una generosidad desbordada. Sin embargo, esta generosidad es engañosa en la medida que en las relaciones de poder no hay gratuidad posible. Por el contrario, toda concesión implica un compromiso que debe pagarse. Dicha generosidad es una trampa que la racionalidad del poder tiende. “Pídeme lo que quieras” remite a que toda la extensión de lo real es accesible por medio del dominio. Su intermediación repercute justamente en el deseo que momentáneamente se confunde ante la oportunidad inconcebible. Remite también a la ilusoria percepción de que a quien se le ofrece tamaña oferta es también partícipe de ese poder inconmensurable, se asimila a quien lo ofrece.

Esta imagen posible de la asimilación juega con la ambigüedad del deseo y el temor que el poder despierta en quienes son agraciados y que, en virtud de esa misma ambigüedad, pueden correr una u otra suerte. El temor y el deseo que se reflejan desde el oferente al receptor prometen irradiarse a otros, por medio de las relaciones de poder. Diógenes capta el sentido de la trampa y responde de una manera que quiebra la lógica de Alejandro, provocando la dislocación de las posiciones, ya que al responder que no le haga sombra, señala tres cuestiones fundamentales. La primera, que al personalizar de tal manera la respuesta, disminuye la complejidad del otro y lo reduce a simple sujeto particular y situado, sin pretensiones de universalidad. Segundo, que más que ofrecerle un posible bien, lo que hace es quitarle uno que ya está dado en la naturaleza. La luz, el calor y el relajo de la existencia fundamentada en las propias opciones. Tercero, lo más obvio, que no tiene nada que ofrecerle, porque ha captado la dinámica de la trampa, a través de la falta de gratuidad y porque ya tiene los dones necesarios, que precisamente están dados con gratuidad. En este punto, se indica algo interesante sobre la oposición entre naturaleza y sociedad respecto del poder y su posterior dislocación. Los bienes ofrecidos desde el poder son redes que tejen una captura por medio del deseo y el sentido. Por otra parte, los bienes derivados de la physis se manifiestan como evidentemente gratuitos, no sometidos a las relaciones de poder, ni a la captura en ellas implícitas.

Se renueva la imagen de la naturaleza como la simplicidad y la sociedad como el espacio de lo complejidad creciente. Se opera un desplazamiento por medio del cual el poder se apropia y privatiza lo que ya está presente en la realidad como dones de la gratuidad. El deseo vincula al poder, de modo que se ocultan los dones simples ya dados. Oyarzún interpreta la sombra que Alejandro proyecta como un eclipse de la verdad, un ocultamiento representado en la poderosa imagen del sol como donante principal de vida. Incluso la actitud física de los participantes en la anécdota es provocadora. La rigidez de Alejandro demuestra que el poder exige una posición activa, lista para la acción de resguardo, en tanto que el simple asolearse, preámbulo seguro de una buena siesta, muestra el relajo de quien controla y reduce la complejidad de su deseo y por ello justamente disfruta de lo dado.

No se trata de recomponer la diferencia entre physis y nómos en el contexto de las relaciones de poder. Por el contrario, siguiendo la dinámica de la dislocación, la carencia que desata la dialéctica del poder es “la falta de lo humano en lo humano”, esto es, la “falta de la naturaleza en el hombre” y “equivalentemente, la falta del hombre en la naturaleza” (Ibíd. 301 y ss.). Se presume aquí el vínculo que debe animar a la unidad; una ética de la justeza de la vida en medio del propio nómos, ya que el vagabundeo es la imagen predilecta de cómo se debe recorrer lo social, sin adherirse a la superficie de deseo y la ley. La vagancia es la metáfora más adecuada de la resistencia a la imposición del arraigo a un cierto lugar, ya sea teórico, existencial, burocrático o vital (Ibíd. pp. 349 y 350), a que la materialidad de la vida sea encerrada en la formalidad de un espacio determinado[2]. Sin embargo, existe un problema en la concepción de reducir la complejidad de las relaciones de poder por medio de la dislocación entre nómos y physis y la inversión de sus campos semánticos derivados. Pensar la physis como la simplicidad choca con lo señalado en gran parte de la filosofía occidental, particularmente en “Dialéctica de la Ilustración” respecto de un mundo gobernado por el mana, sometido al ciclo, a la determinación de la finitud individual, a la falta de la compasión en la rueda de la muerte necesaria que alimenta la vida y que expone a la naturaleza como una totalidad inescrutable.

En efecto, la piedad, la compasión y el dolor aparecen en la naturaleza como una propiedad de la conciencia humana que es también naturaleza. Paradoja fundamental que remite a la contradicción al interior de lo viviente, que marca al pensamiento, pero ante todo, marca indeleblemente al cuerpo por medio del hambre. Una necesidad que remite a la voracidad, a la propia muerte, que nos recuerda nuestra condición natural y que remite urgentemente al aquí y al ahora. Para el cinismo, la respuesta es que el lógos en general, y la filosofía en particular, anula el cuerpo y con ello el hambre como la marca de la naturaleza en la vida. Contrapone a ella la voracidad de saber;

“El lógos descomedido (filosófico, metafísico) es la criatura esencial del hambre, que en él se enseña como el origen de la utopía, del pensamiento como utopía; pensamiento sin localidad que proyecta la usurpación de toda la tierra bajo la forma sistemática de la supresión del otro.” (Oyarzún. 399)

De este modo, el utopismo –en tanto fabrica de sueños de la modernidad- es una desmesura intensa del lógos arraigada en la propia corporalidad humana. Lo anterior nos ayuda a comprender mejor la crítica de Ernst Bloch a Freud por despreciar la importancia del hambre y subsumirla bajo la libido. Una crítica hasta hoy no suficientemente contestada. La cadena está clara; physis, cuerpo, hambre, eventualidad de la muerte. Ante esta secuencia la respuesta del lógos se manifiesta como voracidad, como herramienta para asegurar el alimento. Consecuentemente, el utopismo es una forma desmesurada -de carácter teórico y práctico- de superar la naturaleza en lo humano, superación por ello de toda forma de hambre. Como indica Oyarzún, el poder es poder de dominación y el saber es saber de la reducción del otro.

Pero a pesar de la agudeza de la respuesta cínica persiste el problema fundamental. La naturaleza sigue siendo representada bajo formas contrapuestas como lo simple, por una parte, y como ciclo inevitable que subsume a sus criaturas, por otra. La única forma posible de comprender esta dualidad es caracterizarla como una situación bifronte, como dos aspectos de la misma physis, lo que nos revela que el poder está en la naturaleza como parte de la condición natural de lo humano. Los campos semánticos opuestos, extremos de la dislocación, pertenecen a un campo más amplio que es la physis en cuanto parte de lo humano. Dicho de otro modo, la libertad humana está inherentemente relacionada con el ejercicio del poder como acto de emancipación o dominación. El poder se revela como parte de nuestra capacidad para actuar en un mundo donde podemos elegir en el amplio abanico de la complejidad o la simplicidad. Por ello, podemos decidir el curso de la “dislocación”. Pero no debemos olvidar que en el acto de decidir, nos encontramos en un campo de tensiones previamente delimitado por relaciones de poder que debemos interpretar y transformar.

En resumen, desde la perspectiva cínica el utopismo es una renovación más eficiente de la ley, el nómos, no su refutación. La utopía sacraliza un orden social nuevo que tiene rendimientos superiores a los antiguos regímenes que sustituye. De hecho podría entenderse, siguiendo esta argumentación, que todo pensamiento utópico o más bien dicho la funcionalidad utópica del pensamiento, es un dispositivo de la formación del sí mismo –tal como se le entiende en “Dialéctica de la Ilustración”- para su reproducción a través de la ley. Así, todas las grandes utopías no serían, como creíamos, un lugar desde donde mirar las sociedades existentes, ya que éstas y las imaginarias serían distintas modulaciones del nómos que, frente a su propio declinar, debe “ofrecer” nuevos senderos temporales que renueven el modo en que el poder de la ley se expresa. Por otra parte, el lógos fundador de la utopía, como mecanismo de renovación del nómos, contiene un intento de dominación que malogra su operación, desde lo que el cinismo consideraría como un recto proceder. Todo lógos –incluido el moderno- fundado en el arquetipo del hambre y vinculado al nómos, lleva el sello del poder. Desliza y disemina sus estrategias en los objetos sobre los que recae produciendo ahí la primera adulteración de los valores porque, siguiendo al cinismo, la naturaleza ya está allí, como un telón anterior a la ley. De modo que la falsificación de la moneda viene a ser un proceso restaurador de un orden quebrantado[3], orden que no debe confundirse nunca con la ley natural. Todas las relaciones constituidas sobre este lógos estarían “enfermas” de dominio. Todo intento de fundación humana en el nómos estaría previamente fracasado, porque los materiales desde los cuales está pensado responden a lógicas de poder.

Pero desde el punto de vista de la modernidad utópica, la pregunta sobre cuál es el dolor más profundo de cada cual, encontraría en todos los humanos una respuesta íntima y objetiva como su propia existencia. Más aún, la vida es estructuralmente carente, está mal fundada, ya que en ella reina un principio de entropía que malogra todas sus producciones. El mismo devenir de la vida se encarga de enfatizar el momento de la negatividad, más que aquellos en que se afirma lo positivo. Pero, ¿en qué se funda la percepción del carácter “necesario” del dolor, según el utopismo? Como hemos visto, el espíritu ilustrado se funda en una experiencia originaria del horror y del miedo, lo que se expresa como temor al desamparo, a la intemperie, a la constante percepción de la propia finitud, horror a la percepción de las propias barreras, que ya no son sólo el cuerpo físico, que no se controla porque envejece, enferma y muere. Tampoco son sólo los límites de la conciencia, que vaga tras su propia comprensión, ni tampoco son sólo las demarcaciones del intelecto que yerra cuando reflexiona. Es en un sentido mucho más radical, la intuición desgarradora de ver al material humano como un límite que, dentro de sus fronteras, contiene la virtualidad de la trascendencia. Pero es una trascendencia que se escapa y que puede ser relativamente pensada pero jamás alcanzada (Jameson. 1993:347). La Ilustración pone esa convicción en el centro de la formación del sí mismo aunque se ve enfrentado al derrumbe de todas sus aspiraciones en la muerte y está obligado a desplegar la vida en la finitud. El sí mismo, como bambú movido por vientos que no puede encarar, toma su camino como una constante huida de lo finito, aunque a través de la pregunta por la condición de sentido de su existencia, vuelva momentáneamente a ponerse frente al horror de su disolución.

Esta posición resulta intolerable para el cinismo y es lo que lo hace tan fructífero en este análisis. En efecto, para el cinismo la vida ya está plena. La percepción de la carencia es un error del sujeto. Por ende, la vida no necesita de las imposiciones sociales que intentan modelar su cauce. Esta perspectiva tiene seguidores hoy en día. Bauman ha indicado de manera bastante aguda y polémica;

“La imagen mítica promocionada por Occidente de que un mundo sin burocracia ni conocimientos modernos estaría regido por la “ley de la selva” o “la ley del más fuerte” nos demuestra, por una parte, la necesidad que la burocracia moderna tiene de legitimarse a sí misma, cuando se dispone a destruir la competencia de normas que derivan de impulsos e inclinaciones que no controla y, por otra parte, hasta qué punto se ha perdido y olvidado la prístina capacidad humana para regular las relaciones recíprocas basándose en la responsabilidad moral. Lo que, por lo tanto, se presenta como salvajismo que hay que domesticar y suprimir puede resultar ser, después de un cuidadoso examen, el propio impulso moral que el proceso civilizador intenta neutralizar y sustituir por las presiones controladoras que emanan de la nueva estructura de dominación. Una vez que se deslegitimaron y paralizaron las fuerzas morales generadas espontáneamente por la proximidad humana, las nuevas fuerzas que la sustituyeron adquirieron una libertad de maniobra sin precedentes. Pueden generar, a escala masiva, una conducta que sólo los criminales que están en el poder pueden definir como éticamente correcta.” (Bauman. 1998: 259)

Para Bauman el proceso socializador -con su racionalización inherente- socava las bases de la proximidad dadas en la vida cotidiana[4]. Ella es fuente de una moralidad autosustentada, que es la mejor protección contra los crímenes que suponen la dominación y destrucción del otro.

En este enfoque, la vida cotidiana se presenta en oposición al avance civilizador, que impone sus propios códigos de conducta, lo que desde el cinismo equivale a la entronización del nómos. Más aún, Bauman entrega elementos que sugieren que el utopismo puede entenderse como la extrapolación radical de la civilización consumada, donde las relaciones de dominación se encuentran plenamente desarrolladas[5]. El jardín perfecto cuidado por un Estado jardinero también perfecto. Sin entrar en la cuestión de sí la proximidad, en el contexto de la vida cotidiana, es lo suficientemente fuerte como para servir de base a una moralidad más tolerante y respetuosa, lo que interesa destacar es la visión del proceso civilizador y el rol del utopismo en su interior. No deja de ser llamativo que tanto en el espíritu que anima al cinismo griego, y también la perspectiva baumasiana, se desmonte la base que supone que la ley social se constituye en un factor de progreso e integración, lo que sería un bien para la humanidad. Lejos nos encontramos de las narrativas que pretenden que la modernidad es el avance de la razón en un mundo siempre agresivo. Al contrario, el mundo premoderno se muestra bajo una nueva faz, menos sometida a los dictados de la dominación. Un mundo que careciendo de los instrumentos conceptuales modernos, entre ellos el utopismo, estaba menos propenso a la violencia y en una relación más próxima con la naturaleza.

Desde este punto de vista, el lógos ilustrado es un desastre. Sin embargo, la agudeza de esta visión, que ciertamente pone en la picota al utopismo, olvida un elemento al cual no se ha respondido. El mundo de la physis está efectivamente cerrado en los ciclos del destino, como un círculo que impone su propia dominación y que trasluce su mimesis en el mundo social. Por eso resulta poco verosímil el poder que Bauman le atribuye a la sociabilidad densa y a la vida cotidiana como referente de una moralidad. Ésta sólo podía sostenerse en el temor a las deidades como guardianas de los peligros que la razón era capaz de desatar. En este sentido, a pesar de que pueda considerarse que la respuesta moderna no es la mejor, es una respuesta planteada a un problema preexistente, a menos que se arguya que tal problema o bien no existe o está mal planteado. Dicho problema tiene asidero en el reconocimiento de las relaciones de dominación como algo naturalizado, que encuentran sus arquetipos en la physis y se reflejan como relaciones sociales inmutables. La respuesta ilustrada es la de crear un nuevo poder que sirve de base al sí mismo como una entidad delimitada, prístina para sí misma en su racionalidad y que se expande en un mundo carente de lógica. Una realidad caótica a la cual se propone transformar en un cosmos. Igualmente dicha respuesta recoge un temor y dolor respecto de la finitud y la privación, que son el material con el cual trabaja el utopismo.

Bibliografía.

  • Bauman, Zygmunt. Modernidad y Holocausto. Madrid, Sequitur. 1998.
  • Benjamin, Walter. “Para una crítica de la violencia.” En Angelus Novus. Barcelona. Edhasa. 1971.
  • Dubois, Page. El concepto de sujeto en el pensamiento feminista actual. En F. García Selgas y J. Monleón. (Editores) Retos de la postmodernidad. Ciencias sociales y humanas. Madrid, Trotta. 1999.
  • Horkheimer, Max. y Adorno, Theodor. Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. Madrid, Trotta. 1998.
  • Jameson, Fredric. La utopía de la postmodernidad. En utopía(s). Seminario internacional. Santiago, MINEDUC, División de Cultura. 1993.
  • Oyarzún, Pablo. El dedo de Diógenes. La anécdota en filosofía. Santiago. Dolmen. 1996.
    Citas:

[1] Doctor en Filosofía. Universidad Complutense de Madrid. Magíster en Filosofía Política y Axiología. Universidad de Chile. Este texto forma parte del proyecto posdoctoral 3050013 –financiado por FONDECYT- titulado “Crisis de la interpretación de la modernidad en la teoría crítica. Una mirada desde la fluidez ontológica.”

[2] No deja de llamar la atención la preferencia cínica por la vagancia -metafórica y concreta- y su rechazo del viaje como una actividad formadora de la subjetividad. Para Diógenes el viaje es desmesura y voracidad. Unas sugerentes implicancias actuales de la identidad como producto del viaje o del arraigo pueden encontrarse en Page Dubois (1999). Puede presumirse que lo que se critica es la búsqueda de algo propio en la exterioridad, algo que ya está en lo dado en la propia situación.

[3] En referencia a como Diógenes adultera la moneda, siguiendo literalmente el designio del oráculo. Acto con el que rompe el orden establecido y comienza su iniciación filosófica.

[4] Bauman en la página 233 aclara: “El proceso de socialización consiste en la manipulación de la capacidad moral, no en su producción.